Durante buena parte de las últimas tres décadas, la moda española encontró en IFEMA su principal escenario. Mercedes-Benz Fashion Week Madrid —nacida en 1985 como Pasarela Cibeles y trasladada al recinto ferial en 1996— convirtió sus pabellones en el centro estable de un calendario que, salvo excepciones y desfiles off, acostumbraba a concentrar allí gran parte de su actividad.
La 84.ª edición, que se celebra del 14 al 19 de septiembre y presenta las colecciones Primavera/Verano 2027, rompe de manera mucho más decidida con ese modelo. Por primera vez, sus 27 desfiles se reparten entre distintos espacios de la capital y el grueso de la programación abandona IFEMA. El Invernadero del Palacio de Cristal de Arganzuela, la Galería de Cristal de Cibeles y el campus de Comunicación y Artes de la Universidad Nebrija funcionan como las tres sedes principales, mientras otras cinco localizaciones acogen presentaciones específicas.
No se trata únicamente de cambiar un pabellón por otro espacio más fotogénico. La propia organización presenta esta edición como un intento de aproximarse al modelo de las grandes semanas internacionales y de integrar la moda en la arquitectura y la vida cultural de Madrid. La ciudad deja de actuar simplemente como dirección postal de la Fashion Week para convertirse en parte de su escenografía.
En ningún momento se percibe con tanta claridad como en la jornada del martes 15 de septiembre. El día comienza a las diez de la mañana en el Hotel Palace, donde Juan Vidal presenta su colección en un evento privado. Poco después, la programación se desplaza hasta la Galería de Cristal del Palacio de Cibeles, que concentra buena parte de la jornada.
Allí, Agua by Agua Bendita —reconocida esta edición con el Premio al Diseñador Internacional— abre el programa, seguida por el debut de Celia B. Después llegan el color de Ágatha Ruiz de la Prada, Hannibal Laguna —que recibirá el Premio al Diseñador Nacional— y Alex Rivière Studio.
Al caer la tarde, la moda abandona también la monumentalidad institucional de Cibeles. A las ocho, Palomo celebra el décimo aniversario de su firma con un desfile especial en la Rosaleda del Parque del Oeste. La elección resume bien el nuevo planteamiento: en lugar de neutralizar el espacio para que solo exista la ropa, el entorno pasa a formar parte del relato.
Esta relación entre colección y localización recorre todo el calendario. La semana comenzó el lunes bajo la vegetación y la estructura de hierro y cristal del Invernadero del Palacio de Cristal de Arganzuela, donde desfilaron Pedro del Hierro, Simorra y Adolfo Domínguez. En los días siguientes, buena parte de la actividad se traslada al campus San Francisco de Sales de la Universidad Nebrija, que acoge tanto nombres consolidados como el vigésimo aniversario de EGO, la plataforma dedicada al talento emergente.
Fuera de esas tres sedes principales, determinados diseñadores ocupan lugares específicos de Madrid. Redondo Brand desfilará en los Jardines de los Palacios de Vista Alegre; Alvarno, en la Galería de las Colecciones Reales; y Álvaro Calafat, en el Hotel Palace. El Círculo de Bellas Artes alberga, además, el desfile de UDIT.
En total, son ocho escenarios que convierten el desplazamiento entre desfiles en parte de la propia experiencia de la Fashion Week. La fórmula recuerda al funcionamiento de París, Milán o Copenhague, donde acudir a una semana de la moda implica atravesar la ciudad y descubrir espacios muy distintos en función de cada firma. Madrid adopta ahora de manera explícita esa lógica distribuida.
El cambio implica también una selección más contenida. La pasada edición de marzo reunió 40 desfiles; esta vez, MBFWMadrid anuncia 27. La reducción coincide con una estrategia articulada alrededor de cuatro ejes: talento, industria, internacionalización y artesanía. Regresan nombres como Moisés Nieto, Ernesto Naranjo, Acromatyx, Yolancris, Alvarno o Redondo Brand, mientras nuevas firmas como Celia B y Antonio del Canto se incorporan a la pasarela madrileña.
La apuesta por la producción local se extiende más allá del calendario. Este mismo año, el Ayuntamiento ha puesto en marcha el sello «Hecho en Madrid», destinado a distinguir productos y proyectos vinculados al diseño, la moda, la artesanía o la gastronomía que se produzcan en la capital bajo determinados criterios de calidad, sostenibilidad y responsabilidad.
La salida de IFEMA también modifica la relación con el público. No todos los eventos son accesibles —algunos, como el desfile de Juan Vidal, continúan funcionando exclusivamente mediante invitación—, pero buena parte de la programación cuenta con entradas a la venta. El Runway Pass parte de los 95 euros e incluye asiento no numerado en segunda o tercera fila; el acceso a primera fila comienza en 130 euros, mientras que el Gold Pass, desde 515, añade asiento reservado en primera fila, acceso al Kissing Room, visita al backstage y prioridad en las zonas VIP.
La apertura tiene, por supuesto, una dimensión económica. El Ayuntamiento de Madrid ha reforzado en 2026 su apoyo al sector con 1,3 millones de euros en subvenciones destinadas a diseñadores, además de su aportación directa a las principales plataformas de la Semana de la Moda. El Consistorio cifra en alrededor de 3,3 millones de euros el apoyo municipal total al conjunto de la cita si se incluyen financiación, cesión de espacios y promoción institucional, y calcula que su impacto económico y mediático ronda los 100 millones.
Las cifras explican por qué la transformación del formato es algo más que una cuestión estética. Si Madrid aspira a competir como capital internacional de la moda, necesita que esta sea visible fuera de un recinto al que acuden fundamentalmente profesionales, invitados y aficionados que ya forman parte del ecosistema.
Sacar los desfiles a la ciudad convierte palacios, jardines, hoteles y universidades en imágenes que circulan junto a las propias colecciones. El patrimonio madrileño empieza así a funcionar también como herramienta de posicionamiento para sus diseñadores.
Al desmontar las paredes de su sede tradicional, MBFWMadrid no se limita a cambiar de escenario. Está ensayando una relación distinta entre la moda y Madrid: una en la que la ciudad no espera fuera mientras dentro sucede el desfile, sino que entra en plano. La ropa sigue siendo protagonista, pero esta vez Madrid también desfila.

