Dado el escaso espacio que los libros de historia le dedican, conviene explicar que, a mediados del siglo XVIII, Ann Lee fue la líder de la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo, una comunidad cristiana surgida de los cuáqueros —y también conocida como los shakers— que defendía valores relativamente progresistas como el feminismo, el igualitarismo y la no violencia, y aspiraba a crear una sociedad utópica basada en el trabajo duro y la oración; se sostenía en el celibato y en la negación de la carne, pero paradójicamente basaba sus rezos en retorcimientos corporales casi orgásmicos que supuestamente ayudaban a alcanzar un estado superior de éxtasis religioso y obtener así línea directa con Dios. Teniendo en cuenta ese dato, El testamento de Ann Lee convierte la vida de esa mujer en un musical abstracto cuya intención última -más allá de la meramente biográfica, se entiende- resulta más bien difícil de descifrar.
Dirigida por la noruega Mona Fastvold, la película sitúa los orígenes del voto de castidad de Lee en su infancia, localizada en el seno de una pobrísima familia de Manchester; concretamente, nos muestra la repulsión que la niña siente al descubrir el uso carnal que su padre hace de su madre, agravada durante la adultez a causa de su matrimonio con un herrero cuya negativa a respetar las creencias de su esposa la aboca a dar a luz a cuatro niños, todos ellos fallecidos durante el parto o poco después. Mientras tanto, Lee se une a los shakers, caracterizados por la intensidad de su culto espiritual, y tras ser encarcelada a causa de sus creencias, inicia un ayuno que le provoca visiones divinas. Después de eso, decide crear una sociedad en la que la ausencia de sexo haga a hombres y mujeres iguales ante Dios. Pero cuando los shakers huyen a Estados Unidos para evitar la persecución a la que se les somete en Inglaterra, se encuentran con un país no precisamente proclive a la tolerancia y comprensión, especialmente hacia una mujer que afirma ser la encarnación femenina de Cristo.

Decidida a experimentar una intimidad radical con el Todopoderoso, Lee orquesta junto a sus discípulos elaboradas coreografías de canto y baile que en la película adoptan la forma de himnos shaker reinterpretados y compuestos por el músico Daniel Blumberg, y en cuyo transcurso los cuerpos se sacuden al unísono mientras las repeticiones cadenciosas de la música se sincronizan con golpes en el pecho y el ritmo de los pasos; a través de esa puesta en escena, la película deja claro que los shakers no hacen sino canalizar sus deseos sexuales hacia una forma distinta, más aceptable por su líder.
Fastvold coescribió El testamento de Ann Lee junto a su pareja sentimental y profesional, Brady Corbet; hace ahora un año ambos fueron candidatos al Oscar por el guion de The Brutalist (2025), que él dirigió. Ambas obras hablan de la experiencia inmigrante en Estados Unidos y de la persecución religiosa, y las dos exhiben dosis notables de pretenciosidad; de hecho, el exceso de solemnidad que aqueja la nueva película a ratos la acerca peligrosamente al territorio de la comedia involuntaria. Mientras tanto, al menos sobre el papel, Fastvold intenta mostrar admiración por una religión poco ortodoxa basada en varios ideales nobles sin pasar por alto el hecho de que aquella fe estaba condenada al fracaso en buena medida a causa de las contradicciones de la propia Lee. En la práctica, sin embargo, la película en ningún momento reconoce que una persona capaz de suscitar una admiración tan desbordada y tan decidida a dirigir a sus seguidores en base a sus propios traumas resulta, cuanto menos, algo inquietante. De hecho, a lo largo de su metraje prácticamente no se moleste en reflexionar sobre las luchas de su protagonista con la fe, la psicología subyacente tras su poder y los posibles efectos perniciosos de su influencia. ¿Cuál es exactamente el testamento al que alude su título? Fastvold no se muestra especialmente interesada en ello.

Una película admirable
En última instancia, es cierto, El testamento de Ann Lee resulta admirable por varios motivos: es una obra genuinamente extraña, un bienvenido ejemplo de riesgo en una cultura aparentemente alérgica a él. Además, está impulsada por una extraordinaria interpretación de Amanda Seyfried, que se arroja a lo largo y ancho de la pantalla como lo haría una mujer verdaderamente poseída, y cuya mirada arrebatada evidencia una devoción inquebrantable. Pero, pese a ello, la película de ningún modo saca provecho del potencial dramático y psicológico tanto de la figura histórica que la inspira como de los asuntos que apunta a lo largo de su metraje. Al final, resulta inevitable preguntarse qué fue exactamente lo que atrajo a Fastvold de la historia de los shakers, más allá de proporcionarle una excusa para rodar un musical.
