Hay historias que empiezan mucho antes de que llegue una medalla. La de Fariba Hashimi arranca en las carreteras de Afganistán, con una bicicleta y una pasión que no podía vivir a plena luz del día. Aquella joven que encontró en el ciclismo una forma de escapar de los límites impuestos a las mujeres terminó dejando atrás su país y reconstruyendo su carrera lejos de casa. Ahora, años después, ha vuelto a poner el nombre de Afganistán en lo más alto del ciclismo asiático. Su plata en Japón es el último capítulo de una historia en la que pedalear nunca fue simplemente pedalear.
El primer vuelo
Fariba tenía 14 años cuando descubrió que una bicicleta podía significar mucho más que una forma de desplazarse. Vivía en Faryab, una de las provincias más conservadoras y remotas de Afganistán, donde resultaba prácticamente inconcebible ver a una mujer pedaleando por sus carreteras. Un día, junto a su hermana mayor, Yulduz, vio el anuncio de una carrera local. No tenían bicicleta. Tampoco sabían montar. Pidieron prestada una a un vecino y dedicaron apenas unas horas a aprender antes de presentarse a la prueba. Llegaron primera y segunda. “Me sentí como un pájaro que podía volar. Fue increíble”, recordó Fariba años después.
Aquella victoria no fue el final de una aventura, sino el principio de una vida clandestina sobre dos ruedas. Las hermanas empezaron a competir con nombres falsos y a cubrirse con ropa holgada, grandes pañuelos y gafas para que nadie las reconociera. Entrenaban incluso de noche, cuando las calles estaban menos concurridas. Al principio intentaron mantenerlo en secreto hasta de su propia familia, pero las imágenes de sus carreras terminaron apareciendo en los medios locales. Sus padres les pidieron que dejaran de montar, aunque finalmente acabaron apoyándolas.
El precio de aquella libertad llegó demasiado pronto. En las calles de Faryab recibieron insultos, pedrazos y botellazos; en una ocasión, un conductor llegó a embestirlas. Fariba acabaría recurriendo a disfraces todavía más extremos para poder entrenar: “Siempre me vestía como un hombre para ir a entrenar, usando dos o tres máscaras diferentes para que la gente no me reconociera”. La bicicleta que le había descubierto la libertad también se convirtió en aquello que debía ocultar para poder seguir siendo libre.

El exilio como única salida
Vestirse como un hombre había sido, hasta entonces, la manera de poder seguir montando en bicicleta. Pero en agosto de 2021 el escenario cambió por completo. Los talibanes recuperaron el poder en Afganistán y la situación para las mujeres volvió a endurecerse. Para las dos hermanas, continuar en el país suponía afrontar un riesgo cada vez mayor. La bicicleta, aquella afición que habían tenido que ocultar durante años, ya no podía convivir con la nueva realidad. Había llegado el momento de marcharse.
La salida fue posible gracias a una operación internacional en la que también participó la Unión Ciclista Internacional (UCI). En los meses posteriores a la llegada de los talibanes al poder, la organización y sus socios ayudaron a evacuar a 165 ciudadanos afganos, entre ellos ciclistas, miembros de la federación, periodistas y defensores de los derechos humanos. Las hermanas terminaron en Italia, donde encontraron un lugar seguro desde el que continuar con sus carreras.
De repente, las carreteras de Faryab quedaban atrás y comenzaba una etapa completamente distinta. Ya no se trataba de buscar la forma de entrenar sin ser descubierta, sino de reconstruir una vida lejos de casa y convertir aquella huida en el punto de partida de una carrera profesional. “Es triste que no pueda vivir en mi país”, reconocería años después. El ciclismo había dejado de ser una actividad clandestina y se había convertido también en la vía para construir un futuro lejos de su país.

De refugiada a olímpica
En Italia empezó una vida distinta. Por primera vez podía salir a entrenar sin esconderse y, sobre todo, podía pensar en algo más que en conseguir seguir montando en bicicleta. Con la ayuda de Alessandra Cappellotto, excampeona del mundo italiana, las dos hermanas comenzaron a abrirse camino en el ciclismo europeo. En 2022 llegó una de las primeras grandes noticias: Fariba ganó en Suiza el Campeonato de Afganistán, una carrera excepcional que reunió a medio centenar de ciclistas afganas refugiadas. Yulduz fue segunda.
A partir de ahí, la bicicleta dejó de ser solo aquello que las había unido y empezó a convertirse en una profesión. Las dos dieron el salto al Israel Premier Tech Roland y pasaron por el Centro Mundial de Ciclismo de la UCI, donde siguieron creciendo como corredoras. El camino las llevó hasta París en 2024. Las hermanas llegaron juntas a sus primeros Juegos Olímpicos, representando a Afganistán mientras vivían lejos de su país.
En la capital francesa, la imagen tenía un peso especial: las dos compitiendo bajo la bandera afgana y vistiendo los colores de la enseña anterior al regreso de los talibanes. Fariba terminó la prueba de ruta en el puesto 75 y Yulduz fue 26.ª en la contrarreloj. Aquel verano, el ciclismo le había llevado hasta el escenario que durante años parecía imposible.

El premio a no rendirse
Después de París, el siguiente gran escenario ha sido Japón. Allí llegó como una de las caras del ciclismo afgano y con una experiencia olímpica a sus espaldas, pero todavía con una cuenta pendiente: pelear por una medalla. La primera oportunidad llegó en la contrarreloj, donde terminó séptima. Dos días después, volvió a subirse a la bicicleta para disputar la prueba de ruta.
La carrera, de 90,4 kilómetros, se decidió en el circuito de Shinshiro. El grupo delantero llegó unido a los últimos metros y la lucha por el oro quedó reducida a un esprint entre la china Guo Li y la afgana. Guo aceleró en los últimos 300 metros y cruzó primera la meta, con el mismo tiempo que su rival. La plata ya estaba en el bolsillo.
El resultado convirtió a la ciclista de 23 años en la primera mujer afgana en ganar una medalla en unos Juegos Asiáticos desde 2002 y dio a Afganistán su primer podio en esta edición. “Esta medalla puede mostrar mucha resiliencia de las mujeres afganas”, dijo después. La jornada también tuvo una escena que retrató las condiciones en las que compitió: viajó sin mecánico, tuvo que ocuparse ella misma de su bicicleta y recibió la ayuda del equipo japonés para solucionar algunos problemas. “Yo era mi propia mecánica”, contó.

Lo que queda después
La plata ya descansa en sus manos, pero lo que representa va mucho más allá de un segundo puesto. Durante años, competir ya fue una forma de resistir: primero en las carreteras de Faryab, después lejos de Afganistán y, ahora, en un podio internacional. “Espero que la próxima generación pueda venir aquí y representar a su país sin miedo”, dijo tras la carrera. En esas palabras está quizá la parte más importante de la medalla: que algún día una niña afgana pueda ponerse un casco, subirse a una bicicleta y pensar únicamente en ganar una carrera.
La medalla no cambia lo que ha ocurrido ni devuelve lo que quedó atrás. Pero sí añade algo que hasta ahora faltaba: un podio con los colores de Afganistán y una ciclista que puede mirar hacia delante con la certeza de haber llegado hasta donde quería. El siguiente objetivo ya no será demostrar que podía hacerlo, sino descubrir hasta dónde puede llegar.

