Opinión

Mitad tonta, mitad tetas

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La polémica entre Rosa Belmonte y Sarah Santaolalla no es solo un rifirrafe más en el ecosistema mediático español. Es el síntoma de una dinámica que preferiríamos no ver: el desprecio hacia las mujeres que llaman la atención, que destacan —y especialmente hacia las más jóvenes— bajo la coartada de la ironía o la opinión.

Para quien no haya seguido el asunto: Rosa Belmonte lanzó en El hormiguero un comentario sobre Sarah Santaolalla aparatosamente despectivo. Ante la irada reacción pública, Belmonte ofreció disculpas. Pero fueron, siendo generosos, tibias. De esas que no terminan de asumir el daño causado, que parecen más motivadas por el ruido generado que por una verdadera reflexión sobre lo dicho.

Y aquí es donde conviene detenerse.

Porque Sarah Santaolalla es muy joven, no tiene ni 30 años. Está construyendo su voz pública, su carrera, su identidad profesional en un espacio —el del debate político y mediático— que ya de por sí es hostil, y más para las mujeres. No es lo mismo recibir una crítica dura cuando tienes décadas de trayectoria y una piel endurecida, que cuando aún estás consolidándote. Las palabras pesan distinto. Las descalificaciones calan más hondo.

Lo preocupante no es solo el comentario concreto. Es la sensación de que no se trata de un desliz aislado. Ese tono mordaz, ese dardo personal disfrazado de ingenio, no parece ser patrimonio exclusivo de este episodio ni dirigido únicamente a Sara. Es una manera de intervenir en el espacio público: punzante, condescendiente, con un punto de superioridad que busca el aplauso rápido antes que la comprensión.

Y ahí es donde la cuestión deja de ser individual para volverse estructural.

Porque esa forma de atacar —centrándose en la persona más que en el argumento, deslizándose hacia lo físico, lo gestual o lo anecdótico— tiene raíces profundamente patriarcales. Es el mismo mecanismo que históricamente se ha utilizado para desacreditar a las mujeres cuando opinan, cuando ocupan espacio, cuando se atreven a ser visibles. Reducirlas, ridiculizarlas, situarlas en un lugar menor.

Lo más incómodo es reconocer que esa lógica no es exclusiva de los hombres. La tenemos inoculada. Todas. Hemos crecido en una cultura que premia la ironía cruel, que celebra la pulla brillante aunque deje cicatrices. Que nos enseña a competir entre nosotras en lugar de cuestionar el marco en el que competimos.

Y entonces caemos en la trampa: juzgar de manera frívola y mordaz, sin ánimo de comprender. Jugar a ser hombres en el peor sentido de la expresión, reproduciendo los códigos de un espacio que históricamente nos ha cosificado, caricaturizado o expulsado. Pensar que, para ser fuertes, debemos ser implacables. Que la dureza es sinónimo de inteligencia. Que la compasión resta autoridad.

Pero no es así.

Se puede disentir sin humillar. Se puede criticar sin ridiculizar. Se puede debatir sin deshumanizar. Y cuando la persona que recibe el golpe es una mujer joven, el deber de cuidado debería ser aún mayor. No por paternalismo, sino por responsabilidad colectiva.

Las disculpas tibias no bastan cuando el problema es más profundo que una frase desafortunada. Lo que está en juego no es la reputación de una periodista consolidada ni el orgullo de una polemista. Es el mensaje que enviamos a quienes vienen detrás: que hablar tiene un precio y exponerse implica hacerse daño.

Quizá esta polémica podría servir para preguntarnos qué tipo de conversación pública queremos. Si aspiramos a un espacio donde el ingenio sea compatible con el respeto. Donde la crítica no sea una coartada para el desprecio. Donde no tengamos que endurecernos hasta perder la empatía.

Porque, al final, el verdadero daño no es solo el que se le pueda estar haciendo a Sarah Santaolalla. Es el que nos hacemos como comunidad cada vez que normalizamos esa forma de atacar. Quizá ya

Porque, al final, el verdadero daño no es solo el que se le pueda estar haciendo a Sarah Santaolalla. Es el que nos hacemos como comunidad cada vez que normalizamos esa forma de atacar. Quizá ya va siendo hora de dejar de jugar a ser hombres y empezar, simplemente, a ser mejores.

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