Mucho se ha escrito acerca del auge de los clubes de lectura liderados por celebridades como Reese Witherspoon, aunque sin duda alguna ha sido Dua Lipa la que ha llevado las cosas a un nuevo nivel que he de confesar que como periodista, me da rabia. O envidia. O ambas cosas. El motivo es que la cantante entrevista en su podcast Service95 a diferentes escritores y lo hace de una manera tan increíble que The Guardian le dedica un artículo en el que reflexiona acerca de si es la mejor entrevistadora de autores y autoras del momento. “Suena a hipérbole, pero después de ver un par de entrevistas, se nota rápidamente que algo se siente diferente de la ronda habitual de frases ingeniosas preparadas por los relaciones públicas”, comenta Joel Snape.
Por su parte Kaia Gerber se ha convertido en la modelo que más presume de estanterías, porque la hija de Cindy Crawford es una ávida lectora que incluso ha publicado un ensayo en The Time en el que examina la manera en la que leer obras firmadas por mujeres ha cambiado su forma de ser. “Sin proponérmelo, me convertí en una lectora ávida de mujeres. En los últimos siete años, he leído cientos de libros de ficción, no ficción y poesía escritos por mujeres de todas las facetas: jóvenes, mayores, queer, estadounidenses, traducidas. Las escritoras que admiro han compartido partes de sí mismas a través de su obra, y leer sus historias me ha abierto los ojos. Han sido mis compañeras y consejeras, las figuras sabias en mi interior que han moldeado mi comprensión del mundo y mi lugar en él”, dice la modelo.

Las redes sociales han hecho que sepamos qué y dónde come todo el mundo, cuáles son sus últimas compras de moda y belleza, qué series y películas ven e incluso dónde entrenan, pero ahora lo último es mostrar qué se lee. Y es aquí donde puede entrar en juego cierta ansiedad, porque la culpa invade a quienes llevan tiempo con el mismo libro en la mesa de noche. Lo que resulta innegable es que leer exige tiempo y por ende, leer es un símbolo de estatus. Porque quien lee y encima lo hace sin distracciones disponen de tiempo, de un espacio idóneo y de unas condiciones determinadas en las que posiblemente, no habrá alrededor niños correteando o llorando. “Leer como pasatiempo es un privilegio, incluso un lujo”, decía un usuario en X. Y en realidad, es como quien dice que cocinar le relaja y se pasa tres horas en la cocina, mientras bebe una copa de vino y escucha música. No tiene nada que ver con quien tiene que cocinar para su familia tras haber salido de la oficina, haber llevado a los niños a sus actividades extraescolares y puede tal vez haber encontrado un hueco para darse una rapidísima ducha. Cualquier cosa que exija atención y tiempo es un lujo.
‘Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2025’ indica que el 69,8% de la población española mayor de 14 años lee libros y que el 66,2% lo hace por ocio en su tiempo libre. Las redes sociales no hacen más que fomentar esta dinámica, pues aunque por descontado siguen los vídeos de quienes nos enseñan a hacer el contouring perfecto, quienes prometen enseñar a cocinar platos dignos de estrella Michelín con tres ingredientes (en clave fit por si fuera poco) y los que hacen rutinas fitness de menos de media hora, cada vez ganan mayor fuerza los ‘bookstagrammers’, que recomiendan libros de forma dinámica y profunda en vídeos que es complicado no ver sin terminar creando interminables listas de obras que has de leer YA. El problema es que en la era de la optmización, parece que cualquier cosa placentera tenga que ofrecer a su vez resultado y cumplir objetivos. Del mismo modo que va no basta con pasear, pues tenemos que hacer un mínimo de 10.000 pasos, ahora hay que leer cierto número de libros al año. Y eso genera ansiedad. ¡Lo que nos faltaba! Leer ha de ser una actividad placentera y escapista, pero cuando se convierte en una obligación más… ¿Acaso no pierde la magia?
No solo nos angustiamos por no estar leyendo lo suficiente (o por estar leyendo menos que nuestra amiga, que de alguna manera va a clases de barre, sale a cenar a los sitios de moda y consigue leer cada noche), sino por no estar leyendo el libro del momento. Porque se publican tantos libros que hay obras que se convierten en ‘it books’ de forma instantánea (me viene a la cabeza Oxígeno, de Marta Jiménez Serrano, que en una semana llegó a la tercera edición y que he de confesar devoré ayer por la tarde) y no leerlos parece condenarte al ostracismo. De alguna manera me hace pensar en la era en la que se emitía la serie Perdidos y si llegabas a la oficina sin haber visto el último capítulo, no podías hablar con nadie. Y es entonces cuando, pese a que ‘El Barómetro de Hábitos de Lectura 2025’ señala que la librería tradicional sigue siendo el principal canal (40%) para comprar libros -están perdiendo peso frente a internet (24%) y las cadenas (16%)-, a muchos les asalta “el germen Prime”. Porque lamentamos el cierre de librerías míticas como Tipos Infames, pero muchos sienten la necesidad de tener el libro deseado en su casa en cuestión de horas y sin salir de casa.
Otra sombra: ahora se habla de los lectores performativos, convirtiéndose la lectura performativa en parte del imaginario popular. Como señala Brady Brickner-Wood en The New Yorker, en TikTok e Instagram los usuarios publican vídeos cortos para satirizar las afectaciones del lector performativo, que suele ser hombre. “Estas publicaciones funcionan, en parte, como un contraste irónico con la forma en que los influencers y las celebridades han llegado a utilizar los libros físicos como señales materiales de gusto, contratando “estilistas de libros” para que les proporcionen novelas para fotografías de vacaciones y publicaciones en redes sociales, para orquestar las bibliotecas en sus casa y los clubes de lectura”, asegura. “La lectura performativa ha surgido como una actividad sospechosa no porque leer libros sea sospechoso, sino porque ser visto leyendo un libro se entiende como otra manera de venderse a uno mismo, de mostrarle al mundo que uno es en realidad más profundo y más expansivo de lo que su cobarde necesidad de atención (demostrada al leer un libro difícil en público) sugiere”, añade.

En el mismo medio Joshua Rothman reflexiona acerca de la manera en la que la naturaleza de la lectura ha cambiado, pues pese a que muchísima gente todavía disfruta de los libros y las publicaciones periódicas tradicionales, para otros la lectura ideal, tradicional -encuentros intensos, extensos, de principio a fin, con textos cuidadosamente elaborados- se ha vuelto casi anacrónica. “Estos lectores pueden empezar un libro en un formato electrónico y luego continuarlo sobre la marcha, gracias a la narración de audio. O pueden renunciar por completo a los libros, pasando las tardes navegando por Apple News y Substack antes de dejarse llevar por el río lento de Reddit. Hay algo a la vez difuso y concentrado en la lectura actual; implica un montón de palabras aleatorias que fluyen por la pantalla, mientras que la presencia acechante de YouTube, Fortnite, Netflix y similares garantiza que, una vez que empezamos a leer, debemos elegir continuamente no parar”, comenta.
Otro motivo por el que la lectura se encuentra en un momento álgido es la adaptación de determinadas obras que han gozado de un gran éxito editorial, como es el caso de Hamnet. La maravillosa editorial Libros Asteroide lanza ahora la versión ilustrada por Laura Agustí de la obra Maggie O’Farrell. Y es tan preciosa la edición que no compartirla en redes me parece pecado, pero compartir lo que leemos encierra la necesidad de generar comunidad y pertenencia, por supuesto, las ganas de mostrar el placer que genera la lectura, por descontado, pero también, algo de postureo, ¿no? Y no pasa nada. Lo primero es admitirlo.


