Durante casi dos años, una mujer figuró oficialmente como desaparecida. Se llama Salma. Su rostro estuvo en carteles y su nombre circuló en redes sociales. Mientras tanto, ella estaba encerrada en una casa de la huerta murciana, sometida a violencia extrema. No se había ido. No había decidido desaparecer. Había sido secuestrada.
Desde el 1 de abril de 2024, la mujer constaba como desaparecida. Su entorno denunció la pérdida de contacto y se activaron los protocolos habituales: difusión de su imagen, avisos a cuerpos policiales, llamamientos ciudadanos. Con el paso de los meses, y en ausencia de indicios claros de delito, comenzó a imponerse una hipótesis tan frecuente como dañina: la de la desaparición voluntaria. Una suposición que, en demasiadas ocasiones, cae sobre las mujeres y termina diluyendo la urgencia.
No había desaparecido de forma voluntaria
Mientras se especulaba con una posible huida o con una decisión personal de cortar lazos, ella permanecía retenida contra su voluntad en una vivienda de San José de la Vega. Según la investigación, fue sometida a agresiones sexuales reiteradas, palizas, amenazas y un control absoluto de cada movimiento. No tenía acceso al exterior ni posibilidad de pedir ayuda. La desaparición no era un misterio: era un encierro.

Cuando logró escapar y fue atendida por los servicios sanitarios, los profesionales constataron lesiones graves derivadas de un maltrato continuado. Entre ellas, la pérdida total de la visión en un ojo, además de la pérdida de varias piezas dentales y múltiples lesiones provocadas por golpes repetidos. A las secuelas físicas se suma un profundo daño psicológico propio de casi dos años de cautiverio, agresiones sexuales e aislamiento
El detenido como autor, Alberto, su pareja, no era un desconocido para el sistema. En 2015, su entonces esposa lo denunció por una violencia de género. Fue detenido y su nombre quedó registrado como maltratador. Aun así, una década después, la violencia volvió a repetirse, esta vez en una forma aún más extrema y prolongada.
“Llévame a mi casa”
La casa donde la mujer pasó casi dos años secuestrada no estaba aislada del todo. Vecinos de la zona han reconocido que escucharon gritos. Una mujer llorando. Una súplica clara: “llévame a mi casa”. Uno de ellos sitúa esos gritos hace “siete u ocho meses”. Pensó que era una discusión de pareja. Otros admiten que veían entrar y salir gente para comprar droga. Las señales estaban ahí, según adelanta La Opinión de Murcia. Pero nadie llamó a la Policía.
“No quiero problemas”. “Yo de esa gente me aparto”. “Pensé que era un matrimonio peleándose”. Las frases, repetidas ante los medios, muestran cómo el silencio social y la normalización de la violencia machista pueden convertirse en una segunda jaula para las víctimas. Mientras su cartel seguía circulando como el de una mujer “ausente”, su voz se apagaba tras las paredes de una vivienda conocida por el vecindario

Tras lograr escapar y llegar a un centro sanitario para pedir ayuda, la Policía Nacional detuvo al sospechoso. Un día después, con autorización judicial, los agentes registraron la vivienda. Encontraron armas blancas y de fuego, estupefacientes y diversos objetos que la víctima había descrito como instrumentos para atarla y amordazarla. La escena confirmó que la desaparición nunca fue voluntaria.
La víctima, en una casa de acogida
La investigación se amplió con la detención de varios vecinos por encubrimiento, al considerar los investigadores que podían conocer la situación de la mujer y no alertaron a las autoridades. El procedimiento continúa bajo secreto de sumario.
La mujer se encuentra ahora en un recurso protegido para víctimas de violencia machista, recibiendo atención médica y psicológica. Comienza un proceso largo: recuperar el cuerpo, la voz y una vida que le fue arrebatada mientras el mundo creía que simplemente había decidido irse.
Este caso obliga a revisar una pregunta incómoda: cuántas desapariciones que se dan por voluntarias esconden, en realidad, violencia, control y miedo.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.
