La primera muestra individual de Valentina Mattern, inaugurada en Potterin Club bajo el título ¿Quién dijo que Dios no habita en todos los espacios?, invita a bajar la voz y contemplar: no pretende imponerse, sino abrir una pregunta. Y lo hace con una sensibilidad infrecuente, casi reverencial, sin caer nunca en la grandilocuencia. Lo suyo no es el gesto rotundo, sino una forma de delicadeza que, precisamente por eso, resulta más honda.
La muestra, abierta en el espacio de c/ Eugenio Salazar, 33, Madrid, nace de una intuición sencilla y profunda: cuestionar la idea del templo como un lugar fijo, cerrado y reconocible, y pensar lo sagrado desde otros materiales, otras formas y otros cuerpos. A partir de pasajes bíblicos como Éxodo 33, 7-9 y 1 Corintios 6, 19-20, Mattern construye nueve dispositivos fotográficos y escultóricos que ensayan distintas respuestas a una misma pregunta: dónde habita Dios.
La respuesta no aparece nunca como consigna. Aparece, más bien, como búsqueda. Y en esa búsqueda el cuerpo ocupa el centro. El cuerpo como mapa, como superficie marcada por lunares, estrías, cicatrices o pliegues; el cuerpo como arquitectura viva; el cuerpo como un lugar de revelación posible. Frente a los espacios del imaginario colectivo cargados de connotación divina –la iglesia, el santuario, el altar–, Valentina Mattern propone una operación silenciosa pero muy poderosa: deconstruirlos y resignificarlos.
En su trabajo, la tienda del encuentro del pasaje del Éxodo deja de ser una imagen remota o meramente bíblica para convertirse en un dispositivo poético y cotidiano. La tienda puede levantarse en cualquier parte. Basta una vara, una tela, un pequeño abrigo, una disposición interior. “La tienda la sostiene una vara, la abriga una tela, y en su sencillez es bella”, dice el texto curatorial. Y ahí está una de las claves más hermosas de la exposición: la voluntad de recuperar una noción de lo sagrado menos monumental y más disponible, menos solemne y más cercana.
Mattern ha explicado que llamó una a una a sus amigas para explorar juntas “el mapa que se oculta en su piel”. Ese gesto contiene ya el corazón entero de la muestra. No se trata de representar cuerpos, sino de leerlos. De asumir que en esas marcas, en esas particularidades únicas y no idealizadas, también puede darse una experiencia del encuentro. Lo que después llega al papel, a la cerámica o a la tela –esa “tela de tienda”– nace antes de un vínculo, de una conversación, de una forma compartida de mirar.

Hay en todo ello una dimensión comunitaria muy bella. No es una artista que se coloca sola frente a su tema, sino alguien que deja entrar a otras mujeres, otras pieles y otras biografías en el proceso mismo de la obra. De ahí que la exposición, aunque profundamente íntima, no resulte ensimismada. Su espiritualidad no es abstracta, sino encarnada. Y su pregunta por Dios no es doctrinal, sino casi táctil. “Dios está aquí”, dice.
También es revelador el origen del proyecto. Según ha contado la propia Mattern, la idea empezó a tomar forma a partir de un enfado: la sensación de que ciertas iglesias contemporáneas habían perdido densidad simbólica y se habían vuelto meramente funcionales. Se preguntó entonces qué define realmente a una iglesia y por qué había experimentado más claramente el encuentro con lo sagrado en su propia casa que en algunos templos. Esa pregunta inicial, lejos de resolverse con una negación del espacio religioso tradicional, ha dado lugar a algo mucho más fértil: una ampliación de sus límites.

Por eso esta exposición resulta tan sugerente. Porque no destruye la noción de templo, sino que la expande sin negar lo sagrado, abriéndolo a una nueva forma. Valentina Mattern no propone una ruptura agresiva, sino una continuidad nueva, más porosa, más humana, más humilde. Ella trabaja con la piel en lugar de con el mármol, con la tela de la tienda en lugar de con los lienzos, y con el encuentro como punto de partida que desplaza toda jerarquía.
En su primera individual, Valentina Mattern demuestra una voz artística singular: capaz de pensar con hondura, de trabajar con materiales delicados sin volverlos frágiles, y de situar preguntas grandes en formas pequeñas. Su obra no necesita estridencias porque ya contiene una convicción: que lo sagrado puede habitar cualquier espacio si hay alguien dispuesto a reconocerlo. El primer templo es el cuerpo.

