Hace poco fui al cine a ver la última película del cineasta surcoreano Park-Chan Wook, No hay otra opción, convencida de que me iba a gustar —porque me encantó Decisión to Leave hace un par de años y porque adoré la doncella—; más allá de los fuegos artificiales con la cámara o de sus típicos ejercicios de virtuosismo en la fotografía, lo que en esa película desenreda Park-Chan Wook es en la práctica una sátira del proceso de reconversión industrial y la crisis laboral a la cual conduce aquello a lo que llamamos “progreso”. Un empleado de la industria del papel, el protagonista, feliz, hipotecado, con un alto estándar de vida, ve cómo su mundo se derrumba al ser súbitamente despedido, en parte por los procesos de automatización y la entrada en el mercado de empresas extranjeras. Su vida se resquebraja por un proceso social extraordinariamente más grande que él.
Lo que pasa después, a lo largo de más de dos horas, y perdón por destripar aquí la película, es el desarrollo de un brutal proceso de selección: no es el único de los trabajadores con mucha experiencia y cualificaciones para su puesto particular que se presenta al nuevo único puesto en el cual sirven esas cualificaciones; como necesita el dinero para vivir, y vive de su fuerza de trabajo, acaba reconociendo que una situación excepcional requiere soluciones excepcionales. Se hace con el currículum vitae de cada uno de los concurrentes al proceso de selección de la empresa a la que postula; tras hacerlo, busca entre ellos a los que podrían, por méritos, quedar por encima de él en el proceso. No se le ocurre alternativa que no sea ir acabando con ellos uno a uno. Acabar con ellos significa aquí directamente matarlos. Así, en modo un poco thriller, en un desarrollo muy tenso, va espiándolos, liquidándonos uno a uno, y llevándose a sí mismo al límite de lo posible, de lo humano, perdiendo su humanidad. Da igual que haya destripado aquí la película, porque lo gozoso es ver su desarrollo y hasta dónde lleva eso al personaje.

En la novela La chica más lista que conozco, de Sara Barquinero, recién publicada, una de las hipótesis que sus partes tratan de demostrar enuncia que “la violencia institucional no se vale solo de injusticias, sino de la lentitud y opacidad de sus procedimientos”; después, hablando del ámbito universitario, un personaje dice que “hay obras humanas en las que se adivina con claridad la mano del diablo. Una de ellas es la cámara fotográfica y otra la ANECA, por decir dos entre muchas”. En toda selección hay una conversión en objeto de un ser humano y un método de descarte. Hay una ceguera injusta e inapelable en la cual la burocracia obra consecuencias directas sobre la vida de unas personas; en el caso de ese protagonista, si tiene dinero para alimentarse y pagar su casa o no lo tiene, si puede vivir o no puede. Lo mejor de la película es que, frente a la violencia silenciosa de los procedimientos, opone una violencia frontal, explícita, una forma de venganza: el procedimiento borra a quienes procesa; para visibilizarlo aún más, la película los aniquila, les da muerte, acaba con ellos.
Me quedé pensando, tras verla, quizá por cercanía, en una de las variantes más de actualidad de los procesos de selección: los procesos de selección para alquilar una vivienda, más al día que nunca a raíz de la crisis habitacional creciente en España. Recopilar una cantidad absurda de documentos, certificados, avales, nóminas; para alquilar una vivienda, hasta una carta de motivación, como si fuera el trabajo u objetivo de una vida entera en vez de un zulo de treinta metros cuadrados. Aún no ha habido nadie que se haya vuelto tan desquiciado con la crisis habitacional como el protagonista de No hay otra opción. O quizá sí, viendo la noticia de hace unas semanas sobre cómo un inquilino asesinó a la casera con la que convivía. Es lo que pasa cuando se deja que los conflictos sociales se enquisten: se enquistan tanto que se convierten en insoportables y las violencias sutiles se transforman en violencias de sangre.
Lo más inteligente de su compás final, aunque la película quizá peque de un reverso en exceso cínico, es que no por lograr lo que se proponía alcanza el protagonista una seguridad plena, una satisfacción: el enemigo realmente no eran los otros postulantes del proceso, pues al final aparece un enemigo mucho más real y siniestro detrás. Todos los trabajadores, salvo él, como supervisor, han quedado sustituidos por máquinas autónomas que cumplen las funciones que ellos cumplían. Su centro de trabajo ahora es un lugar silencioso y lúgubre donde no queda nadie y hasta él, poco a poco, va dándose cuenta de que no sólo es reemplazable, sino que también es prescindible; su existencia, otrora vinculada al trabajo, carece ya de razón de ser.
Vamos hacia una obsolescencia programada de lo humano donde casi todo parece abocado a quedarse sin esa razón de ser, donde la promesa de abundancia desaparece y, con ella, los proyectos de futuro; también los universitarios esforzados en jugar al juego del diablo de la ANECA ven, hoy, que ni siquiera existen plazas de profesor titular para los cuales les sirvan los puntos que han acumulado, que podrían servirles, como máximo, para obtener una palmadita en la espalda. Podría concluirse que nos dirigimos a una sociedad más inútil, más prescindible, pero la conclusión a la que eso nos llevaría sería muy, muy triste: la de que acabaremos todos, tras la vocación de ese “progreso”, como unos desesperados; como dice su título, sin otra opción. La política tendría que ser el arte de negar ese enunciado y la vocación de los políticos que nunca puedan afirmarse tales palabras. Hay otra opción, pero pasa por no tomar los problemas sociales como fenómenos atmosféricos, como catástrofes inevitables.
