Opinión

Richi e Poveri

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La gente de mi edad, sobre todo, como es mi caso, los que amen la cultura italiana, recordaran a Richi e Poveri. En los años 60 y 70 la música italiana era tan influyente en España como la americana o la británica. También lo era la francesa. Luego, ya nos quedamos escuchando esa música anglosajona que ha dominado nuestra vida. Pero la memoria musical de muchos de nosotros sigue impregnada del recuerdo de aquella música italiana llena de melodía y artistas maravillosos. Uno de ellos era este cuarteto nacido en Génova en 1967, formado por Angela Brambati, Franco Gatti, Marina Occhiena y Angelo Sotgiu. Me atraía la contundencia de su nombre, pues su música no pasaba de un almibarado romanticismo pop. Richi e Poveri, ricos y pobres, esa frontera que divide la sociedad entre los de arriba y los de abajo. Aprendí de mi abuela que siempre habría ricos y pobres. Que nosotros pertenecíamos a los de abajo y que deberíamos luchar para que cambiara la situación y los pobres fueran menos pobres y los ricos menos ricos. Por eso, digo yo, muchos nos acercamos al socialismo y a la socialdemocracia, con la ilusión de hacer una sociedad más justa, más igualitaria y más libre.

Los avances, en especial desde el final de la II Guerra Mundial, fueron notables con las políticas impulsadas por socialdemócratas, democristianos y liberales en Europa y en Estados Unidos. Se conquistaron derechos, se mejoraron las condiciones de vida, subieron los salarios, se construyeron sistemas de salud y de educación, se facilitó el acceso a la vivienda y, en suma, se generó una sociedad que, pese a sus bolsas de pobreza, disfrutó de un bienestar, de una dignidad y de la sensación de que el progreso guiaba su futuro.

Pero, ahora, no está ocurriendo eso. Duele llegar a esta conclusión. Pensar que los ricos son más ricos y los pobres más pobres, que el acceso a la vivienda es un lujo, que un salario digno no está al alcance de todos, que la educación y la sanidad se depauperan, que la brecha social se agranda en lugar de estrecharse y que el futuro de nuestros hijos y nietos no estará dominado por el progreso sino por la incertidumbre.

Por ejemplo, nuestra vieja España lleva años registrando un sano crecimiento económico. Cierto que marcado por el gasto público, la deuda y el déficit estructural, pero crecimiento al fin y al cabo. Este crecimiento no se ha redistribuido como mandan los cánones de la izquierda que nos gobierna. Al contrario, ha aparejado un proceso de concentración de la riqueza. Hay más ricos -eso me encanta- con mayor capacidad financiera y mayor acumulación de patrimonio. La brecha se ensancha. Los datos de la Agencia Tributaria señalan que entre 2011 y 2023 el número de declarantes ha llegado a las 228 mil personas, un 75% más, pasando su patrimonio de 450.000 millones a 934.000 millones, un 107% de aumento. En este período, los declarantes que certifican un patrimonio superior a los 30 millones han crecido de 352 personas a 865, constatando que su riqueza ha pasado de 37.000 millones a 147.000 millones.

El World Inequality Database (WID), llamado Laboratorio Mundial de la Desigualdad, indica que en 2023 el 1% de los españoles acaparó el 12% de los ingresos; el 10%, el 33,4%, y el 50%, el 22,6%. Si no vamos a la estadística de riqueza patrimonial los datos son más esclarecedores. El 1% acumula el 24% de la riqueza; el 10%, un 57%, y el 50%, sólo alcanza a un 7%. En Davos, la ONG Oxfam presentó un informe que señalaba que en España se contaba con un número de 33 personas que disponía de más de 1.000 millones de patrimonio, con una fortuna cercana a los 200.000 millones, unos 6.000 millones por cabeza. No está nada mal.

El Informe de Riesgos Globales es la publicación de referencia del Foro Económico Mundial de Davos, recabando las opiniones de más de 1.300 líderes y expertos mundiales del mundo académico, empresarial, de los gobiernos, de las organizaciones internacionales y de la sociedad. La polarización social se sitúa en el cuarto puesto para 2026 y en el tercero para 2028. La desigualdad ocupa el séptimo puesto en el horizonte a dos años y a 10 años. Los encuestados también señalan la desigualdad como el riesgo más relacionado con otros, que además agrava otros al reducirse la movilidad social. El concepto de polarización económico o social implica la posible aparición de conflictos por la creciente desigualdad y la desaparición de la clase media.

El pasado mes de junio el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) realizó una encuesta sobre “Desigualdades y tendencias sociales”. El 86% indicaba, con matices, que en España existían desigualdades sociales, el 48% manifestaba que ahora existen más que hace diez años y un 50% apuntaba que habría más en los próximos diez, señalando el 76% que aumentaría el número de pobres y personas marginadas. Por supuesto, y esto empieza a ser una asunción social dominante, el 58% pensaba que los jóvenes vivirían peor que sus padres.

Pero si nos vamos a los datos sobre pobreza severa la fotografía se hace todavía más negra. Caritas, esa organización de la Iglesia católica que estudia el fenómeno con periodicidad, publicó hace unos meses el IX Informe Foessa. Los datos estremecen. Un total de 4,3 millones de personas viven en exclusión social severa, de los cuales un tercio, casi 1,5 millones, son niños. La pobreza infantil alcanza a un 29% de la población, la más alta de la Unión Europea. El informe pone de manifiesto el deterioro progresivo de la clase media. Precariedad laboral y alto precio de la vivienda son algunas de las causas, pero no las únicas Los datos, en su esencia, coinciden con los del Instituto Nacional de Estadística (INE), que indica que la pobreza afecta a alrededor de 12,5 millones de personas, un 25,8% de la población, y la tasa de pobreza severa es del 8,3%.

El coeficiente Gini es el método más utilizado para medir la desigualdad. Es una herramienta analítica que suele emplearse para dimensionar la concentración de ingresos y de patrimonio entre los habitantes de una zona, en un periodo de tiempo determinado. Fue desarrollada por el estadístico italiano Corrado Gini en 1912 y expuesta en su obra “Variabilità e mutabilità”. El 0 significa máxima igualdad y el 1, máxima desigualdad. Tanto en ingresos como en riqueza, la posición española está por encima de la media europea. En ingresos, Europa se sitúa en el 0,29 mientras España se eleva al 0,32; aunque no hace muchos años estaba en torno a 0,34. En riqueza, Europa está en 0,63, mientras España se eleva a 0,65. En ambos casos, nuestro país presenta mayor desigualdad que países como Eslovaquia, Bélgica, Países Bajos, Italia y los nórdicos.

Los que hemos leído la historia sabemos que venimos de un país en el que reinaba la desigualdad lacerante. Pero también sabemos que el “milagro español” de los 60 alumbró una clase media y que la democracia del 78 impulsó al país a un proceso de crecimiento y desarrollo económico, con la subsiguiente distribución de la riqueza, que situó a España en la órbita de los países más avanzados y admirados. Es difícil aceptar este retroceso, asistir al ensanchamiento de la brecha en ricos y pobres y a la depauperación de la clase media. Sobre todo, tras ochos años de Gobierno de progreso.

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