Fernando Grande-Marlaska aseguró en la sesión de control del miércoles, con el ímpetu de Escarlata O’Hara, que dimitiría “si la propia víctima –de la presunta violación del DAO dimitido, José Ángel González, Jota– no se ha sentido protegida o ha entendido que este ministro le ha fallado en algún sentido”. El PP le acusa de encubrir a un hombre de su más estrecha confianza y el ministro del Interior más longevo de la democracia –casi 2.800 días en el cargo, desde el 7 de junio de 2018– lo niega todo, puede que “incluso la verdad”, como cantaba Sabina, y amenaza con un dímelo en el juzgado a quien ose, extramuros del hemiciclo, a sostener semejante acusación.
Creo al ministro. Se dice/se comenta que el departamento de Interior quedóse de piedra cuando saltó la noticia y que Marlaska le dio una hora al director de la Policía, Francisco Pardo, para cobrarse la dimisión del presunto violador. “No se sabía nada hasta ayer”, insistía el magistrado el miércoles, “e inmediatamente, una vez tomado conocimiento y leída la querella, no había otra decisión, por la gravedad de los hechos y por salvaguardar el prestigio de la Policía Nacional…”, y blablablá.

Me viene a la cabeza aquella locución utilizada por Cicerón en su primera Catilinaria: “O tempora, o mores!”. Oh, tiempos, oh, costumbres. No desentona la imputación del DAO en el contexto político patrio, donde el sanchismo, como un zombi, camina su podredumbre a la vez que sobrevive –si es que eso es sobrevivir–, muerde y mata. Informan varios medios de que Jota fue investigado a finales de los noventa por protagonizar una reyerta en un puticlub de Valladolid en la que llegó a sacar el arma reglamentaria, y a nadie le extraña que, en la España sifilítica de Ábalos, Koldo, Yésica y la Sauna Adán, ascendiera a gerifalte un pitufo que otrora protagonizó un episodio de este calibre, y que Segundo Martínez, que entonces ocupaba una de las principales responsabilidades territoriales del Cuerpo en Castilla y León y hoy es hombre de confianza de Zapatero, gestionara las consecuencias internas del incidente, según ha publicado The Objective.
Marlaska, que forzó la continuidad de su fiel Jota cuando se aproximaba su jubilación, blindándolo mediante decreto, y que jura y perjura que nunca supo nada, es el máximo responsable político de tan lamentable asunto: si miente y estaba al tanto, caca; si no lo sabía, ídem, pues desvelaría que el titular de la cartera de Interior carece de cualquier tipo de control sobre la cadena de mando que dirige. El delito a probar es vomitivo, mas no lo es menos que en julio de 2025, tres meses después de la presunta agresión, el segundo del DAO contactara con la denunciante para ofrecerle un destino a cambio de silencio. Qué puto asco.
Entretanto, el abogado de la agente que denunció al DAO dimitido reveló el jueves que está recibiendo denuncias de más mujeres por supuestas agresiones de “otros altos miembros de la cúpula policial”. Veremos si, llegado el caso, Marlaska, al que mientras tecleo le sobran infaustos motivos para largarse, pone en práctica las palabras que pronunció el miércoles en sede parlamentaria. Arrojo –o chulería, que el lector elija– no le faltó para meterle presión a la víctima.
