Opinión

El eterno retorno de la izquierda gatillazo

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El melodrama frenético y artificial por el que desfilan las izquierdas que se disgregan, cuando no se apiolan, a la zurda del PSOE es un uróboros famélico, un eterno retorno cansino –recordemos las diferentes versiones de Vistalegre o Magariños– que, salvo a cafeteros, cofrades y escribientes, colma de carcajadas y/o de bostezos a esa gran masa de votantes de cien mil raleas que ha mucho le perdió el miedo a Vox. La batucada refrita de “Un paso al frente” y la sardana plurinacional y macha de Rufián –hasta la fecha, sólo ha protagonizado un acto con Emilio Delgado, de Más Madrid, y anunciado otro con Óscar Matute, de EH Bildu– ni enamoran, ni soliviantan ni inquietan. Son gatillazos futuros venidos del pasado. Los vimos hace dos tardes. Los seguimos viendo, qué leches.

Decía el lunes el coordinador general de IU, Antonio Maíllo, que “la gente está harta de las telenovelas de la izquierda” y demandaba “menos protagonismo personal y más protagonismo colectivo”. El comunista, mitinero histriónico a la par que contertulio pusilánime cuando toca debatir sin el árbitro comprado –iba a participar en la última edición de Letras en Sevilla y, sabedor del cartel desde hacía meses, sólo se rajó al poco de que lo hiciera David Uclés–, lejos de ser original, recurrió a la consigna fofa e inverosímil que pronuncian los diez negritos que no aspiran más que a convertirse en la muleta de Pedro Sánchez. Conscientes de que jamás vencerán, persiguen convencer a un electorado hastiado de su cainismo infantiloide y de su superioridad moral de cartón piedra encadenando turras en las que instan a innovar, “aglutinar esperanzas” –así lo dijo la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, en el coloquio “Pioneras14” que organizó este periódico–, dejar a un lado los egos, porque viene el lobo de la ultraderecha, y demás argumentos de hojalata, mientras reinterpretan un sketch de Rasca y Pica.

En este contexto de reinvención desesperada, posando a la manera de Derek Zoolander, Rufián vende martirologio e incoherencias en una entrevista concedida a El País. “Sé que esto probablemente me quemará”, se lamenta el tipo que, hace once años, aseguraba que “en dieciocho meses dejaré mi escaño para regresar a la república catalana”. El niño bonito de la prensa matritense, que reconoce un “discurso independentista que en un momento dado quizá era excluyente” al mismo tiempo que considera extranjera en Tarragona a una señora de Almagro, airea un frankenstein soberanista que no seduce a sus pretendientes: los nacionalistas rechazan soltar la rentable teta de su terruño –esa que garantiza la supervivencia electoral del yerno de Sabiniano; hasta el rabo, por mucho hundimiento extremeño y aragonés, todo es toro–, Podemos guarda una prudentísima distancia y Sumar no quiere que nadie le chafe su cambio de piel. Pierde el tiempo el portavoz parlamentario de ERC elaborando una prótesis inane. Al presidente le sería mucho más eficaz en sus filas, sustituyendo a Patxi López. Seguro que el republicano catalán también repudiaría a Felipe González, pero con más gracia que el ingeniero vasco.

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