Opinión

Buscar a Shakespeare y encontrar a Agnes

Cristina López Barrios
Actualizado: h
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Hace una semana fui al cine a ver Hamnet. Uno de los estrenos que está en cartelera y en boca de todos. La curiosidad no me dejó tiempo para terminar la novela de Maggie O´Farrell que empecé hace años —ya ni recuerdo por qué la abandoné—, pero la película no se me iba a escapar, y más tratándose de Shakespeare. Muy poco sé de la vida de este escritor que es uno de mis favoritos. Así que ese morbo por conocer un poco más de lo humano que hay detrás del genio, acabó de decidirme.

Y buscando a Shakespeare me encontré con Agnes. ¿Qué semejanzas hay entre este personaje y Anne Hathaway, su mujer tal y como consta en los registros? No se sabe, pero ella fascina desde el primer minuto. La película comienza con una escena de Agnes enroscada en el bosque como si estuviera en el útero materno. Y la madre no es otra que la naturaleza. La relación con ella define al personaje. Agnes conoce las propiedades curativas de las plantas, una sabiduría ancestral heredada de su madre que transmitirá a sus hijas. El universo femenino está servido. La madre de Agnes, además, entra en la categoría de «bruja» que salió del bosque. Bruja es la palabra que se le ha dado tantas veces a la mujer distinta o que transgredía la norma. Nuestro acervo cultural está plagado de hechiceras, pitonisas, «cosevirgos» y alcahuetas desde sus versiones más satíricas como la Celestina o la Trotaconventos en nuestra literatura, hasta la bruja Morgana en la tradición inglesa. ¿Fue antes el arte o la vida? Se preguntaba Oscar Wilde.

La relación de amor entre Agnes y William tiene algo de filtro amoroso, de atracción a primera vista. Pero la conexión más honda de ella es con la naturaleza, con su halcón y, después, con sus hijos. Agnes está construida a partir del imaginario histórico de lo femenino. El parto de su primer hijo en el bosque, sola, conecta a la mujer con la tierra y con la vida. Un vínculo ancestral. El segundo parto tiene lugar en la casa, en el territorio de lo doméstico, con una suegra hasta entonces poco amigable. Un desbordamiento del río, que coincide con la metafórica rotura de aguas de Agnes, la impide dar a luz fuera, y esa imposibilidad funciona como presagio de la tragedia.

Agnes parece acercarse más a Anne Hathaway. La mujer que esperaba a su marido en Stratford, cuidando de sus hijos, mientras él trataba de abrirse camino como dramaturgo en Londres. Ella se queda en el mundo de lo cotidiano, que no por ello deja de ser hermoso. Y él se marcha hacia lo público, lo visible. Una sostiene la vida; el otro la convierte en obra.

Hombres y mujeres somos diferentes en muchos aspectos desde el punto de vista biológico. Pero ¿por qué la diferencia se convirtió en desigualdad? ¿En qué momento comenzó a formarse ese imaginario de lo femenino ligado a la emoción, a lo natural y a lo instintivo; y de lo masculino ligado a la acción y al mundo intelectual? Cuando ese reparto se convirtió en uno de los pilares de un sistema político y social —cuando lo masculino pasó por superior y lo femenino quedó supeditado— empezó una desigualdad que dura hasta hoy.

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