Hay una palabra que se usa constantemente mal en las conversaciones sobre televisión: “de culto”. Se aplica casi por reflejo a cualquier serie con estética peculiar o final ambiguo, dando por hecho que fue vista por un grupo reducido de fans entregados. Pero muchas de las series de culto más citadas de la historia no fueron, ni de lejos, fenómenos minoritarios. Fueron auténticos éxitos de masas que, con el tiempo, la memoria colectiva decidió catalogar como “algo para pocos”.
Qué significa realmente “serie de culto”
El término nació para describir producciones con una base de fans pequeña pero extremadamente fiel: gente dispuesta a debatir cada detalle, crear comunidades y sostener una serie incluso con audiencias modestas.
El problema es que, con el paso de los años, la etiqueta se ha aplicado también a series que fueron masivas, simplemente porque generaron ese mismo tipo de devoción intensa entre sus seguidores. El resultado es una confusión constante entre “serie querida con pasión” y “serie vista por poca gente”, que en muchos casos no tienen nada que ver.
‘Perdidos’, el culto que en realidad fue un fenómeno de masas
Pocos ejemplos ilustran mejor esta confusión que Lost (Perdidos). Su comunidad de fans, nacida en foros, webs especializadas y teorías interminables sobre la isla, construyó alrededor de la serie toda una cultura de pertenencia casi ritual, con debates sobre su simbología, sus misterios y sus personajes que se prolongaron durante los seis años que estuvo en emisión. Ese comportamiento es, precisamente, el que suele asociarse a las producciones de culto.
Sin embargo, Lost fue en su momento uno de los mayores fenómenos de audiencia de la televisión estadounidense, con decenas de millones de espectadores siguiendo cada estreno en directo.
La llegada de redes sociales como Facebook y Twitter entre 2007 y 2008 terminó de convertir ese fandom “de culto” en un fenómeno masivo, contagiando a una audiencia mucho más amplia que la de los foros originales. El “culto” no describía el tamaño de su público, sino la intensidad con la que ese público la vivía.
‘Rick y Morty’, de serie friki a fenómeno global
Rick y Morty es otro ejemplo perfecto de esta evolución. Nacida como una comedia animada de culto para un público muy concreto, aficionado a la ciencia ficción y al humor absurdo, terminó convirtiéndose en patrimonio de una audiencia mucho más amplia, alcanzando niveles de popularidad y merchandising que pocas producciones de animación para adultos han conseguido igualar.
Lo que empezó siendo territorio de nicho terminó ocupando conversaciones de sobremesa completamente ajenas a ese círculo original.
El caso español: ‘Aquí no hay quien viva’

El fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos. Aquí no hay quien viva se considera una de las series de culto más icónicas de la ficción española, gracias a la comunidad de vecinos de Desengaño 21, que capturó la imaginación de toda una generación y dejó frases y personajes incrustados en la memoria colectiva del país.
Pero calificarla de “serie para pocos” sería completamente erróneo: acumuló una media de 6.030.000 espectadores por episodio, con una cuota de pantalla del 33,8% a lo largo de sus cinco temporadas, cifras que hoy resultarían prácticamente inimaginables para cualquier ficción en abierto.
Su continuación, La que se avecina, con el mismo concepto y buena parte del reparto original, mantuvo también un éxito notable, aunque sus cifras resultan menores en comparación debido al nuevo contexto televisivo, marcado por la fragmentación de audiencias que trajeron las plataformas de streaming.
Por qué confundimos “querida con pasión” con “vista por pocos”
Esta confusión tiene una explicación lógica. Cuando una serie genera fandom intenso —teorías, foros, maratones, disfraces, merchandising—, el recuerdo colectivo tiende a magnificar esa devoción y a minimizar el hecho de que, en paralelo, millones de personas la seguían de forma mucho más pasiva, simplemente disfrutándola sin formar parte activa de esa comunidad.
La pasión de una minoría visible eclipsa el consumo silencioso de una mayoría, y con el tiempo esa minoría acaba definiendo cómo recordamos la serie.
A esto se suma un componente de prestigio cultural: calificar algo como “de culto” suena más sofisticado que admitir que fue un producto de consumo masivo. Decir que te gustaba Perdidos porque eras parte de su comunidad de teorías suena distinto a decir, simplemente, que la veías porque la veía todo el mundo, aunque ambas cosas fueran ciertas al mismo tiempo.
Grandes fenómenos que hoy se recuerdan como “de culto”

El fenómeno se repite con series como Breaking Bad o Juego de Tronos, que hoy conviven en el imaginario colectivo con la etiqueta de culto pese a haber sido, en su momento, auténticos fenómenos de audiencia global.
Juego de Tronos llegó a acumular 38 premios Emmy y a convertirse en la serie más premiada de la historia hasta entonces, con audiencias de decenas de millones de espectadores en cada estreno de temporada. Nada en esos números se corresponde con el perfil clásico de producción minoritaria, y sin embargo la intensidad de sus teorías, memes y debates online la sitúa constantemente en la conversación sobre “series de culto”.
Un patrón similar ocurre con El juego del calamar, que acumuló 1.650 millones de horas vistas en sus primeros 28 días en Netflix, generando al mismo tiempo una comunidad de fans tan intensa y participativa que, culturalmente, se la sigue tratando con ese aura de fenómeno “de nicho que se volvió viral”, cuando en realidad nació ya siendo un éxito planetario desde su primera semana.
El verdadero valor de la etiqueta
Quizás la conclusión más honesta sea que la etiqueta “de culto” ya no describe tamaño de audiencia, sino tipo de vínculo emocional. Una serie de culto, en el uso actual del término, es aquella que su público no solo consume, sino que habita: la discute, la analiza, la convierte en identidad. Que además fuera vista por millones de personas no contradice esa devoción, simplemente demuestra que el “culto” y el “éxito masivo” nunca fueron, en realidad, categorías opuestas.

