Jessie Buckley habla con intensidad. Cada una de sus frases parece atravesada por la urgencia vital de que el tiempo, el personal, el creativo, el histórico, es siempre limitado. Su talento para maridar fragilidad y fiereza en su interpretación de Agnes Hathaway en Hamnet le ha valido una nominación al Oscar, un Globo de Oro y un Critic Choice Award. “Es poco habitual encontrar un papel tan devastador y tan conmovedor” afirma ella con humildad.
La película, dirigida por Chloé Zhao y coescrita junto a la novelista Maggie O’Farrell, adapta el libro homónimo publicado en 2020, un fenómeno literario que se atrevió a mirar el mayor mito de la literatura occidental desde el ángulo íntimo de la pérdida. O’Farrell partió de un hecho histórico casi relegado a nota a pie de página, la muerte de Hamnet, el único hijo varón de William Shakespeare, a los 11 años, víctima de la peste bubónica en 1596, su dolor fue el germen de Hamlet, estrenada pocos años después. El filme plantea la idea de que esta obra inmortal nace del duelo y no de un lugar. Chau recuerda la figura olvidada de la madre, la esposa de Agnes Hathaway, tradicionalmente conocida como Anne.
En Hamnet, Paul Mescal interpreta a un Shakespeare joven, aún empobrecido, profesor de latín, dividido entre la vida doméstica y una pulsión creativa que lo distrae constantemente. Buckley es Agnes. Una curandera, hija de una mujer considerada casi una bruja, profundamente conectada con la naturaleza, el cuerpo y lo invisible. Entre ambos hay una electricidad inmediata, pero también una intimidad trabajada con paciencia. El amor aparece como pacto sometido a tensiones sociales, económicas y emocionales. “Leer el libro fue una experiencia explosiva”, recuerda Buckley. “Maggie escribe como una poeta. Todos tenemos una relación con Shakespeare, aunque sea solo como una palabra gigantesca. Pero destilar esa parte monumental hasta su humanidad más básica, que es desde donde escribió, y preguntarse quiénes fueron las personas, los amores y las relaciones profundas que lo rodearon… eso me atravesó por completo. Sentí que estaba destinada a encontrar esta historia en este momento de mi vida” nos confiesa Buckle durante la rueda de prensa donde estuvo Artículo14.

Ese “momento” no es casual. Buckley, de 36 años, es madre desde hace poco tiempo, y esa experiencia ha reordenado sus prioridades vitales y profesionales. En Hamnet, la maternidad es el núcleo mismo del relato. La muerte del hijo quiebra a la familia, desgarra y nos transforma. De esa transformación surge un nuevo lenguaje, una nueva perspectiva para aceptar el tiempo y la identidad. La película se adentra en ese territorio sin sentimentalismo.
Maggie O’Farrell ha reconocido que parte de su impulso creativo nació tras leer Shakespeare’s Wife, de Germaine Greer, un ensayo que desmonta la imagen de Anne Hathaway como una campesina anodina, poco digna del genio de su marido. Buckley asiente cuando se le menciona esa genealogía feminista. “¿No es eso lo que estamos intentando siempre?”, se pregunta. “Desenredar historias que no son nuestras y encontrar la verdad de las mujeres que reconocemos en nuestra vida. No somos simples, somos épicas, profundamente interesantes y complejas”.
Para la actriz irlandesa, no hay duda de que la obra de Shakespeare exige una convivencia con mujeres de esa complejidad. “No se puede escribir a Lady Macbeth sin conocer a una mujer así. La ternura feroz de lo que significa ser mujer. Estar conectada al cuerpo, a la mente, a algo antiguo, a la vida y a la muerte… eso asusta. Y sin embargo, es la expresión más verdadera de nosotras mismas, al lado de hombres maravillosos a los que también defendemos”.

La película ha sido celebrada, con razón, por su representación del duelo. Pero tanto Buckley como Mescal insisten en que el verdadero trabajo estuvo en construir la relación previa, aquello que hace que la pérdida sea insoportable. “Sin esa inversión emocional inicial, no hay nada”, señala Buckley. La primera mitad del filme se detiene en los gestos cotidianos, en la complicidad, en la risa compartida, en el deseo. Luego llega la catástrofe, y con ella la pregunta de cómo seguir viviendo cuando la vida ha dejado de tener sentido.
Agnes no encuentra consuelo en las palabras. William, en cambio, transforma el dolor en arte. Esa diferencia amenaza con separarlos para siempre. “Ella reconoce que la capacidad de expresión de este hombre es más grande que el lugar donde viven, incluso más grande que esta vida”, explica Buckley. “Amar algo implica dejarlo ir. Tras una pérdida inimaginable, es a través de su expresión como el dolor se vuelve inmortal”.
Esa tensión, entre la necesidad del otro y la necesidad del mundo, resuena con fuerza en la propia vida de la actriz. Desde que es madre, confiesa, ya no puede justificar ausencias prolongadas por proyectos que no le ofrezcan una verdadera comunidad creativa. “Lo mejor que me ha dado la maternidad es que me ha quitado la tontería”, dice, riendo. “Me he vuelto más honesta. Me he dado cuenta de que estoy dividida en tres personas y ahora necesito dónde apoyarme”.

Hamnet fue, para ella, “alcanzar un vacío intocable”. Un proyecto excepcional, impulsado por una directora como Chloé Zhao, a la que admira por su singularidad. “Quiero una comunidad. Un grupo de artistas hambrientos en la misma dirección. Quiero experimentar, encontrar un lenguaje nuevo, más líderes singulares. No puedo alimentarme de otra cosa”.
Su hambre artística está siendo reconocida por la industria. Buckley ha sido nominada al Oscar a mejor actriz, consolidándose como favorita tras ganar el Globo de Oro y el Critics’ Choice. Mescal, pese al reconocimiento crítico, quedó fuera de las nominaciones, algo que ella lamenta con una generosidad poco habitual. “Para mí, él es absoluto. No existe Agnes sin Paul. Lo que se reconoce es tan suyo como mío”.
En la escena final, Agnes asiste a una representación de Hamlet en el Globe. Buckley apenas pronuncia palabras, pero su rostro concentra toda la película. “Ella busca lo que ha perdido. Hacer responsable a su marido por haber robado su dolor para algo que no comprende, la enfurece. Y luego, hay una rendición profunda a sus palabras, a sus sentimientos. Esa es la magia de una historia lo suficientemente grande para sostener su sufrimiento. Ella entiende que son los desconocidos con sus propios duelos los que dan sentido a su dolor”.
En ese instante, Hamnet deja de ser solo una relectura de Shakespeare y se convierte en una reflexión sobre el arte como espacio compartido del dolor humano. “Ese es el talento de Chloe para transmitir la experiencia”. En realidad, es Jessie Buckley, madre, mujer y actriz en Hollywood, quien encarna esa idea con una honestidad brutal. Como Agnes, Buckley actúa desde un lugar donde el arte se convierte en necesidad.


