Hay recuerdos que envejecen. Se difuminan, pierden el color y acaban mezclándose con otros, hasta que una ya no sabe si ocurrieron exactamente así o si ha sido la memoria la que, con los años, ha ido rellenando los huecos. Y luego están los que permanecen intactos durante toda una vida.
María Planas Monge acaba de cumplir 90 años y todavía puede cerrar los ojos para regresar a los años cuarenta, a un pequeño patio de Barcelona donde una vecina apareció una mañana con varios balones bajo el brazo. No era un pabellón. Apenas un espacio con una canasta colgada en la pared. Fue repartiendo los balones una a una. Cuando llegó su turno, María lo sostuvo entre las manos, levantó la vista hacia el aro y, sin saberlo, descubrió aquello a lo que dedicaría el resto de su vida.
“Pensé, éste es mi deporte. Nunca lo he olvidado”, recuerda a Artículo14.
Hay quienes recuerdan el primer beso, el primer viaje o el nacimiento de un hijo. Ella recuerda el tacto de un balón de cuero entre las manos.
Quizá porque aquel balón nunca fue solo un balón. Fue una llave. La que abría una puerta que, hasta entonces, parecía cerrada para casi todas las mujeres.
En la España de los años cuarenta y cincuenta, las niñas podían hacer muchas cosas. Jugar al baloncesto no era una de ellas. Las mujeres que practicaban deporte eran una excepción. Una extravagancia. Despertaban más comentarios que aplausos. “Parecía que veníamos de otra galaxia”, confiesa.
Lo dice hoy con una sonrisa serena, como quien hace tiempo aprendió a reconciliarse con el pasado. Pero entonces no tenía ninguna gracia.
Un día incluso llamaron a la puerta de su casa. Eran unas conocidas que fueron a hablar con sus padres para convencerles de que no la dejaran jugar. Aquello, decían, no era apropiado para una mujer.
Sus padres escucharon. Y después hicieron uno de los gestos más valientes que podían hacer en aquella España. No hacerles caso.
Quizá la historia del baloncesto femenino español empezó también aquel día, en un comedor cualquiera, cuando unos padres decidieron que su hija siguiera haciendo aquello que la hacía feliz.
María comenzó a jugar en un club de El Guinardó, entonces casi a las afueras de Barcelona. El equipo había nacido para chicos, pero poco después llegaron también las chicas. Ella era de las más altas y la colocaron de pívot.
No había preparadores físicos. Ni grandes pabellones. Ni ligas profesionales. Ni referentes. Había ilusión. Y una generación de mujeres empeñadas en conquistar un espacio que nadie había pensado para ellas.
Cuando se le pregunta si fue una pionera, responde que sí, aunque inmediatamente dirige la mirada hacia otras mujeres.
Recuerda con emoción el día en que conoció a una jugadora que había competido antes de la guerra, a finales de los años veinte. Como si necesitara recordar que ninguna pionera empieza realmente un camino. Que siempre hubo otra mujer antes abriendo camino.
A María nunca le gustó seleccionar personas. Le gustaba formar equipos. Cuenta que entonces no se descartaba a nadie. No existían pruebas de acceso ni criterios deportivos tan estrictos.
“Venía cualquier mujer que quisiera hacer deporte. Nadie decía: Tú vales y tú no. Había chicas con más talento y otras con menos. Pero todas encontraban un sitio”.
Porque antes que ganar partidos había otra batalla mucho más importante. Conseguir que una mujer pudiera entrar en una pista sin tener que pedir permiso.
Con los años dejó de ser solo jugadora. Se convirtió en entrenadora. Y un día llegó a un banquillo donde nunca antes se había sentado una mujer.
María Planas fue la primera —y, hasta hoy, la única— seleccionadora de la historia del baloncesto español.
El cargo sonaba importante. El camino lo fue bastante menos. “Escuché de todo. Que si ese puesto era para un hombre. Que si yo no tenía que estar allí…”.
Nunca respondió. Dice que aquellos comentarios tenían casi siempre el mismo origen. “Venían de hombres”.
Y ella siguió. Quizá porque ya había aprendido de pequeña que el ruido de los demás nunca puede ser más fuerte que la voz que una lleva dentro.
Con el tiempo, ese trabajo silencioso acabaría recibiendo el reconocimiento que durante años apenas encontró. En 2019 ingresó en el Hall of Fame del Baloncesto Español, como entrenadora pionera y referente del baloncesto femenino, y en 2022 hizo historia al convertirse en la primera mujer española en entrar en el Hall of Fame de la FIBA, el mayor reconocimiento internacional que puede recibir una persona dedicada a este deporte.
Durante décadas recorrió media Europa. Acumula tantas historias que ya no sabe en qué rincón de la memoria guardarlas.
En Praga, por ejemplo, decidió visitar la catedral después de cenar junto a una delegada, una jugadora y un periodista.
Atravesaron en coche una zona restringida del castillo sin darle demasiada importancia. Hasta que aparecieron una docena de soldados. No entendían una palabra de lo que les gritaban. Solo entendieron una cosa. Les estaban apuntando con las armas.
“Pensé que no salíamos de allí”, reconoce. Hoy lo recuerda entre risas. Pero si hay una historia que la define ocurrió mucho más cerca de casa.
Una de sus bases se lesionó justo antes de la final del Campeonato de España. Necesitaba una sustituta. Había una júnior extraordinaria. Su entrenador no quería dejarla marchar.
María cogió el coche. Condujo hasta Badalona. Llamó a la puerta de la casa de la jugadora. Habló con ella. Con sus padres. Otra vez con ella. Otra vez con sus padres. Desde las nueve de la noche hasta las tres de la madrugada. La chica jugó. Y ganaron la final.
Otro de sus talentos: conseguir que las personas creyeran que podían hacer cosas que hasta ese momento pensaban imposibles.
Cuando María habla de entrenar nunca habla de táctica. Habla de paciencia. De entender a cada jugadora. De cargar con unos nervios que las deportistas dejan sobre la pista mientras la entrenadora se los lleva a casa.
“Ellas juegan y descargan la tensión. La entrenadora se queda sentada en el banquillo sufriendo todo el partido”.
Han pasado más de ochenta años desde que aquella niña levantó la vista hacia una canasta por primera vez.
Hoy el baloncesto femenino español llena pabellones, conquista Europa, gana Mundiales y ha dejado de ser una excepción. Las niñas ya no parecen venir de otra galaxia. Llegan desde colegios, barrios y pueblos donde jugar al baloncesto forma parte de la normalidad.

Y, sin embargo, María todavía guarda un deseo. “Me gustaría muchísimo ver a una mujer entrenando a la selección absoluta antes de que yo no pueda verlo”. No hay reproche. Tampoco nostalgia. Solo la mirada de quien pasó la vida empujando una puerta para que otras pudieran cruzarla.
Ese es el verdadero legado de María Planas, la seleccionadora que nunca quiso ser la primera por vanidad, sino para dejar de ser la única.
Y mientras lo cuenta, con 90 años recién cumplidos, todavía conserva el mismo brillo en los ojos de aquella niña que un día levantó la vista hacia una canasta y descubrió que un balón podía cambiarle la vida.
Y también la de muchas otras mujeres que llegaron después.

