Durante más de dos décadas, Shakespeare in Love (John Madden, 1998) ha ocupado un lugar privilegiado en el imaginario popular como la gran fantasía romántica sobre el nacimiento del genio. La película convirtió a William Shakespeare en un joven atractivo, apasionado y bloqueado que solo logra escribir cuando se enamora. Su amor imposible con Viola de Lesseps aparece como el motor secreto de Romeo y Julieta, la chispa que convierte la frustración en obra maestra. La fórmula es seductora: genio, pasión y musa.
El reciente estreno de Hamnet, dirigida por Chloé Zhao y basada en la novela de Maggie O’Farrell, obliga, sin embargo, a mirar ese relato con otros ojos. Porque mientras Shakespeare in Love celebra un amor clandestino y extraordinario, Hamnet coloca el foco en Anne Hathaway —rebautizada Agnes—, la esposa real, la madre de sus hijos, la mujer que permaneció en Stratford mientras Shakespeare se marchaba a Londres a construir su carrera. Dos películas, dos miradas, dos políticas del relato.
Con las gafas violetas, la pregunta es inevitable: ¿qué tipo de amor legitima Shakespeare in Love y a costa de quién? La película de Madden propone un arquetipo clásico: el artista masculino necesita una mujer que lo inspire, aunque esa mujer esté destinada a desaparecer de su vida. Viola es inteligente, culta, apasionada por el teatro, pero su función narrativa es esencialmente instrumental. Existe para desbloquear la creatividad de Shakespeare. Cuando el romance termina, la obra queda. Ella desaparece del escenario; él entra en la historia.

No es casual que el cierre del filme muestre a Shakespeare ya pensando en su siguiente heroína literaria, Rosalind, mientras Viola parte hacia América. El mensaje es claro: las mujeres pasan, el genio permanece.
Este esquema responde a una lógica patriarcal muy antigua: el hombre crea, la mujer inspira; el hombre trasciende, la mujer es sacrificio narrativo. El talento masculino se construye sobre una acumulación de afectos femeninos que no necesitan continuidad, reconocimiento ni reparación.
Además, Shakespeare in Love normaliza una doble moral que rara vez se problematiza. Shakespeare es presentado como un romántico idealista, pero en términos prácticos es un hombre casado que mantiene una relación extramatrimonial mientras su esposa permanece fuera de campo, invisible. Anne Hathaway sólo existe como problema y como impedimento al amor que explora ahora el poeta.
Esa omisión no es neutra. Convertir a la esposa en ausencia facilita que el adulterio se perciba como destino poético y no como abandono. El relato limpia de consecuencias materiales y emocionales las decisiones del genio.

Desde esta perspectiva, Hamnet actúa casi como un contra-relato histórico. No niega que Shakespeare pudiera tener amantes ni que su pulsión creativa lo llevara lejos del hogar, pero desplaza el centro emocional hacia quien sostuvo la vida cotidiana: la mujer que parió, crio, perdió y sobrevivió.
Agnes no es musa. No existe para inspirar una obra, sino para vivir una experiencia humana radical: la maternidad, el duelo, la soledad, la rabia, el desconcierto. Y es desde ese dolor —no desde una historia romántica— desde donde se sugiere que nace Hamlet.
El contraste es revelador. Mientras Shakespeare in Love romantiza el enamoramiento como origen del arte, Hamnet propone el duelo como matriz creativa. Y ese cambio de eje es profundamente político.

Porque el amor romántico, tal como suele representarse, tiende a embellecer relaciones desiguales. Viola tiene que disfrazarse de hombre para poder actuar. Su talento solo puede existir bajo identidad masculina. Su libertad está condicionada por un matrimonio impuesto. Su deseo artístico no tiene salida estructural. Shakespeare, en cambio, puede circular entre mujeres, teatros y ciudades sin que su posición social se vea seriamente amenazada.
La película, aunque muestra algunos de estos obstáculos, los envuelve en una comedia elegante que acaba suavizando la violencia estructural. Viola es una excepción luminosa dentro de un sistema que sigue intacto.
Desde una mirada feminista, resulta significativo que Shakespeare in Love haya sido durante años una de las grandes historias románticas del cine mainstream, mientras Anne Hathaway permanecía reducida al estereotipo de “esposa mayor” o directamente borrada del relato (ni siquiera aparece en la película).
No es casualidad tampoco que haya sido una novelista contemporánea, Maggie O’Farrell, quien decidiera imaginar por primera vez a Anne como centro emocional de la historia. La recuperación de estas figuras no responde solo a un interés histórico, sino a una necesidad cultural: revisar a quién hemos considerado digno de ser contado.
Shakespeare in Love no es una película “machista” en un sentido simple. Es más interesante que eso: es una obra que reproduce, con enorme sofisticación, los mitos patriarcales del amor, el genio y la creación. Por eso conviene revisitarla hoy, no para cancelarla, sino para leerla críticamente.
Quizá el mayor gesto feminista que permite el diálogo entre Shakespeare in Love y Hamnet no sea elegir una y descartar la otra, sino entender que durante siglos hemos preferido creer que las grandes obras nacen del flechazo y no del cuidado, del abandono y no de la pérdida, del deseo y no del trabajo emocional invisible. Y que detrás del mito del hombre que ama y crea, casi siempre hay una mujer que sostiene, espera o entierra.


