Mónica Pérez Sobrino quiso escribir mucho antes de saber exactamente qué significaba dedicarse a ello. Empezó derecho en San Sebastián, lo dejó para estudiar periodismo y, desde entonces, la escritura ha terminado convirtiéndose en el hilo que une todas sus facetas profesionales: la prensa, la comunicación, sus colaboraciones con revistas y, sobre todo, la literatura. “Necesito escribir para sentirme bien”, reconoce.
Ahora publica Juegos infames, su segunda novela después de Madame Nadie, donde vuelve la mirada hacia aquello que más le interesa observar: los vínculos, el deseo, las traiciones, las heridas y las formas –no siempre mejores– en las que nos relacionamos hoy. Romántica confesa y propensa a idealizar, fuera de los libros su universo está hecho de ciudades, moda, conciertos, cafés, coctelerías, paseos con su perra Zelda y muchas horas de lectura. Dice vivir en el caos, no tener ni idea de qué hará dentro de treinta minutos y haber aprendido que, por encima de casi todo, le interesa la nobleza y la bondad de las personas. Cuando imagina el futuro, sin embargo, aparecen algunas certezas: seguir escribiendo, una biblioteca enorme, muchos perros y su familia cerca. Charlamos con ella.
P – Empezaste derecho pero lo dejaste para estudiar periodismo porque lo que realmente querías era escribir. ¿Recuerdas cuándo tuviste esa certeza? ¿Siempre imaginaste que acabarías escribiendo novelas o tu vida profesional ha sido bastante distinta de la que imaginabas con veinte años?
R – Dejé derecho en el primer año de carrera (nunca he entendido por qué me matriculé, me imagino que por descarte) para estudiar periodismo. De alguna forma siempre había querido escribir, aunque todavía no tenía ni idea de lo que eso significaba.
Una cosa es lo que imaginas y luego la realidad. Yo había romantizado esa vida y luego te das cuenta que es mucho más complicado de lo que parece.
P – Has trabajado en prensa, colaboras con TELVA, tienes tu propia empresa de comunicación y, al mismo tiempo, eres escritora. ¿Cómo conviven todas esas Mónicas? ¿Hay alguna que sientas más tuya o necesitas precisamente esa mezcla para sentirte bien profesionalmente?
R – Necesito escribir para sentirme bien. En el momento que entendí eso, lo demás fue colocándose solo. Es lo que me conecta con el mundo y la realidad. El resto ha sido algo orgánico que nunca planeé, pero en realidad tiene sentido. Soy periodista y la comunicación tiene una parte creativa muy potente, y eso es lo que me interesa. Pero para mí lo esencial es escribir, escribir lo máximo posible.
P – Acabas de publicar Juegos infames, tu segunda novela después de Madame Nadie. ¿Cómo ha cambiado la escritora que se sentó a escribir aquel primer libro respecto a la que escribe hoy? ¿Te sientes más segura o publicar hace que aparezcan inseguridades nuevas?
R – Me siento más segura porque ya sé cómo funcionan según qué procesos. También he aprendido a vivir esas dos realidades: la realidad de los meses de escritura (un momento que puede ser solitario, muchísimo) y, después, la publicación. Cuando la novela salta a las librerías todo es una fiesta social, pasas del aislamiento a la exposición; firmas, presentaciones… Pasas de un extremo a otro. Pero al final aprendes a disfrutar las dos cosas.
P – En Juegos infames hablas de deseo, memoria, heridas emocionales y de esas relaciones que pueden sacudir la vida que creíamos tener perfectamente ordenada. ¿Qué te interesaba explorar del amor de hoy en día? ¿Crees que nuestra generación sabe querer mejor que las anteriores o simplemente hablamos mucho más de todo lo que nos pasa?
R – Me interesan mucho los vínculos afectivos, cómo nos relacionamos connuestras parejas, con las personas que nos rodean. La forma en la que nos enamoramos, nos desenamoramos, traicionamos, nos traicionan. El amor es un lenguaje universal porque todos hemos estado ahí. Pero también es algo de lo que seguimos sin tener ni idea.
La modernidad no es sinónimo de progreso, no siempre lo que sucede ahora por primera vez es mejor que lo que hacíamos hace diez, quince años. Nuestras relaciones no creo que sean mejores que las de nuestros padres o abuelos, más bien diría que lo contrario. Creo que lejos de querer mejor, lo hacemos más en la superficie. Un lugar donde estamos más cómodos porque el compromiso es menor. Pero en realidad nada es del todo real. Pero me parece una tragedia.
P – Cuando escribes sobre enamorarse, romperse, desear o equivocarse, ¿dónde pones la frontera entre lo que quieres contar y aquello que prefieres reservarte? ¿Te da pudor que las personas que te conocen intenten buscarte dentro de tus novelas?
R – La ficción, tanto en la literatura como en el cine, siempre ha bebido de la realidad. Se trata de poder convertir una experiencia personal en universal, trasladarla a una escena en la que otros se puedan ver reflejados. En parte es normal que las personas se intenten reconocer, se busquen… ahí hay algo incluso divertido, yo también lo he hecho cuando he estado en el otro lado.
Aún así, intento levantar muros entre la ficción y la realidad. Me permite escribir desde un lugar en el que me siento más libre.
P – ¿Qué tienen en común para ti vestirse y escribir? ¿Tu manera de vestir cuenta también algo de quién eres o de cómo te sientes en cada momento?
R – La moda siempre me ha interesado muchísimo. A través de la ropa nos definimos mucho más de lo que pensamos, desvelamos muchísimo de nosotros por cómo nos vestimos, la forma de atarnos un jersey, de remangarnos... La moda y la literatura son dos lenguajes diferentes pero necesarios. Siempre he vivido la moda como una vía de escape a un mundo en el que me divierto y me fascina.
P – ¿Cómo es para ti un día perfecto? ¿Dónde estarías, con quién, qué comerías, qué leerías y qué plan nunca rechazarías?
R – Me levantaría, pasearía por la ciudad a primera hora, cuando está amaneciendo, con mi perra Zelda. Leería al sol. Tomaría un café. Te podría decir que comería en un restaurante italiano con una amiga. Iría a un concierto por la tarde (nunca rechazo un concierto en el Auditorio, ir a la ópera o una jam session en un bar). Me chifla la música en directo. Terminaría el día en una coctelería (es un universo que me fascina). Pero, si soy sincera, cada vez valoro más estar en casa: leyendo en mi sofá, con mi escritorio al lado… escribiendo, escuchando música. Así son últimamente los días que más disfruto.
P – Zaragoza, San Sebastián y Madrid forman parte de tu biografía. ¿Qué parte de ti pertenece a cada una? ¿Dónde está hoy tu idea de casa y qué necesitas para sentir que un sitio realmente lo es?
R – Siempre digo que nací en Zaragoza, pero tengo medio corazón en San Sebastían. Madrid es donde vivo, una ciudad a la que llegué hace diez años y en la que pasan cosas todo el rato. Ahora mismo no me imagino viviendo en otro lugar. Suena a cliché, pero las personas de las que me rodeo son las que hacen que una ciudad la sienta como mi hogar.
P – Entre escribir, llevar una empresa y colaborar con medios… ¿Has aprendido a poner límites? ¿Qué personas, rutinas o pequeños placeres te devuelven a tierra cuando llevas demasiado tiempo instalada en el trabajo y en tu propia cabeza?
R – No siempre es fácil, soy muy caótica y no me llevo nada bien con la organización; a temporadas hago malabares para estar en todos los sitios. Pero no soy ningún buen ejemplo, lo contrario. Vivo en el caos absoluto.
P – Escribes mucho sobre relaciones y emociones, ¿qué has aprendido tú del amor y de la amistad al hacerte mayor? ¿Qué cosas tolerabas o perseguías y que hoy no quieres en tu vida? ¿Qué valoras ahora mucho más en las personas que tienes cerca?
R – He aprendido entre poco y nada, creo que está bien que sea así. Los errores que cometemos, por mucho que los racionalicemos y analicemospara entender cómo hemos llegado hasta allí, creo que volveremos a repetirlos en el momento que nos enamoremos.
Soy una romántica que tiende a idealizarlo todo. Las relaciones por supuesto, pero también la amistad, los trabajos… por eso también he dado muchas vueltas.
Antes buscaba al guapo de la clase, después, con los años, al intelectual. Ahora, eso tampoco me interesa. Solo me interesa la nobleza, la bondad. Que alguien sea una buena persona, eso es de lo que intento rodearme. Luego entiendes que desde ahí todo es muchísimo más fácil.
P – ¿Qué te hace feliz?
R – Soy muy familiar: si mi familia está bien, yo estoy bien. Es algo que ahora, por circunstancias, he aprendido (me ha costado 33 años).
P – ¿Cómo imaginas tu vida dentro de 10 años?
R – No tengo ni idea que voy a hacer los próximos 30 minutos, así que imagina pensar de aquí a 10 años…
Me imagino escribiendo, viviendo en Madrid, teniendo a mis padres cerca. Una familia, quizá. Hijos. Una biblioteca enorme. Muchos perros.

