De legionaria a la BRIPAC: “Cada vez que supero un reto imposible sé que estoy donde debo estar”

La brigada Maribel Amat, de la Compañía de Lanzamiento de la BRIPAC, compite en paracaidismo deportivo y defiende: "La clave es mantener la calma y confiar en el equipo"

La Brigada Amat con la compañía de lanzamiento de la BRIPAC
La Brigada Amat con la compañía de lanzamiento de la BRIPAC
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Hay mujeres que no necesitan anunciar que desafían límites: basta verlas caer hacia el mundo con la serenidad de quien confía en el cielo. La brigada Maribel Amat pertenece a esa estirpe que encuentra hogar en el aire, que convierte el viento en compañero y el vacío en territorio propio. En cada salto, en cada apertura, en cada segundo suspendido entre la tierra y las nubes, Amat encarna una épica silenciosa: la de quienes ocupan espacios donde antes no había ninguna, dejando que hable la altura.

Su historia empieza en una casa donde el uniforme formaba parte de la vida cotidiana. “Desde chiquitita veía el trabajo de mi padre y sentía mucha admiración por él y por los valores militares: la disciplina, el esfuerzo, el compañerismo”, recuerda. Aquella niña que miraba a su padre sin saber que estaba aprendiendo un idioma propio acabó encontrando en él su vocación. “Siempre he querido ser una mujer que hiciera un trabajo que lo hicieran pocas mujeres“, confiesa.

La Brigada Amat en el interior de un avión con la compañía de lanzamiento antes del salto.
La Brigada Amat en el interior de un avión con la compañía de lanzamiento antes del salto.
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Cinco años legionaria

Su carrera empezó en uno de los lugares más improbables para una mujer de su generación: la Legión. “Fui dama legionaria, fui cabo”, cuenta sin dar importancia al logro de irrumpir en una de las unidades históricamente masculinas. Allí pasó cinco años, integrada, respetada, exigida. Nunca se sintió un elemento extraño. “Siempre me ha ido súper bien. Me considero una persona muy disciplinada y con mucha capacidad mental y física”. Su afición por el deporte le hizo estar siempre al mismo nivel que el resto de sus compañeros.

Después llegó la Academia General Básica de Suboficiales. Y cuando quiso volver a la Legión, no había vacante. Eligió entonces un destino demandante, con carisma: la Brigada Paracaidista. “Si no podía volver a la Legión, quería un destino igual de exigente”, resume.

Brigada Amat asomada a una de las puertas del avión antes del lanzamiento.
Brigada Amat asomada a una de las puertas del avión antes del lanzamiento.
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Diecinueve años cayendo desde el cielo

En la Brigada Paracaidista lleva ya casi dos décadas. Su día a día transcurre en la Compañía de Lanzamiento, como jefe de salto en todo tipo de lanzamientos de personal, se sube a un avión para dar servicio a otros paracaidistas, supervisa procedimientos, garantiza la seguridad y aplica una formación que ha ido acumulando durante años. Tiene todos los cursos de su especialidad -desde apertura automática y manual, incluso de alta cota-, una trayectoria que la convierte en una referencia técnica dentro de su unidad.

Competición militar

A esa labor se suma su faceta como competidora militar, que desarrolló durante más de una década y que ahora continua de manera civil. En ese ámbito se especializó en dos disciplinas: vuelo en formación y precisión, dos mundos que combinan técnica, velocidad y una concentración que roza lo meditativo. La brigada Amat ha convertido la caída libre en un espacio de control absoluto: “Cuatro personas salimos del avión y hacemos figuras en el aire durante 35 segundos”. Lo hacen mientras caen a unos 200 km/h y recuerda que, en “las competiciones se hacen desde 12.000 pies”, unos 3.500 metros de altura.

La Brigada Amat con sus compañeros haciendo una de las figuras de la liga deportiva
La Brigada Amat con sus compañeros haciendo una de las figuras de la liga deportiva

En vuelo en formación la mente trabaja más rápido que el cuerpo. Hay que recordar secuencias de cinco figuras, repetirlas sin error, mantener la sincronía mientras el viento golpea y el suelo se acerca. “Es muy mental. Tienes que recordar toda la secuencia durante la caída libre y eso provoca mucho cansancio mental”.  La precisión es otra cosa: caer sobre un punto de un centímetro. “Si lo tocas, tienes cero centímetros, la máxima precisión”, una forma de dar en la diana desde el aire.

A lo largo de los años ha coincidido en entrenamientos y actividades con la PAPEA -Patrulla Acrobática de Paracaidismo del Ejército del Aire y del Espacio-, una experiencia que recuerda como un privilegio profesional: “Compartir entrenamientos con gente con tanta experiencia te permite aprender muchísimo”.

El intento de un equipo femenino

Hubo un momento en que la Brigada Paracaidista quiso formar un equipo femenino de competición. La llamaron a ella. Llegaron a ser tres,  pero no duró. “Es muy difícil encontrar mujeres que quieran saltar en apertura manual. A algunas les da respeto, a otras les parece demasiado exigente”.

Una de las que integraban el equipo fue madre, otra se marchó destinada y solo quedó ella. Lo cuenta con cierta nostalgia, una mezcla de realismo y orgullo silencioso. Porque, aunque no lo diga, ella se quedó y tuvieron que formar un equipo mixto de dos hombres y dos mujeres.

La Brigada Amat y sus compañeros tras tomar tierra.
La Brigada Amat y sus compañeros tras tomar tierra.
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La mente como arma

Cuando se le pregunta qué la ha moldeado como militar, no habla de fuerza ni de técnica. “La preparación mental. El físico se supera, pero la parte fundamental es la mente”.  ¿Y cómo se entrena eso? “Saltando. Repitiendo”. Asumiendo que los paracaidistas o personal que va en el avión dependen de ti. “Hay que aprender a mantener la calma bajo presión y confiar en el equipo”.

Representar a la unidad o superarse a una misma: una elección imposible. Para Amat, ambas cosas van juntas: “Querer superarme me ayuda a representar mejor a mi unidad. Cuando compites llevas el nombre de tu unidad y la motivación se multiplica”.

La renuncia que no se ve

Durante más de una década compitió con el equipo militar de la Brigada. Lo dejó en 2024. No por falta de ganas sino por logística, por vida, por familia. “Mi marido ahora trabaja con un horario que no le permite encargarse de mi hija. Los entrenamientos son en Murcia y requieren estar días fuera”. Pero no ha dejado de competir, esta vez como civil porque puede entrenar los fines de semana. Otra renuncia silenciosa que no se ve.

La brigada Amat no se define por haber sido pionera, pero lo ha sido. No se define por haber roto techos, pero los ha roto. No se define por la épica, pero la encarna. Su historia es la de una mujer que ha hecho de la disciplina un modo de estar en el mundo, de la caída libre un lugar de calma y de la exigencia un hogar. Sin pretenderlo, ha demostrado que el cielo también puede ser territorio femenino. Y que, después de 26 años, sigue sintiendo lo mismo que aquella primera vez: “Cada vez que supero un reto que parecía imposible sé que estoy donde debo estar”.

 

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