He estado dos veces en Israel. Una como turista y otra como eurodiputada. Recuerdo el impacto que me causó el bellísimo templo bahá’í de Haifa. Más adelante establecí amistad en mi tierra con una activista iraní de religión bahá’í, que me puso al día y me llevó a interesarme por esta comunidad. Porque la situación de los bahá’ís en Irán constituye uno de los ejemplos más persistentes de persecución religiosa en el mundo contemporáneo. Aunque este grupo representa la mayor minoría religiosa no musulmana del país, su existencia sigue marcada por la discriminación institucional, la represión y el exilio. O la eliminación de sus miembros, como en el caso de Mona Mahmudnizhad, de la que hablo enseguida.
El bahaísmo nació en el siglo XIX en Persia, y durante décadas mantuvo una presencia significativa en el país. Hoy se estima que alrededor de 300.000 bahá’ís viven aún en Irán y, sin embargo, la Constitución iraní reconoce únicamente tres minorías religiosas: cristianos, judíos y zoroastrianos. El bahaísmo no figura entre ellas. Las autoridades la consideran una secta desviada o incluso un movimiento político hostil, lo que ha servido de base para justificar décadas de discriminación.
Tras la Revolución Islámica de 1979, la presión sobre la comunidad bahá’í se intensificó de manera dramática. En los primeros años del nuevo régimen, más de doscientos líderes bahá’ís fueron ejecutados o desaparecieron. Miles de personas perdieron sus empleos en el sector público y numerosas propiedades fueron confiscadas. Aunque las ejecuciones masivas disminuyeron con el tiempo, la represión adoptó formas más sistemáticas y administrativas. Efectivamente, los bahá’ís se enfrentan a múltiples impedimentos en la vida cotidiana. El acceso a la educación superior es uno de los problemas más visibles: muchos jóvenes bahá’ís son rechazados en las universidades o expulsados si su afiliación religiosa se hace pública. También existen importantes obstáculos para acceder a empleos en el sector público o en determinadas profesiones. En algunos casos, las autoridades han cerrado negocios propiedad de bahá’ís o han confiscado sus tierras y viviendas. Además, muchos miembros de la comunidad son detenidos periódicamente bajo acusaciones de propaganda contra el Estado o por actividades religiosas ilegales.
Esta situación ha llevado a una importante diáspora bahá’í iraní. Desde finales de los años setenta, miles de bahá’ís han abandonado el país en busca de refugio en Europa, América del Norte, Australia y otros lugares. Con el paso del tiempo, esta diáspora ha desarrollado redes transnacionales sólidas y ha desempeñado un papel clave en la difusión internacional de información sobre la situación de los bahá’ís en Irán. A pesar de las dificultades, la mayoría de los bahá’ís iraníes continúa viviendo dentro del país. La diáspora internacional ha contribuido a visibilizar su situación, pero es una comunidad religiosa activa dentro de Irán. Esta presencia persistente refleja tanto el arraigo histórico de la comunidad en su tierra como su decisión de mantener su vida religiosa y social pese a las limitaciones impuestas por el Estado.
Entre los episodios más emblemáticos de esta persecución se encuentra el caso de Mona Mahmudnizhad, del que voy a dar algunos datos porque debemos recordarla. Mona era una joven bahá’í de Shiraz que, con tan solo diecisiete años, participaba en la enseñanza de clases religiosas a niños de su comunidad. En 1983 fue arrestada junto a otras mujeres bahá’ís durante una campaña represiva contra la comunidad en esa ciudad. Durante los interrogatorios, las autoridades intentaron obligarlas a renunciar a su fe y convertirse al islam. Según numerosos testimonios de la época, las mujeres se negaron. Tras un proceso judicial que muchas organizaciones internacionales calificaron de injusto, Mona y otras nueve mujeres fueron condenadas a muerte. El 18 de junio de 1983 fueron asesinadas en la horca.
La ejecución de Mona Mahmudnizhad causó indignación internacional y se convirtió en un símbolo de la persecución religiosa en Irán. Con el paso de los años, su historia ha sido recordada en campañas de derechos humanos, documentales y obras culturales que buscan mantener viva la memoria de las víctimas. Cuatro décadas después, la situación de los bahá’ís iraníes sigue siendo motivo de preocupación para las organizaciones internacionales de derechos humanos. Mona es una de las muchísimas mujeres valientes que durante años se han enfrentado a un régimen medieval que las oprime y las masacra. Es quizá muy poco consuelo para las personas que amaron a Mona y al resto de mujeres ejecutadas, pero ojalá que el corajudo movimiento femenino de los últimos años en Irán actúe como un bálsamo de esperanza en sus corazones.
