“Soy hija de padres liberales y no me ponen hora”.
“Soy hija de padres liberales y hago lo que quiero”.
“Soy hija de padres liberales y nunca me han dicho que no”.
Es el nuevo trend en Instagram y TikTok. Niñas de 15 años lo dicen con orgullo. “Mis padres no me limitan”. “Mis padres no me controlan”. “Mis padres no interfieren”.
Y, muchas veces, suena más a abandono bien envuelto que a libertad.
Porque lo curioso de este trend no es que cuenten cómo es su familia. Es que se ha decidido vender la ausencia de límites como un valor en sí mismo. Como si no poner normas fuera sinónimo de ser moderno. Como si educar fuese opresivo y dejar hacer, una muestra de amor ilustrado.
Mis padres no encajan en ese relato. Nunca lo hicieron. Había normas. Había horarios. Había consecuencias. Y no, no fue una infancia traumática ni autoritaria. Fue una infancia acompañada. Porque cuantos más vídeos veo de este tipo, más claro tengo que eso fue una suerte.
Cuando alguien dice “soy hija de padres liberales y no me ponen hora”, lo que está describiendo no es libertad. Está describiendo la ausencia de responsabilidad adulta. Porque educar no es dejar hacer. Educar es incomodar. Es frustrar. Es sostener un enfado. Es decir que no, aunque te odien durante una hora. Aunque no quedes como el padre o la madre “guay”.
Pero eso no queda bien en un vídeo de 15 segundos.
Esta moda romantiza justo lo contrario: padres que no intervienen, no corrigen, no exigen… y luego se felicitan por ser abiertos de mente. Padres que confunden respeto con pasividad y libertad con abandono. Padres que renuncian a su papel y lo disfrazan de virtud.
Porque la libertad no aparece cuando nadie te pone freno. Aparece cuando aprendes a ponértelo tú. Y eso no surge de la nada. Se aprende porque alguien, antes, te enseñó dónde estaban los límites. Aunque no te gustara. Aunque protestaras. Aunque no lo entendieras en ese momento.
Lo inquietante es que muchos de estos vídeos suenan a broma, pero describen carencias reales: incapacidad para tolerar la frustración, alergia a cualquier norma, rechazo automático a la autoridad, dificultad para asumir consecuencias. Pero claro, decir “mis padres no supieron ejercer su papel” no es tan cool como decir “soy hija de padres liberales”.
Y no, no va de idealizar la dureza ni de defender modelos autoritarios. Va de algo mucho más básico: de entender que educar implica límites. Y que los límites no son el enemigo de la libertad. Son su condición previa.
Así que no. Yo no soy hija de padres liberales.
Soy hija de padres que pusieron normas. Que dijeron que no. Que me enfadaron. Que entendieron que querer no es dejar hacer, sino estar presente. Incluso cuando es incómodo.
Y viendo cómo hoy se presume de la ausencia de normas, empiezo a pensar que lo verdaderamente revolucionario no es dejarnos crecer sin freno.
Es tener padres que ejerzan como tales.
