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‘Las gratitudes’: cuando las palabras empiezan a desaparecer y solo queda el amor

La adaptación teatral de la novela de Delphine de Vigan convierte el Teatro de la Abadía en un espacio de memoria, fragilidad y resistencia emocional, sostenido por una descomunal Gloria Muño

Las primeras palabras que pierde Michka no son las importantes. Son pequeños errores cotidianos, sílabas desplazadas, términos que aparecen donde no deben. Pero en Las gratitudes, la delicadísima adaptación teatral de la novela de Delphine de Vigan, cada fallo del lenguaje se convierte en una herida. Porque lo que está desapareciendo no es solo la capacidad de hablar, sino una identidad entera.

En la Sala Juan de la Cruz del Teatro de la Abadía, la dirección de Juan Carlos Fisher transforma una historia íntima sobre la afasia y la vejez en algo mucho más amplio: una reflexión sobre los cuidados, la memoria y la necesidad urgente de agradecer antes de que sea demasiado tarde. Lo hace sin sentimentalismo, sin golpes bajos y sin convertir el deterioro en espectáculo. Esa es probablemente la mayor virtud de una función que conmueve desde la contención.

La gran responsable de que esa emoción atraviese la platea sin caer jamás en el exceso es Gloria Muñoz. Su interpretación es de una precisión extraordinaria. Construye a Michka desde las grietas mínimas del lenguaje, desde el cansancio físico y la lucidez emocional de alguien que siente cómo el mundo se le escapa palabra a palabra. Hay algo profundamente doloroso en verla buscar términos sencillos, equivocarse, frustrarse, intentar rehacer frases rotas. Pero también hay humor, ironía y una vitalidad inesperada que impiden que el personaje quede reducido a la tragedia.

'Las gratitudes', de Delphine de Vigan
‘Las gratitudes’, de Delphine de Vigan

Muñoz consigue algo dificilísimo: representar el deterioro sin convertirlo en una caricatura del sufrimiento. Su Michka nunca es una víctima pasiva. Incluso en los momentos más duros conserva una conciencia feroz de sí misma. La actriz logra que el público no mire la enfermedad, sino a la persona atrapada dentro de ella.

A su lado, Macarena Sanz y Rómulo Assereto sostienen el equilibrio emocional de la función con enorme sensibilidad. Marie, la vecina a la que Michka cuidó durante la infancia, carga con la culpa de quien siente que nunca podrá devolver todo lo recibido. Jérôme, el logopeda, encarna esa forma silenciosa de ternura que aparece en los cuidados cotidianos. Ninguno de los dos personajes invade nunca el centro emocional de la obra, pero ambos funcionan como espejos de la protagonista: personas intentando sostener a alguien mientras aprenden a aceptar que no todo puede salvarse.

La dirección de Fisher entiende perfectamente cuál es la fuerza del texto: no subrayar demasiado. La puesta en escena es íntima, limpia, casi desnuda. Hay una voluntad clara de dejar respirar los silencios y permitir que las palabras incompletas de Michka ocupen el espacio. Porque la obra trata precisamente de eso: del vacío que deja el lenguaje cuando empieza a desaparecer.

Poster de 'Las gratitudes', en el Teatro de la Abadía
Poster de ‘Las gratitudes’, en el Teatro de la Abadía

Y, sin embargo, Las gratitudes no es una obra triste en el sentido convencional. Es profundamente melancólica, pero también luminosa. Hay algo casi político en su defensa de los vínculos, de los cuidados y de la necesidad de decir “gracias” antes de que sea demasiado tarde. Hoy vivimos tiempos acelerados y brutales, donde todo parece orientado a la productividad y la velocidad, por lo que esta función obliga a detenerse en algo radicalmente humano: escuchar a quien ya no puede hablar bien.

La adaptación de Marta Betoldi conserva además uno de los grandes hallazgos de la novela original: entender que el lenguaje no es solo una herramienta de comunicación, sino una casa emocional. Cuando Michka pierde las palabras, no pierde únicamente vocabulario. Pierde acceso al mundo, a sus recuerdos, a su autonomía. Por eso cada pequeño avance, cada frase conseguida, cada nombre recuperado, se vive como una victoria mínima y devastadora.

También resulta especialmente conmovedor el trasfondo histórico de la trama. La necesidad obsesiva de Michka de encontrar al matrimonio que la salvó durante la ocupación nazi introduce otra dimensión en la historia: la memoria como deuda moral. La gratitud no aparece aquí como un gesto amable o protocolario, sino como una forma de supervivencia. Recordar a quienes nos sostuvieron es también una manera de seguir existiendo.

Las gratitudes apuesta por huir de la intensidad y lo estridente, apostando por la fragilidad, la escucha y la emoción contenida. Y precisamente por eso golpea tanto. Sale una del teatro pensando en las palabras que no ha dicho, en las llamadas pendientes, en las personas que sostuvieron nuestra vida sin pedir nada a cambio. Pocas funciones consiguen dejar esa sensación de intimidad compartida. Esta lo hace con una delicadeza extraordinaria.

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