Entrevista

Leyla Bouzid, directora de ‘Tres mujeres’: “En el mundo árabe, dos mujeres que se aman no existen en el cine”

La cineasta tunecina aborda la represión sexual y los secretos de tres generaciones en un drama familiar con tintes de thriller

Hay una casa en Susa, a 140 kilómetros de Túnez, que Leyla Bouzid (Túnez, 1984) conoce de memoria. Es la casa de su abuela, donde pasó los veranos de su infancia, donde las paredes guardan conversaciones a medias, miradas que evitan ciertos temas, silencios transmitidos de generación en generación como si fueran herencia. Cuando supo que la casa iba a ser demolida para construir bloques de pisos, pidió a su familia que le dejaran hacer allí una película. El resultado es Tres mujeres (À voix basse), su tercer largometraje, que compitió en la Berlinale en febrero de 2026 y llega ahora a las salas españolas con una pregunta que incomoda y no abandona al espectador: ¿cuánto daño hace lo que sabemos pero elegimos no decir?

“El punto de partida fue la casa”, explica Bouzid en conversación con Artículo14. “Y con la casa están la figura de mi abuela y la de mi tío materno, que me inspiraron mucho”. La vida de su tío quedó realmente arruinada en lo que supuso un trauma para toda la familia. “Con el personaje de Lilia (Eya Bouteraa) quería abordar ese tema, pero intentando crear una transmisión positiva: que la vida del tío, que fue una tragedia, se convirtiera en una fuerza para ella”.

Lilia es ingeniera, joven, exitosa, francesa de origen tunecino. Regresa a Susa para el funeral de ese tío, cuyo cuerpo apareció desnudo en la calle en circunstancias que nadie quiere aclarar. Viaja con su novia francesa, Alice (Marion Barbeau), una relación que oculta. La recibe su madre, doctora y divorciada (la magnífica Hiam Abbass, de Succession y Blade Runner 2049), y su abuela, interpretada por la cineasta y exdiputada tunecina Salma Baccar, guardiana de los valores de siempre. Tres generaciones. Tres formas de entender el silencio. Una misma casa donde todo se sabe y nada se dice.

El silencio como herencia

El título original de la película significa literalmente “mantener el ruido dentro del hogar”, como explica la directora. Es una expresión que en Túnez se entiende sin necesidad de explicaciones. Bouzid, afincada en París, creció entre dos culturas y lleva tres películas interrogando esa frontera donde lo privado se vuelve político.

“Existen secretos en muchas culturas. Cosas que se saben pero no se dicen. Todo el mundo lo sabe, pero hay un límite, y es ese límite el que hay que romper”, dice la cineasta. “Si no se cuenta, la historia se repite. Si no se habla del pasado, de lo que le ocurrió al tío de Lilia, se perderá la fuerza de su historia”.

Lo que hace Leyla Bouzid con ese silencio no es simplemente denuncia: es arqueología emocional. La abuela sabe exactamente cómo murió su hijo, sabe que fue víctima de una agresión vinculada a su homosexualidad. Y aun así prefiere que el crimen quede impune antes que asumir el escándalo público en lo que ella entiende como un acto de superviviencia. Es el instinto de quien ha construido una identidad entera sobre la coherencia de los valores que transmite. “Hay tres generaciones, y cada generación es distinta”.

Esa distancia entre generaciones es también el núcleo dramático de la película. La abuela no considera que ser ingeniera sea “una profesión de mujeres”. Cree que su hija “estuvo vagueando” porque terminó divorciándose cuando vivía en Oriente Medio. Y aun así, dice Bouzid, no es una víctima ni un verdugo: “Son mujeres fuertes. Cada una supo escoger un camino. Distintos puntos de vista, pero para mí es una riqueza absoluta haber podido filmarlas, sus diferencias”.

Filmar lo que no existe

En el cine árabe, la homosexualidad masculina aparece a veces, siempre de manera oblicua. La femenina, directamente, no existe: hay un desprecio profundo hacia la idea de que dos mujeres puedan amarse. Y eso aparece en la película: ni siquiera la policía las toma en serio cuando dicen ser amantes. “En el mundo árabe, dos mujeres que se aman no existen en el cine”; en realidad, tampoco existen en el imaginario colectivo: hay gente que piensa que no hay sexualidad entre dos mujeres porque no hay penetración.

Rodar la película en Túnez no fue fácil. La producción no recibió ninguna financiación tunecina. Algunos actores rechazaron participar, no solo por homofobia, sino por miedo a quedar en una posición de fragilidad. En su conversación con Paris Match, Bouzid fue directa: “Hay redadas de homosexuales en Túnez”. La ley que criminaliza la homosexualidad con hasta tres años de cárcel data de 1913 y es, apunta la directora, producto directo de la colonización francesa: para recuperar su imagen de país moderno, Túnez debería derogar ciertas leyes coloniales.

Tres mujeres es también una película sobre la identidad partida. Lilia vive en Francia pero es tunecina. Alice proyecta sobre ella una imagen de Túnez soñado, romántico. Lilia, a su vez, no le cuenta todo de cómo es su país. La tía le dice que se quede en Francia, que allí está mejor. La abuela quiere que vuelva. Y en medio, un policía que le dice con amargura: “Nuestros hijos se forman aquí y se van. Llevan a otro país lo que les hemos dado”.

Bouzid no construye un relato de buenos y malos. “La película tiene un juego de espejos constante, de reflejos”, dice. “No es blanco y negro”. Esa complejidad se extiende también al vínculo colonial entre Francia y Túnez, presente desde la elección del idioma hasta en la propia abuela, que sabe leer y escribir en francés pero no en árabe, anomalía histórica que la película no explica pero que late bajo cada conversación.

Lo que más le interesaba a la directora era mostrar cómo el amor resiste —o no— cuando el Estado, la sociedad, la policía y la familia se entrometen en los momentos más íntimos. ¿Qué peso puede soportar una relación cuando tu sexualidad está criminalizada?, se pregunta en el dossier de la película. Las grietas que ese peso abre entre Lilia y Alice son el motor dramático de la segunda mitad del film.

Una película mediterránea

Bouzid insiste en que Tres mujeres no es solo una película sobre Túnez ni sobre el islam. “Creo que es una película que puede tocar de forma directa y personal a gente de Europa, quizá de España o del Mediterráneo, porque esta historia podría ser exactamente la misma en muchos lugares. No es una cuestión de islam o de religión. Es una cuestión de cultura y de familia”. Es, de hecho, un testimonio sobre los silencios y la hipocresía social, valiente y entrañable.

La decisión más política de la película quizás no sea mostrar el amor entre dos mujeres en Túnez, sino lo que ocurre al final: Lilia vuelve. No rompe con su familia. No huye hacia la libertad occidental. Se queda en el espacio incómodo, en la pregunta sin resolver, intentando seguir siendo familia con su familia.

“No quise hacer una película que defendiera el individualismo, en la que Lilia se va lejos y ya está”, dice Bouzid. “No está construida desde el rechazo de la familia, sino desde la pregunta de cómo hacemos para vivir juntos y superar esto”. Y añade algo que resume toda su propuesta: “Lilia puede defender su homosexualidad y seguir siendo tunecina. No está obligada a vivir su homosexualidad como una occidental que rompe con su familia. Puede ser homosexual, tunecina y árabe”.

En esa frase vive toda la película. Y en esa casa de Susa, que pronto dejará de existir, viven todos los silencios que Bouzid lleva años aprendiendo a decir en voz alta.

TAGS DE ESTA NOTICIA