La crítica ★★★☆☆

‘Hamnet’: amor y arte para seguir viviendo

Chloé Zhao adapta la novela de Maggie O’Farrell para explorar el duelo, el amor y la furia que atraviesan el matrimonio Shakespeare tras la muerte de su hijo, en una película sensorial y emocionalmente desbordante que entiende el arte como una forma de supervivencia.

'Hamnet', dirigida por Chloé Zhao e interpretada por Jessie Buckley y Paul Mescal
'Hamnet', dirigida por Chloé Zhao e interpretada por Jessie Buckley y Paul Mescal

Sin duda una de las películas que más han dado que hablar en los últimos meses, Hamnet ha sido definida —a grandes rasgos— como un drama centrado en cómo, tal vez, William Shakespeare escribió Hamlet motivado por la muerte de su hijo. Aunque técnicamente correcta, esa descripción pasa por alto los verdaderos mecanismos de este nuevo trabajo de Chloé Zhao, que toma la novela homónima de Maggie O’Farrell como base para ofrecer una inmersiva exploración del deseo, el duelo, el amor y la ira que circulan en dos sentidos entre una mujer y su marido.

El único hijo varón de Shakespeare, Hamnet, nació junto a su hermana gemela en 1585 y murió en 1596 a los 11 años. Entre tres y cinco años después su padre escribió una obra que compartía nombre con el niño, puesto que en aquella época los nombres Hamlet y Hamnet eran sinónimos, y que llegado el momento se convirtió en una de las obras literarias más celebradas que existen. Al igual que el libro en el que se basa, la nueva película sostiene que ese texto —que, recordemos, entre otras cosas explora el duelo y la culpa provocados por la pérdida, y se cuestiona cuál es la forma adecuada de experimentar el duelo y superarlo— fue el vehículo a través del cual el escritor intentó exorcizar tanto su propio dolor como el de su esposa, Agnes —o Anne— Hathaway.

Desde Songs My Brothers Taught Me (2015), Zhao ha confirmado su extraordinaria habilidad para localizar una inmediatez casi documental dentro de los límites de la ficción. Aquí, esa cualidad le permite sumergirnos en el relato como lo haríamos si no conociéramos su desenlace; lo logra tratando cada capítulo de la relación amorosa entre Will y Agnes como un verdadero tiempo presente en el que no caben alusiones a un futuro que sabemos preescrito. Asimismo, la directora esquiva tanto los estereotipos formales habituales en las recreaciones históricas como los excesos de diseño de producción, y logra que los soliloquios de Hamlet suenen crudos y eléctricos pese a contarse entre los más trillados de la historia. La sensación de frescura que la película transmite de ese modo es uno de sus logros más rotundos.

A través de lo sensorial y lo ambiental, la película se mantiene fiel a la visión bucólica del mundo que el cine de Zhao suele adoptar. Desde el principio los personajes son encuadrados sobre vistosos fondos de flora y fauna y, tras entrar por primera vez en escena emergiendo del hueco de un árbol gigante, Agnes es retratada como una mujer que no acaba de pertenecer al mundo aunque, por otra parte, parece haber surgido de la tierra misma. Al inicio, la mujer no parece sintonizar de manera natural con Will, más intelectual y neurótico, pero aun así ambos quedan inmediatamente prendados, y el trabajo de ambos actores transmite eficazmente la idea de una atracción incontrolable entre dos personas unidas de por vida y consumidas por cada instante que comparten. No tardamos en verlos convertirse en padres y, a partir de entonces, las ausencias de Will del hogar a causa de la literatura pasan a ser un serio problema familiar. Luego llega la enfermedad y después la muerte, y lo que sigue son torrentes de ira, tristeza y reproches. Agnes acusa a Will de no sufrir lo suficiente, pero Mescal se asegura de que detectemos todo el sufrimiento que yace bajo su fachada; y Buckley, por su parte, ofrece la que quizá sea la interpretación más lúcida y devastadora de su carrera hasta la fecha.

Lo que distingue con mayor claridad a Hamnet tanto de la citada ópera prima de Zhao como de sus dos trabajos posteriores, The Rider (2017) y Nomadland (2020), es que en esta ocasión da la sensación de que el objetivo de la directora no es observar pacientemente los matices de los personajes y sus relaciones, sino extraer la mayor cantidad posible de emoción de cada interacción y cada reflexión. Es un enfoque que resulta abrumador incluso antes de que la familia sea devastada por la tragedia. Es bien sabido que, entre todos los métodos existentes para hacer llorar a los espectadores cinematográficos, la muerte prematura de un niño equivale a tener una escalera de color, pero aun así sorprende la absoluta contumacia con la que Hamnet nos golpea la fibra para dispararnos los conductos lacrimales.

Fotograma de la película 'Hamnet', protagonizada por Jessie Buckley y Paul Mescal
Fotograma de la película ‘Hamnet’, protagonizada por Jessie Buckley y Paul Mescal
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La película resulta más convincente, eso sí, al defender que los momentos más oscuros de la vida exigen respuestas radicales. En sus últimos compases, celebra el arte mismo no solo como una herramienta terapéutica y una fuente de bienestar mental, sino incluso como una clave para asimilar la ardua tarea de existir y, por tanto, una forma de abrir puertas hacia el futuro. En la secuencia climática, Agnes asiste a la primera representación de Hamlet por parte de su marido, movida por una curiosidad alimentada sobre todo por su resentimiento latente. Y en ese momento observamos cómo sus ojos se van abriendo poco a poco a medida que comprende la verdadera naturaleza del logro de su esposo: resucitar a su hijo para ofrecerlo al mundo. Habrá quien opine —y es una opinión válida— que la película de algún modo banaliza tanto el trauma —al sugerir que puede curarse mediante la puesta en escena de una obra teatral— como la visionaria obra de un escritor legendario —al insinuar que no es más que una alegoría del duelo—; sea como sea, hay algo arrollador en su capacidad para hacernos salir del cine henchidos no de tristeza sino de euforia, por la capacidad humana para enfrentarse a la intransigencia de la muerte o, cuando menos, para desafiarla decidiendo seguir adelante a pesar de todo.

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