Opinión

La guerra de Reverte, de Uclés y de todos los demás

Reverte vs Uclés - Cultura
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31 de marzo de 1937. 8:30 horas.

Nueve bombarderos y cuatro cazas del ejército italiano sobrevuelan la localidad vizcaína de Durango. Desde esa hora y hasta las 17:45 horas, en tres embestidas, bombardean la villa vasca arrojando más de 280 obuses y ametrallando desde el aire a la población civil. Matan a más de 336 personas.

Las primeras bombas caen en la parroquia de Santa María. Ana María y Josefina Barrueta, acompañadas de su madre Dolores Arroitajauregui, asisten a la misa de primera hora. Mueren las tres, al igual que otros fieles, doce monjas y el párroco Carlos Morilla, que oficiaba la eucaristía y que había huido a Durango desde Asturias para que le protegieran los nacionales. Cruel broma de la Historia. Los historiadores consideran los bombardeos de Durango como un macabro “ensayo” de lo que ocurriría en la vecina Guernica un mes después.

A Josefina, Ana María y Dolores las sobrevivió Carmen, hermana e hija. Afortunadamente, no se encontraba en Durango; en ese momento disfrutaba de una plácida jornada en Vitoria, donde residía. Estaba embarazada. Tampoco falleció su padre, Vicente Barrueta. Casualmente estaba con ella, de visita.

Carmen, que no llegaba a los 30 años cuando unos morteros de acero sin cara le arrebataron a sus hermanas y la dejaron huérfana de madre, estaba casada con un importante empresario alavés llamado Ignacio, un buen hombre a decir de quienes le conocieron, profundamente entregado a los más pobres, pegado a la tierra, ayudando con su esfuerzo, dinero y misericordia a las Hermanitas de los Pobres, a los gitanos más desfavorecidos y a los niños de la guerra. En la década de 1940 adoptó a Helmut Röhr, Heli,  un chaval austríaco devastado por la invasión nazi de su país y que se convirtió en su hijo 11+1. Según los parámetros de David Uclés, don Ignacio sería “un franquista”, aunque luchó tangencialmente contra Hitler, pues era un hombre en la cúspide económica y social ganada por las empresas familiares de velas y chocolates, estaba muy considerado dentro de la sociedad alavesa, fue presidente de la Diputación y fundador y promotor de los más importantes clubes deportivos de la ciudad. Un peligroso facha casado con una joven a quienes los fachas mutilaron a su familia y se hizo cargo de un niño invadido por la melancolía y los panzer alemanes. A ver en qué slot meten esto en el Congreso de Pérez-Reverte.

En otra zona de la cornisa cantábrica, al tiempo que los Savoia-Marchetti italianos escupían fuego y muerte sobre Durango, Máximo Gutiérrez estaba a punto de ser fusilado por los “rojos”. La noche antes de la ejecución, el capitán al mando del pelotón le permitió escapar.  Se conocían de su época civil, ambos eran comerciantes y entre ellos habían hecho algún negocio. Pasó varios días huyendo por las verdes praderas norteñas y estuvo a punto de morir de frío. A las pocas semanas, ya ¿luchando? para el bando nacional, fue alcanzado por la metralla y herido gravemente. En el hospital de campaña, creyendo que era un cadáver, le inyectaron fluido de embalsamamiento y casi la palma, envenenado por los “nacionales”. Parca 0 – Máximo 2.

A Pilar Higuera, una muchacha de la Cantabria rural de la zona de Ampuero, se le aparecieron un día en casa una partida de milicianos, y, a punta de metralleta, se apropiaron de todo lo que tenían, incluido el coche de su padre. Les dejaron con lo puesto.

Hasta ahí la historia que nunca saldrá en los libros.

Pero es que resulta que Carmen Barrueta era mi abuela. Ana María y Rosario eran mis tías abuelas. Y Dolores Arroitajauregui era mi bisabuela.

Y unos aviadores en nombre del fascismo italiano las mataron, l’anima de li mortacci loro.

Ignacio Ruiz de Gauna Ochoa de Eguileor fue mi abuelo. No llegué a conocerle, soy hijo de su último hijo. Tampoco conozco a nadie que hablara de él como un “facha de Franco” y sí como un ángel en la tierra. Especialmente a mi tío Heli, que vive en Viena, que vino a mi boda, y al que mi abuelo salvó de las garras del Tercer Reich. Pregúntales a las Hermanitas de los Pobres quién fue Ignacio, “el de las velas”.

Máximo Gutiérrez fue mi abuelo. Estuvieron a punto de matarlo en ambos bandos, se dedicaba a la compraventa sin ideología y cuando estabas a su lado no podías pasar las páginas del periódico, ya que el aire le daba tanto frío que su mente le transportaba al horror animal, carne humana quemada y sal de sangre.

Pilar Higuera era mi abuela. Y en sus últimos años aún recordaba el frío del subfusil “naranjero” en su sien.

Esa es la Guerra Civil que he vivido, más bien revivido, yo en mi casa. Y supongo que en millones de hogares también, con pequeñas variaciones de la misma sinfonía funeraria, campanas que tañen a muerto.

A Carmen y a Ignacio, a Pilar y a Máximo, jamás se les ocurriría hacer un congreso acolchadito, butacas de Arne Jacobsen y agua Evian para enjuagarse el discursito.  Ahora aparecen unos machos alfa con mánager para enseñarnos cómo mirar a la guerra, mientras se dan jamonazos culturetas. O, más bien, como acertadamente me dice el príncipe de O’Donnell, incluso “corrigiendo el error de maquetación” añadiendo el interrogante, ¿La guerra que todos perdimos? , con una condescendencia que raya en lo hiriente. Pues claro que un bando la perdió, majo, y de esos barros vienen estos lodos. Aunque todos la sufrieran.

P.D. Para curarse de toda esta estulticia con boina aconsejo fervientemente la lectura del libro de Juan Eslava Galán, Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie, un cruce entre crónica periodística y ficción y lo mejor que se ha escrito sobre esta puta guerra.

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