Entrevista

Paloma Sánchez Garnica: “El auge de las ‘trad wives’ no me da miedo, pero sí me preocupa”

La ganadora del Premio Planeta reflexiona con Artículo14 sobre los derechos de las mujeres, la libertad de prensa y los dilemas morales que atraviesan 'Un hombre de honor', su nueva novela ambientada en el convulso Estados Unidos de 1968

La escritora Paloma Sánchez Garnica presenta su nuevo libro, 'Un hombre de honor'
La escritora Paloma Sánchez Garnica presenta su nuevo libro, 'Un hombre de honor'. en Nueva York

Paloma Sánchez Garnica ha vuelto a mirar hacia el pasado para hacerse preguntas que pertenecen plenamente al presente. Después de ganar el Premio Planeta con Victoria, la escritora publica Un hombre de honor, una novela que se adentra en el Estados Unidos de 1968, el año del asesinato de Robert F. Kennedy, las protestas contra la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles y una creciente desconfianza hacia unas instituciones atravesadas por el poder, la corrupción y los intereses ocultos. “Todo lo que escribo es por curiosidad, para entender, para comprender mejor, para comprenderme mejor como ser humano y comprender mejor la sociedad en la que vivo”, explica.

En ese escenario coloca a personajes obligados a decidir hasta dónde llegan la lealtad, la verdad y la propia conciencia. Entre ellos está Nicole, una joven que quiere ejercer el periodismo en una redacción dominada por hombres, donde las mujeres investigan e incluso escriben piezas que después firman sus compañeros. Su historia abre otra de las grandes conversaciones de la novela: cuánto ha cambiado la vida de las mujeres desde finales de los sesenta y cuántos de esos cambios permanecen. Sánchez Garnica observa con preocupación el regreso de determinados discursos tradicionalistas, aunque encuentra detrás de ellos una reacción a décadas de exigencias acumuladas sobre las mujeres: trabajar, cuidar, ser madres perfectas y responder además a unos determinados cánones físicos. “Sigue habiendo mucho más sacrificio si una mujer quiere tener una vida profesional que en los hombres”, sostiene.

Paloma Sánchez Garnica, delante de la redacción de The New York Times en Nueva York
Paloma Sánchez Garnica, delante de la redacción de The New York Times en Nueva York
Javier Ocaña

El título, Un hombre de honor, adquiere significados distintos según quién pronuncie esa palabra. Para la mafia puede significar silencio y lealtad; para Nicole, integridad. ¿Qué significa para usted el honor?

El honor es un concepto profundamente ambiguo. Puede entenderse como dignidad, lealtad o fidelidad a unos principios morales, que no necesariamente tienen que ser moralmente correctos. También puede convertirse en una carga cuando supone una obligación, la omertá, el silencio o el sometimiento a unas reglas que nadie está dispuesto a cuestionar.

En el primer capítulo aparece una máxima moral, o quizá inmoral: el mal existe y, si no me aprovecho yo de él, lo hará otro. ¿Hasta qué punto utilizamos el sistema para justificar nuestra propia responsabilidad?

La corrupción ha existido, existe y existirá. La maldad y la perversidad forman parte del ser humano y, en ocasiones, no tenemos instrumentos suficientes para luchar contra ellas. Cuando las cosas funcionan y la Justicia funciona, sí existen herramientas para combatir el mal, las injusticias y la corrupción, pero hay que utilizarlas y mejorarlas.

Personalmente, a veces podemos hacer poco, pero tampoco podemos ni debemos conformarnos. Es muy peligroso hacerlo. Todos tenemos una responsabilidad dentro de nuestro ámbito más privado para contribuir a construir una sociedad mejor. Si conseguimos hacer de nuestro entorno un espacio mejor, ya estamos contribuyendo.

¿Por qué llevar la historia hasta Estados Unidos y, concretamente, hasta 1968? ¿Tiene una fascinación personal por aquella época?

Más que fascinación, siento curiosidad. Me interesa entender cómo gestionan seres humanos como nosotros sus pasiones personales y sus sentimientos en momentos históricos distintos al nuestro, con otras leyes y otros principios morales.

Estados Unidos ha sido, de alguna manera, el espejo y el líder de Occidente durante los últimos sesenta años, que son los que yo he vivido, y tiene muchas cuestiones interesantes que analizar como sociedad y como Estado. Además, 1968 es un año convulso, magnético, en el que suceden muchas cosas tanto en Estados Unidos como en Europa o México. Todo lo que escribo nace de la curiosidad, del deseo de entender y comprender mejor la sociedad en la que vivo.

'Un hombre de honor', de Paloma Sánchez Garnica
‘Un hombre de honor’, de Paloma Sánchez Garnica

Sus personajes rara vez son completamente buenos o malos. Fabrizio, por ejemplo, toma decisiones condicionado por la amenaza y la supervivencia. ¿Le interesa especialmente explorar esas contradicciones?

Me interesa explorar al ser humano, y el ser humano nunca es blanco o negro. Nadie es constantemente un traidor ni constantemente un héroe. Las circunstancias nos condicionan.

Hay momentos en los que debemos decidir si traicionar a quienes más queremos o traicionarnos a nosotros mismos; si ser leales a unos principios o ser leales a la verdad. En ocasiones resulta más conveniente guardar silencio para proteger a quienes queremos o protegernos nosotros mismos. A veces la verdad no conviene y tenemos que callarla, o contarla asumiendo todas las consecuencias y la responsabilidad que eso conlleva.

Precisamente Nicole Donaldson es periodista y trabaja con la verdad, aunque descubre que conocerla no siempre significa poder publicarla. ¿Qué quería explorar a través de ella?

Nicole quiere ejercer su profesión en un mundo de hombres. Entra en un territorio absolutamente masculino y siente una frustración que imagino que los periodistas conocéis bien: sabe la verdad sobre algo que ha visto con sus propios ojos, pero esa verdad no encaja con la versión oficial y no puede contarla porque tampoco dispone de los elementos necesarios para contrastarla.

Esa frustración de poseer una información y no poder publicarla porque no puedes contrastarla, porque no conviene o porque existen intereses superiores y más poderosos, forma parte de vuestra profesión. Admiro mucho a los periodistas porque creo que sois fundamentales en una sociedad libre.

La novela entra en la mafia, la corrupción y las relaciones entre distintos poderes. Cuando una investiga ese mundo, ¿descubre hasta qué punto desconocemos los mecanismos que realmente condicionan la historia?

Como ciudadanos corrientes resulta muy complicado enfrentarse a determinados elementos. En una democracia tenemos oportunidades para cambiar las cosas, aunque nuestra capacidad de actuación también sea limitada.

El problema aparece cuando surge la desafección y la desconfianza hacia las instituciones, algo que ocurría en 1968 y que está sucediendo ahora, tanto en España como en el conjunto de Occidente. Ese hastío hace que demos la espalda a la política, cuando la política es fundamental porque establece nuestros derechos, nuestras obligaciones, las reglas de convivencia, el Estado de derecho y nuestras libertades.

Si damos la espalda a la política y a las instituciones, dejamos un terreno baldío que terminan ocupando los salvadores de la patria, quienes prometen arreglarlo todo inmediatamente mediante fórmulas muy fáciles. Y eso es peligroso.

Ha dicho que le preocupa que la historia pueda repetirse. Después de investigar esta época, ¿encuentra paralelismos con el momento político actual?

Se puede repetir con circunstancias y formas diferentes. Hay cuestiones de enorme actualidad que ya estaban presentes entonces. ¿Quién tiene el poder? ¿Quién controla la información? ¿Qué límites debe tener el Estado? ¿Qué consecuencias provoca la corrupción? Y, sobre todo, ¿qué sucede cuando la población deja de confiar en las instituciones?

Eso ocurría en 1968 en Estados Unidos y en Europa. Pensemos en Mayo del 68, la Primavera de Praga o las revueltas universitarias españolas. La sociedad estaba dando la espalda a las instituciones por hastío y desconfianza, y algo parecido está sucediendo ahora.

El asesinato de Robert F. Kennedy, que tenía muchas posibilidades de ganar las elecciones, dejó absolutamente desconcertado al Partido Demócrata y desorientó a un amplio sector de la sociedad estadounidense. Ese desconcierto se vio después en la violentísima Convención Demócrata de Chicago. Sin aquel asesinato, la historia habría sido diferente. No sabemos si mejor o peor, pero diferente.

Paloma Sánchez Garnica, delante de la comisaría de Harlem que aparece en la novela
Paloma Sánchez Garnica, delante de la comisaría de Harlem que aparece en la novela

Vivimos además un momento de proliferación de teorías de la conspiración y de pérdida de confianza en los medios. ¿Cómo distinguir entre el necesario cuestionamiento del poder y la conspiración?

Muchas veces la versión oficial no es la verdadera, pero para la sociedad y, concretamente, para los periodistas resulta muy difícil luchar contra ella porque quienes la sostienen disponen de todos los elementos para mantenerla.

En Estados Unidos se ha justificado muchas veces en nombre de la seguridad nacional, de evitar la desestabilización o de no crear alarma. Se cerraba un asunto con una versión oficial y quienes no la creían tenían que ir contracorriente, enfrentándose además al poder. Eso es complicado para la sociedad y todavía más para los periodistas.

Pero también es vuestra obligación ir contracorriente. Y la obligación de la sociedad es no quedarse simplemente con la versión oficial, sino cuestionarla.

Nicole quiere ser periodista en una época en la que muchas mujeres podían trabajar en una redacción, investigar e incluso escribir los artículos, pero después eran hombres quienes los firmaban. ¿Hasta qué punto estaba normalizada esa situación?

Las mujeres podían estudiar Periodismo y acceder a periódicos, redacciones, televisiones y emisoras de radio, pero seguía siendo un mundo absolutamente masculino. Se las relegaba a las secciones consideradas femeninas: familia, belleza, salud o sociedad. Y cuando entraban en una redacción podían trabajar como investigadoras, aunque en la práctica acababan ejerciendo casi como secretarias de un hombre.

En muchos casos ellas estaban mejor preparadas. Hacían toda la investigación, escribían el artículo y eran ellos quienes lo firmaban. Y aquello estaba normalizado para muchas mujeres. A finales de los sesenta empiezan a aparecer mujeres como Nora Ephron que dicen: hasta aquí hemos llegado.

En la novela es Frank quien coloca a Nicole frente al espejo y le dice que no permita que se aprovechen de su trabajo, que es una gran periodista. Ella, sin embargo, considera suficiente saberlo ella y que lo sepan dentro de la redacción. Esa normalización existía entonces y hay que contemplarla con los ojos de aquella época. Hoy no lo consentiría.

Nicole es inteligente, ambiciosa y pertenece a una familia privilegiada, pero ni siquiera el dinero la libra de que los hombres decidan qué puede hacer con su vida. ¿La emancipación económica y profesional de las mujeres es muy reciente y que los derechos conquistados también pueden retroceder?

Nicole vive dentro de una estructura familiar en la que su futuro parece resuelto junto a un hombre que le proporcionará seguridad, igual que ocurrió con su madre. Tendrá comodidad, pero también un aburrimiento insufrible. Al principio lo asume porque aquello era considerado normal y parecía que su destino ya estaba trazado.

Entonces aparece un hombre que la descoloca por completo. Su concepto del amor salta en mil pedazos y se convierte en aventura, presente e imprevisibilidad. Nicole intenta construir su propia identidad al margen de ser madre y esposa. No renuncia necesariamente a esas posibilidades, pero quiere tener también una identidad como periodista porque ama su profesión.

En la novela aparece un discurso muy tradicional sobre las mujeres: el hogar como espacio seguro, la maternidad como destino y el trabajo como territorio masculino. ¿Le preocupa el regreso actual de fenómenos como las trad wives?

No me da miedo, pero me preocupa. Aunque también creo que existe una explicación. A las mujeres se nos ha exigido profesionalmente incluso más que a los hombres sin permitirnos abandonar nuestra faceta de cuidadoras, madres y mujeres perfectas. Esa exigencia ha supuesto una carga que muchas han sobrellevado como han podido y ha llevado a otras a decir: “Hasta aquí hemos llegado, me quedo en casa”. Es una contradicción evidente.

Cuando yo tenía veinte o treinta años, vivíamos una época en la que las mujeres teníamos que salir a trabajar y ser mujeres diez profesionalmente, mujeres diez físicamente, madres perfectas y hacerlo todo a la vez. A los hombres no se les exigía lo mismo.

Eso está cambiando. Mi hijo, por ejemplo, ha vivido la paternidad de una manera muy distinta a como la vivió mi marido. Sin embargo, sigue recayendo sobre las mujeres una carga de cuidados mayor y, por tanto, continúa existiendo un sacrificio superior cuando una mujer quiere desarrollar una carrera profesional. Entiendo que algunas se rebelen contra eso y se vayan al extremo contrario, aunque personalmente no me parezca lo ideal.

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