Opinión

Conversaciones

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Las conversaciones entre generaciones siempre han tenido algo de traducción simultánea. Padres e hijos nunca han hablado exactamente el mismo idioma. Cambian las palabras, cambian los códigos, cambian las certezas; pero la diferencia es que durante siglos esa distancia fue gradual. Un pequeño desfase, doméstico, familiar. El mundo de los hijos se parecía bastante al de sus padres.

Ahora no. Ahora hay un salto doble, uno natural y otro artificial. El primero es el de siempre: la diferencia de edad, la experiencia, las prioridades propias de cada etapa. El segundo lo ha provocado la tecnología; y ese segundo salto es brutal. Un adolescente vive hoy en un universo cultural que sus padres no conocen y que, en muchos casos, ni siquiera pueden observar. Las referencias no pasan por la mesa del comedor. Circulan por algoritmos. Los valores no se discuten en familia. Se absorben en pantallas. La ruptura silenciosa se produce en algo que parecía garantizado: la transmisión del conocimiento básico y emocional.

La idea de belleza supone un ejemplo perfecto. Durante años se creyó que habíamos aprendido algo. Las décadas recientes parecían haber asentado una conciencia crítica contra los cánones extremos. Hablamos hasta quedarnos sin voz de diversidad corporal, de salud, de desmontar la tiranía de la talla imposible. Dimos testimonio de la anorexia, de la bulimia, del sufrimientos de un ideal corporal imposible. El movimiento del body positive parecía, al fin, una conquista.

Pero basta asomarse a ciertas redes para comprobar que vuelve la extrema delgadez. En algunos casos, regreso con mujeres de la misma edad que sufrieron el hambre y el heroine chic. Con una estética pulida, envuelta en filtros, presentada como disciplina, autocontrol o bienestar. Como meditación o manera de resultar una mujer de alto valor Con la alimentación saludable. Muchas madres miran esas imágenes con estupor. Creían que esa batalla estaba ganada. Otras aún no le han dado la importancia que merece. No está ganada, no. Sus hijas habitan un circuito cultural donde aquel debate casi no existe y donde, por alguna razón, no hemos logrado entrar.

Algo parecido ocurre con el feminismo. Durante años se pensó que la conversación estaba abierta. Las generaciones que crecieron en la transición democrática construyeron un lenguaje político, imperfecto pero reconocible. Violencia machista. Derechos reproductivos. Igualdad laboral.

El pasado 8 M ha mostrado una grieta extraña. Chicas jóvenes que se declaran feministas y, al mismo tiempo, consumen discursos que trivializan la desigualdad. Influencers que convierten la dependencia económica en un estilo de vida aspiracional. Determinadas estéticas que romantizan jerarquías antiguas, horribles, tóxicas. Y todo circula con la ligereza y la brevedadde un vídeo de quince segundos.

Desde luego que se ha producido una reacción ideológica, pero hay también otra cosa. Una desconexión honda que también afecta al pasado reciente. España ha vivido en apenas cuarenta años transformaciones enormes: ese relato, complejo y lleno de tensiones, debería transmitirse con todo tipo de matices. Sin embargo, cada vez más jóvenes lo conocen solo a través de fragmentos virales, de memes históricos y versiones simplificadas que convierten décadas enteras en caricaturas morales. Los padres se sorprenden o lo hacen los profesores, porque los primeros no lo perciben. No se habla de lo mismo en casa y fuera. La historia, cuando deja de contarse en conversación, se vuelve maleable.

Lo inquietante no es que cada generación cuestione a la anterior (eso siempre ha ocurrido). Pero debería hacernos pensar el que cada vez haya menos espacios donde esas generaciones se escuchen. El conocimiento que no se transmite no desaparece de golpe; se diluye, se deforma, se sustituye por algo más simple. Quizás ellos no quieran escuchar; pero nosotros hemos abandonado la tarea de contar.

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