El oro entra en terreno desconocido tras su mayor caída en años

Tras caer hasta los 4.403 dólares, el oro ha rebotado más de un 10%, aunque sin fuerza suficiente para recuperar los 5.000

El oro vive atrapado en un tira y afloja constante entre su papel de refugio y la fuerza del dólar. Cuando la divisa estadounidense se fortalece, al metal se le hace cuesta arriba seguir subiendo. No porque los inversores estén más tranquilos, sino porque para muchos compradores internacionales el oro simplemente se vuelve más caro.

El problema es que, en las últimas semanas, este pulso se ha vuelto especialmente violento. Los movimientos han sido rápidos, amplios y difíciles de leer, y la volatilidad extrema en los metales preciosos tiene a miles de inversores rascándose la cabeza.

Las dudas ahora se acumulan. ¿Ha marcado el oro ya un techo por encima de los 5.000 dólares? ¿Puede rebotar hacia los 6.000, como apuntan algunos bancos de inversión? ¿O todavía queda margen para nuevas caídas desde los niveles actuales?

Con el mercado tan sensible, cada dato y cada movimiento del dólar pueden ser la chispa que incline la balanza en uno u otro sentido. Y lo cierto es que el oro no suele moverse así.

Mas volátil que bitcoin

El mercado no está acostumbrado a ver al metal precioso con este nivel de disparidad. Entre el 29 de enero y el 1 de febrero, el oro se desplomó un 21,7%, pasando de su máximo histórico en 5.626,80 dólares a tocar fondo en 4.403,24. La mayor caída del oro en lo que va de siglo.

Pero el golpe no se quedó ahí. La violencia del movimiento fue tal que la volatilidad del oro llegó a superar a la del bitcoin, algo que no ocurría desde 2008. El índice GVZ, que mide la volatilidad esperada del oro, superó los 37 puntos, mientras que el BVOL, su equivalente en el mercado cripto, se mantuvo por debajo de 34.

Para un activo que durante años ha funcionado como escudo frente a la incertidumbre, el cambio de guion resulta difícil de digerir. Y más aún cuando, hasta hace muy poco, todo apuntaba justo en la dirección contraria.

Porque nada en el arranque del año hacía presagiar una montaña rusa de este calibre. En enero, el oro subió cerca de un 30% y encadenó ocho nuevos máximos históricos en menos de cuatro semanas. Las previsiones más optimistas que situaban el precio en torno a los 5.600 dólares a finales de 2026 ya habían quedado atrás. Algunos analistas incluso empezaban a hablar de los 7.000 dólares como un objetivo plausible si se repetía el patrón de 2025.

Pero la realidad es otra. La corrección arrancó el 29 de enero y, en apenas tres sesiones, borró de un plumazo toda la subida acumulada desde principios de mes. El precio cayó por debajo de los 4.500 dólares y las ventas forzadas se multiplicaron en el mercado de futuros. Aquí entran en juego dos factores clave.

Demasiada gente buscando el “pelotazo”  

El primero fue macro. El anuncio de Kevin Warsh como próximo presidente de la Reserva Federal (Fed) cambió las expectativas de golpe. Su perfil, percibido como menos proclive a acelerar las bajadas de tipos, impulsó al dólar y dejó sin apoyo a los metales preciosos, muy sensibles a los tipos reales.

El segundo factor fue más técnico, pero igual de decisivo. La Bolsa de Derivados de Chicago elevó los márgenes exigidos para operar con futuros de metales, obligando a los inversores a aportar más garantías para mantener sus posiciones. En un mercado cargado de apalancamiento, la medida actuó como un acelerador de la caída.

Para muchos inversores, especialmente minoristas, la única alternativa era poner más dinero o cerrar posiciones. Muchos optaron por lo segundo, alimentando una espiral de ventas rápidas.

Algo parecido ocurrió con el cobre a mediados de 2025, cuando una subida de márgenes y varias noticias negativas provocaron un desplome del 25% en una sola sesión. Entonces, el precio se recuperó por completo. La diferencia es que el cobre contaba con una demanda industrial clara que sostuvo el rebote.

¿Ha quedado atrás el momento de pánico extremo?

El 1 de febrero, tras marcar mínimos, el oro empezó a rebotar. Al día siguiente subió un 6%, su mayor avance diario desde noviembre de 2008. Llegó a rozar los 5.100 dólares, aunque por ahora no ha logrado consolidarse por encima del nivel psicológico de los 5.000.

Desde entonces, hay división de opiniones. Para algunos, es solo cuestión de tiempo que regresen los compradores. Para otros, la entrada de dinero en torno a los 4.400 dólares ha reforzado los escenarios más optimistas.

Dentro de este grupo, UBS mantiene su objetivo en 5.600 dólares y anticipa una fase de consolidación entre 4.500 y 4.800 antes de nuevas subidas. Deutsche Bank reitera su previsión de 6.000 dólares, mientras que JP Morgan eleva el listón hasta los 6.300.

Pero no todos lo ven tan claro. Ned Naylor-Leyland, de Jupiter AM, señala que los grandes flujos institucionales aún no han llegado. “Los ETF de oro físico siguen sin activarse”, advierte. Mientras ese capital no entre de forma decidida, el mercado puede seguir moviéndose de manera errática

En todo caso, existen escenarios aún más ambiciosos, aunque hoy parezcan muy lejanos. Si el oro replicara un comportamiento similar al de 2025, cuando subió más de un 65%, el precio podría acercarse a los 7.100 dólares antes de fin de año. El problema es que, por ahora, ese escenario es más teórico que real.

A corto plazo, la presión sigue ahí. El oro cotiza cerca de los 4.900 dólares, sin fuerza clara para recuperar los niveles previos a la caída. Según una encuesta reciente de Reuters, el consenso apunta a un precio medio de 4.746 dólares este año, lo que implicaría que el techo ya se habría marcado en enero.

Aun así, hay factores que invitan a no dar nada por cerrado. Las compras de bancos centrales siguen cerca de máximos históricos, con más de 800 toneladas previstas este año. Y ese respaldo estructural no ha desaparecido.

Además, la desconfianza hacia el dólar vuelve a crecer en varios mercados emergentes. El nombramiento de Warsh no ha disipado las dudas sobre la independencia real de la Fed, y el contexto geopolítico con Irán, el deterioro fiscal en Estados Unidos y la fricción constante entre Washington y Pekín, sigue sosteniendo la demanda de activos refugio.

Queda por ver si lo ocurrido en enero y principios de febrero ha sido una anomalía puntual o el inicio de una etapa más inestable para el oro. El mercado se ha calmado, pero el temor a nuevas réplicas sigue ahí.

“Hemos visto lo rápido que puede girar el mercado cuando hay demasiado apalancamiento en juego”, advierte Juan Carlos Ureta, presidente de Renta 4. “Y eso puede repetirse si los riesgos no se ajustan a tiempo”.

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