En medio de la incertidumbre que sacude Irán y del ruido de la guerra, resurge en la memoria colectiva la figura de Farah Diba, última emperatriz y testigo de un Irán que muchos recuerdan con añoranza. Madre de Reza Pahlavi, heredero de un trono que solo existe en la memoria, encarna la nostalgia de un Irán previo a la república islámica, con promesas de modernidad, apertura y libertades que se creían inquebrantables. Su imagen desde el exilio se vuelve un símbolo de esperanza y un recordatorio de que la historia de su país no se reduce a la oscuridad que impuso el régimen teocrático actual.

Nacida en Teherán en 1938, creció en una familia acomodada y cosmopolita. Hija única de un capitán del ejército iraní, su infancia estuvo marcada por la educación francesa y un temprano interés por las artes y la arquitectura, lo que la llevó a París para estudiar en la École Spéciale d’Architecture.

Allí conoció a Mohammad Reza Pahlavi, el Sha de Persia recién divorciado de su segunda esposa. Su matrimonio, celebrado en diciembre de 1959 en el Palacio de Mármol, se convirtió en un espectáculo de lujo y elegancia sin precedentes. La novia, de 21 años, lució una tiara de diamantes diseñada por Harry Winston, un joyero estadounidense y un espectacular vestido diseñado por Yves Saint Laurent para Dior que incluía bordados con hilos de plata y perlas y motivos persas. En octubre de 1960, nació el tan esperado heredero, Reza Pahlavi, seguido de tres hijos más: la princesa Farahnaz Pahlavi, el príncipe Ali-Reza Pahlavi y la princesa Leila Pahlavi.
Una corona elaborada en secreto
En 1967, la coronación del Sha como emperador y la consagración de Farah como Shahbanu Farah Pahlavi fue un acto que evocaba las fastuosas coronaciones europeas, con una ceremonia que combinaba tradición persa y protocolo napoleónico. Su corona, elaborada en secreto con 1.469 diamantes y una esmeralda central imponente, simbolizaba un poder que, aunque ceremonial, también llevaba consigo responsabilidad política y social.

Farah podía asumir la regencia en caso de muerte del Sha antes de la mayoría de edad de su hijo. Su influencia trascendió la moda y la pompa; la emperatriz utilizó su posición para impulsar reformas en educación, salud, alfabetización y derechos de las mujeres, convirtiéndose en una figura de modernización dentro de un sistema todavía patriarcal.
No solo fue un icono de la moda, admirada como la Jackie Kennedy de Oriente, sino también una defensora de la cultura y las artes. Bajo su impulso, se construyó el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán, que alberga una de las colecciones más importantes del mundo fuera de Occidente, con obras de Picasso, Monet, Pollock y Giacometti, entre otros.
El matrimonio compró obras contemporáneas cuyo valor se estima en 3.000 millones de dólares. El Mural sobre fondo rojo indio de Jackson Pollock costó un millón de dólares. Actualmente está valuado en 250 millones. Al llegar al poder, los ayatolás no vieron con buenos ojos algunas obras, como Gabrielle con la blusa abierta de Pierre-Auguste Renoir, que, según ellos, mostraba demasiada carne. La guardaron en un sótano.
La pasión de Farah por la estética no era capricho, sino un modo de educar y abrir al pueblo iraní a una visión cultural más amplia. Ella entendía que el arte y la educación eran herramientas esenciales para un país moderno. De hecho, su legado cultural sigue vivo, incluso bajo las restricciones del régimen actual.

Del esplendor a la fragilidad
El brillo de la vida imperial, sin embargo, se desvaneció con los años. La Revolución Islámica de 1979 truncó la historia de los Pahlavi, obligando a Farah y a su familia a un exilio prolongado y doloroso. Egipto, México, Bahamas, Panamá y finalmente Estados Unidos y Francia se convirtieron en sus refugios.
En 1980, el Sha murió a causa de una leucemia que lo había debilitado en los últimos meses. El sueño de regresar a su país se quedó en eso: un sueño. Un año después, el presidente estadounidense Ronald Reagan invitó a Farah y a sus hijos, dándoles la bienvenida a Estados Unidos.
La muerte del Sha en 1980 en El Cairo marcó el fin de una era, pero no del dolor. Dos de sus hijos menores, Leila y Alí Reza, sucumbieron al suicidio, consecuencias de un exilio que afectó a toda la familia. La prensa extranjera se refirió a la maldición Pahlavi.
Farah ha descrito estas pérdidas con una mezcla de resiliencia y tristeza, afirmando que, a veces, se sentía como si tuviera 200 años, al cargar con la memoria de su país y el peso de sus tragedias familiares.
Lejos de hundirse en el lamento, ha transformado su historia en un mensaje de esperanza y responsabilidad. Vive entre París y Washington. Acompaña a su hijo Reza en su papel de figura simbólica de la oposición y respalda causas culturales y sociales desde el exilio. Su vínculo con los iraníes sigue vivo. Recibe sus mensajes con respeto y afecto. Pese a haber sido vilipendiada por el régimen, sigue sintiendo amor por su patria. “Estoy muy agradecida con todos los iraníes, incluso los más jóvenes, que después de toda la propaganda en contra de mi familia me escriben para darme fuerzas”, declaró recientemente en una entrevista con France Press.
Ideales que siguen muy lejanos
El contraste entre la opulencia de su vida como emperatriz y la crudeza de la realidad actual de Irán potencia su aura nostálgica. La Revolución Blanca impulsada junto al Sha había prometido modernización: voto femenino, educación superior para mujeres, reformas de salud y desarrollo urbano. Su visión de un Estado secular y moderno, donde las mujeres tuvieran voz y lugar en la sociedad, se volvió con los años en un ideal cada vez más lejano.

A pesar de los años y del dolor personal, la exemperatriz mantiene una postura serena y humana sobre el futuro de su país. En medio de las protestas recientes en Irán, ha expresado su esperanza de un país libre. Sus palabras en la entrevista con France Press son claras: “Sueño con un Irán íntegro, libre y democrático. Espero que este régimen termine algún día y que mi país vuelva a tener un gobierno secular”. Más allá del lujo de sus días de emperatriz, de las joyas y coronas que marcaron su historia, estas declaraciones muestran a una mujer cuya vida ha estado al servicio de una visión de justicia, libertad y progreso para su patria.
