Berlinale

La directora de la Berlinale contra la tormenta política: “No se puede exigir que los artistas respondan a todo”

Tricia Tuttle responde a las críticas por las declaraciones de Wim Wenders y otros invitados y reivindica la libertad de expresión en un festival históricamente marcado por el cine político

La actriz Michelle Yeoh durante el Berlin International Film Festival. EFE/EPA/CLEMENS BILAN
La actriz Michelle Yeoh durante el Berlin International Film Festival. EFE/EPA/CLEMENS BILAN
EFE

La directora de la Berlinale, Tricia Tuttle, ha defendido públicamente a los artistas invitados al certamen tras varios días de controversia en torno a la dimensión política del festival y a las respuestas —o silencios— de algunos participantes ante preguntas sobre conflictos internacionales. “No se puede exigir a los artistas que respondan a cualquier pregunta”, afirmó en un comunicado difundido en los primeros compases de esta 76ª edición, inaugurada en Berlín el pasado jueves.

La polémica estalló tras la rueda de prensa inicial, cuando el presidente del jurado internacional, el cineasta alemán Wim Wenders, fue interrogado acerca del apoyo del Gobierno alemán a Israel y la financiación pública del festival. “Tenemos que mantenernos al margen de la política”, respondió. “Si hacemos películas que son abiertamente políticas, entramos en el terreno de la política. Pero nosotros somos el contrapeso de la política”. El fragmento, rápidamente viralizado en redes sociales en formato de vídeo breve, provocó una oleada de reacciones que trasladaron el debate desde las salas de proyección al espacio digital.

Desiree Nosbusch y Wim Wenders durante la inauguración de la Berlinale, el 12 de febrero de 2026. EFE/EPA/FABIAN SOMMER
Desiree Nosbusch y Wim Wenders durante la inauguración de la Berlinale, el 12 de febrero de 2026. EFE/EPA/FABIAN SOMMER
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Entre las voces críticas destacó la escritora india Arundhati Roy, que canceló su participación prevista en el certamen y calificó las declaraciones de “inadmisibles”. En un mensaje público, cuestionó la idea de que el arte deba mantenerse al margen cuando, a su juicio, se desarrollan crímenes contra la humanidad en tiempo real. La organización del festival respondió que respetaba su decisión y lamentaba no poder contar con su presencia.

El clima se intensificó con otras comparecencias. La actriz malasia Michelle Yeoh, distinguida este año con el Oso de Oro honorífico, fue preguntada por la situación política en Estados Unidos y respondió que no se consideraba en posición de pronunciarse al respecto. El actor estadounidense Neil Patrick Harris, que presenta en el festival la película Sunny Dancer, subrayó que, aunque tiene opiniones políticas personales, no había leído el guion como una declaración ideológica. Sus respuestas, lejos de cerrar el debate, alimentaron nuevas críticas en redes sociales, donde se cuestionó la supuesta neutralidad de determinadas figuras públicas.

En contraste, otras voces asumieron una postura explícita. La directora finlandesa Hanna Bergholm acudió a su rueda de prensa con un pin de sandía —símbolo de apoyo a Palestina— y defendió que las personas adultas tienen la responsabilidad de alzar la voz frente a la violencia y la injusticia. La imagen circuló con la misma rapidez que los vídeos anteriores, reforzando la percepción de que la discusión ya no se limita a los contenidos proyectados, sino que atraviesa cada gesto público de quienes pisan la alfombra roja.

La directora finlandesa Hanna Bergholm acudió a la rueda de prensa de 'Nightborn (Yon Lapsi)' con un pin de sandía en apoyo a Palestina en la Berlinale
La directora finlandesa Hanna Bergholm acudió a la rueda de prensa de ‘Nightborn (Yon Lapsi)’ con un pin de sandía en apoyo a Palestina en la Berlinale
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En su comunicado, Tuttle —que asumió la dirección artística del festival en abril de 2024 tras su etapa al frente del BFI London Film Festival— defendió que la libertad de expresión “está teniendo lugar” en la Berlinale. A su juicio, el problema radica en la expectativa creciente de que cineastas e intérpretes respondan a cualquier cuestión planteada, incluso cuando no forma parte del objeto de su presencia en el certamen. “Se les critica si no responden. Se les critica si responden y no nos gusta lo que dicen. Se les critica si no pueden condensar pensamientos complejos en una frase breve cuando se les pone un micrófono delante”, señaló, describiendo un entorno mediático condicionado por la lógica del clip viral.

La directora lamentó que el trabajo de “cientos de cineastas y profesionales” quede reducido en el discurso online a episodios aislados y recordó que esta edición programa 278 películas procedentes de decenas de países, muchas de ellas centradas en genocidios, violencia sexual en contextos bélicos, corrupción institucional o abusos de poder estatal. Algunos de sus autores, subrayó, afrontan prisión, exilio o amenazas en sus países de origen por el contenido de sus obras.

Michelle Yeoh, galardonada con el Oso de Oro honorífico por su trayectoria, posa junto a la directora del festival de la Berlinale, Tricia Tuttle
Michelle Yeoh, galardonada con el Oso de Oro honorífico por su trayectoria, posa junto a la directora del festival de la Berlinale, Tricia Tuttle
EFE

La tensión no es nueva en un festival nacido en 1951, en plena Guerra Fría, con una vocación declaradamente política. A lo largo de su historia, la Berlinale ha servido de plataforma para el cine disidente de Europa del Este, para la denuncia de dictaduras latinoamericanas o para el debate sobre Oriente Próximo. Lo que ha cambiado, según admiten fuentes del propio certamen, es la velocidad con la que una declaración puede descontextualizarse y convertirse en tendencia global en cuestión de minutos.

Mientras tanto, sobre la pantalla, el festival mantiene su tradición de cine abiertamente comprometido. En la alfombra roja inaugural, varios creadores iraníes desplegaron carteles con el lema “Free Iran”, y asociaciones de cineastas independientes organizaron acciones simbólicas en Potsdamer Platz para recordar a las víctimas de recientes protestas en su país. La discusión ya no gira en torno a si la Berlinale es política, sino a cómo se articula ese debate en un ecosistema mediático donde cada respuesta —y cada silencio— se examina bajo el escrutinio inmediato de millones de espectadores.

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