Hay canciones que no se aprenden, simplemente se saben. Mediterráneo es una de ellas. Joan Manuel Serrat la publicó en 1971 y desde entonces ha estado en todas partes: en las sobremesas familiares, en las radios de los coches, en las despedidas y en los reencuentros. Medio siglo después de su lanzamiento sigue encabezando todas las encuestas sobre la mejor canción del pop en español, y muy poca gente que la tararea sabe que tiene una dirección concreta: un pueblo de pescadores de la Costa Brava llamado Calella de Palafrugell.
Serrat tenía 28 años y llevaba meses atrapado entre vetos y polémicas cuando decidió alejarse de todo. Eligió Calella no por ninguna razón romántica ni poética, sino por motivos mucho más sencillos: conocía el lugar, allí tenía gente de confianza y necesitaba tiempo para pensar sin que nadie le molestara. Se instaló en el hotel Batlle, frente a la playa de Port Bo, y allí pasó varios meses componiendo. Décadas después, al hablar de aquella época, no usó grandes palabras. Dijo que el disco había tomado forma en ese pueblo «porque yo estaba allí», y que lo eligió porque «era un lugar precioso». Nada más.
Una canción escrita mirando al mar
El propio Serrat se encargó siempre de desmontar cualquier exceso de mitología sobre el origen de Mediterráneo. No todo el disco se escribió en Calella: algunos temas tomaron forma en Mallorca, en Almería o en el País Vasco, y la imagen que tenía en la cabeza cuando compuso el tema principal no era una cala de postal sino el nicho de su familia en el cementerio de Montjuïc, desde el que se divisa el mar. «No había intención poética», dejó dicho. Fue en Calella, sin embargo, donde la música encontró su temperatura definitiva, con las barcas de madera en la arena y el azul de las islas Formigues al fondo.
El hotel Batlle ya no existe. Lo derribaron para construir un edificio de apartamentos, como ha pasado en tantos otros puntos del litoral mediterráneo. Lo que sí permanece es el paisaje que Serrat contemplaba desde su ventana, porque Calella de Palafrugell es uno de los pocos pueblos de la Costa Brava que ha llegado al siglo XXI sin que el negocio inmobiliario le cambie la cara del todo.
El pueblo que resistió

Calella pertenece al municipio de Palafrugell, en el Baix Empordà, y no llega a los ochocientos habitantes. Su centro ha conservado una arquitectura marinera de fachadas encaladas y persianas de madera que en muchos otros puntos de la costa quedó enterrada bajo capas de hormigón hace décadas. El núcleo más fotogénico es Port Bo, con sus arcos de piedra bajo los que las barcas de madera siguen varadas en la arena igual que llevan siglos. Es el tipo de rincón que hace que quien llega por primera vez entienda inmediatamente por qué un músico habría querido quedarse aquí a trabajar.
El paseo más recomendable es el Camí de Ronda, la senda litoral que conecta el pueblo con Llafranc siguiendo la línea de los acantilados entre pinos y roca de granito. Son veinte minutos de caminata, o más si se para a mirar, que dan una idea muy precisa de por qué este tramo de costa tiene fama de ser uno de los más bien conservados del Mediterráneo español. Muy cerca están también los jardines de Cap Roig, una finca privada convertida en jardín botánico asomada al mar que cada verano acoge uno de los festivales de música al aire libre de mayor nivel del país.
La noche que define el calendario
Si hay un momento que resume lo que es Calella de Palafrugell, es una noche de julio. Desde 1966, el pueblo celebra la Cantada d’Havaneres: grupos de cantantes se plantan frente al mar en la playa de Port Bo y entonan habaneras mientras el público los escucha desde la arena. No hay escenario aparatoso ni producción de grandes dimensiones. Solo voces, mar y el ritual del ron cremat, la mezcla de ron, café, azúcar y cítricos que se calienta y se prende antes de servir y que se ha convertido en el símbolo gastronómico del pueblo. Es una de esas tradiciones que han sobrevivido precisamente porque nunca han intentado ser otra cosa de lo que son.
Qué comer y dónde sentarse

La cocina de Calella es la del Empordà de toda la vida, con el pescado como protagonista absoluto. El suquet de peix —guiso marinero de pescado de roca y patata— es el plato que hay que pedir al menos una vez, aunque los arroces y las combinaciones de mar i muntanya son igual de serias. Comer bajo los arcos de Port Bo, con las barcas a pocos metros, es una experiencia que no da igual en qué restaurante se haga. La Blava y el Calau son dos referencias consolidadas en esa zona. El Calau funciona a base de elaboraciones pequeñas, no acepta reservas y se llena antes de lo esperado: llegar pronto es la única estrategia que funciona. En temporada alta, para cualquier sitio con servicio de mesa, conviene reservar con varios días de antelación.
Por qué sigue valiendo la pena
Serrat se despidió de los escenarios en diciembre de 2022 tras más de cincuenta años de carrera. Musicó a Machado y a Miguel Hernández, desafió al franquismo, rechazó representar a España en Eurovisión en castellano y construyó una obra que todavía hoy forma parte de la banda sonora de varias generaciones. Mediterráneo es la cumbre de todo eso. Una canción que resume en un verso una manera de entender el tiempo, el paisaje y la memoria que tiene mucho que ver con lo que sigue siendo Calella de Palafrugell: un lugar donde todavía es posible llegar, sentarse frente al mar y no tener ninguna prisa por irse.

