La primera nota llegó antes que cualquier uniforme. En Alcàsser, una niña de seis años escuchó cómo la flauta podía abrir ventanas que no existían, cómo con un simple soplo era capaz de ordenar el mundo. La teniente coronel musical Eva Folch Martínez aprendió muy pronto que la música no solo se interpreta, se habita. Y desde entonces vive dentro de ella. Décadas después, aquella niña sostiene la batuta que marca el compás de las Fuerzas Armadas y transita los pentagramas convirtiéndose en la primera mujer en dirigir desde la cúspide de la música militar española. Su historia es una melodía de disciplina y sensibilidad, un crescendo que demuestra que cuando una mujer decide cambiar el ritmo, toda una institución aprende a escuchar de otra manera.

La teniente coronel Folch creció entre partituras que parecían mapas, rutas que la llevaban de Alcàsser a Picassent, de Valencia a Barcelona, de Madrid a Canarias y, finalmente, a Salamanca. Su formación es una travesía que no responde a la lógica de una carrera lineal, sino a la pulsión de quien busca la excelencia como si fuera una nota que aún no ha encontrado su lugar en el pentagrama.
En cada etapa sumó un instrumento, una técnica, una mirada. Flauta, flautín, piano, violín, solfeo, composición, flauta barroca, dirección de orquesta, musicología. Su trayectoria académica es tan vasto que parece escrito para alguien que no quería solo tocar música, sino entenderla, vivirla, desentrañar su arquitectura. Y en ese viaje, los maestros que encontró no solo le enseñaron a interpretar, le enseñaron a ser.

“El talento sin exigencia es solo ruido”, confiesa a Artículo 14. La frase es una herencia, la que recibió de quienes moldearon su carácter, desde Enrique Forés y Joaquín Gericó hasta Antón García Abril, Rafael Talens o el comandante José López Calvo. Y en la dirección, Vicente Spiteri, Manuel Galduf, Pascual-Vilaplana y Enrique García Asensio quienes le enseñaron que una batuta no es un objeto sino una responsabilidad. El general Francisco Grau Vegara, referente absoluto de la música militar, fue el faro que iluminó el camino que estaba por venir.
La pregunta que guió su destino
Cuando terminó sus estudios superiores de flauta, sintió que las aulas se le quedaban pequeñas. La música pedía escenario, cuerpo, adrenalina. Y fue su madre, esa figura que aparece en las grandes historias como quien sabe leer el futuro antes de que ocurra, fue quien con una pregunte le hizo de brújula:
“¿Por qué no miras hacia las Fuerzas Armadas?”, le preguntó.

Folch recuerda que dentro de la escala de suboficiales había algo que cambiaría su ambición para siempre. “Entonces entraron las primeras mujeres oficiales del Cuerpo Jurídico Militar, Intervención y Sanidad. Eran pocas, pero eran pioneras”. Y su presencia encendió una chispa que ya no se apagó. “Si ellas han abierto esa puerta, yo abriré la de mi especialidad”.
Y lo hizo. Con estudio, con tenacidad, con la convicción de que la música también podía ser un territorio donde las mujeres lideraran. Se convirtió así en la primera mujer oficial músico de las Fuerzas Armadas.
Dos ritmos que laten igual
Desde fuera, la sociedad imagina el arte como libertad absoluta y la milicia como rigidez. Folch desmonta ese cliché con la precisión de quien ha vivido ambas disciplinas desde dentro: “La música y la vida militar son almas gemelas. Ambas exigen orden, constancia, sincronización, puntualidad”, y ambas dependen de la generosidad colectiva porque “en una banda, como en un batallón, nadie brilla solo”.

La batuta como símbolo de liderazgo
Dirigir una unidad de música militar es ejercer un liderazgo que inspira. Folch lo define como “autoridad moral, respeto y confianza mutua”. Su batuta marca el compás de profesionales que son músicos de élite y militares comprometidos. En cada acto oficial, en cada concierto, su gesto proyecta la solemnidad de las Fuerzas Armadas y tiende puentes con la sociedad civil.
Ha dirigido agrupaciones civiles e internacionales -Melilla, Sevilla, Badajoz, la Marina Militare Italiana- y unidades históricas como la Inmemorial del Rey n.º 1, donde la tradición pesa como un siglo de historia. Su presencia en el atril no solo rompe una barrera, la redefine.
El lenguaje que nunca dejó de hablar
Durante siglos, la música fue la voz del campo de batalla: marcaba órdenes, regulaba campamentos, elevaba la moral del soldado. Hoy, su función ha evolucionado, pero sigue siendo, como ella misma explica, “el alma de la solemnidad castrense” y “el más alto embajador cultural de nuestras Fuerzas Armadas”. Es un puente que, asegura, “humaniza la disciplina y demuestra que la cultura y la defensa de una nación caminan de la mano”.

Hoy, la teniente coronel Eva María Folch dirige la Escuela de Músicas Militares en la Academia Central de la Defensa. Antes fue su jefa de estudios. Ahora es la responsable de formar a los oficiales y suboficiales que sostendrán la música militar del futuro. Su reto, como ella misma resume, es “dotar a los futuros oficiales y suboficiales de una formación de excelencia que aúne los valores castrenses con las nuevas tecnologías aplicadas a la música”.
Su labor académica -libros, conferencias, tesis doctorales- se alimenta de la práctica diaria en el atril. Y su experiencia desde ahí nutre su visión pedagógica. Es asesora, jurado, docente, investigadora. Su liderazgo es transversal: artístico, militar, académico.

La mujer que cambió el compás
Folch no concibe su vida sin música ni sin milicia. “No puedo entender mi vida sin ninguna de las dos; ambas disciplinas se complementan”. La música le ha regalado “la sensibilidad, la capacidad de expresión, la creatividad y la belleza de entender el mundo a través del arte”. La vida militar, por su parte, le ha aportado “templanza, resiliencia y el profundo orgullo de servir a España”, permitiéndole ejercer “un liderazgo firme y con voz propia en un entorno históricamente masculino”.

Su historia es un crescendo que no termina en ella. Es una puerta abierta para quienes vienen detrás; una demostración de que, como repite a sus alumnos, donde, afirma, “el mérito, el compañerismo y el estudio constante son las únicas llaves que derriban barreras y abren puertas en cualquier institución”.
Su batuta no solo marca compás sino que abre camino. En cada gesto, en cada ensayo, en cada acto oficial, la teniente coronel Folch demuestra que la música militar también puede sonar en femenino.

