La serie Un hombre mejor, del guionista noruego Thomas Torjussen, que se acaba de estrenar en Filmin, nos pone en la piel de un hater que utiliza varios perfiles anónimos en redes para atacar al feminismo, insultar y amenazar a las mujeres.
Una de sus víctimas es una humorista con proyección pública, que un día decide compartir un pantallazo de las amenazas, lo que acaba provocando que se descubra la identidad del trol. Ante el rechazo social que recibe, se disfraza de mujer para esconderse. Este cambio estético genera un giro de la trama a muchos niveles: por una parte, empieza a vivir en sus propias carnes las situaciones que viven diariamente las mujeres y, por otra, provoca que las interacciones que mantiene con el resto de las personas cambien drásticamente. De repente, le tratan con dulzura y comprensión, e incluso él mismo se permite desarrollar determinados registros que forman parte de su personalidad pero que por la imposición de la masculinidad no podía mostrar.
No se trata de un relato sobre una persona trans, sino de un ser humano que se da cuenta de las limitaciones que conlleva el género, tanto el masculino como el femenino. Mientras la masculinidad reprime la duda, la fragilidad o el fracaso, la feminidad te coloca permanentemente en un lugar de vulnerabilidad e inferioridad.
Para entender el conflicto desde distintos prismas, se añaden los perfiles de todos los personajes, desde un vecino deconstruido que sí se hace cargo de los cuidados, pero como una performance que no ha interiorizado y eso le acaba destrozando. Pasando por una actriz que engaña a los hombres en internet para ganar dinero. Hasta el personaje de la víctima que recibe las amenazas, que ante la desaparición del odiador, se preocupa por lo que le puede haber pasado y decide buscarle para hablar cara a cara.
Las cosas cambian completamente cuando entre las personas no existe el muro de las pantallas. Al verse físicamente pueden dialogar, comprenderse y empatizar. La serie hace hincapié en los efectos tan devastadores que la soledad tiene para toda la sociedad, y en la necesidad de fomentar las redes humanas y sentirse parte de una comunidad.
El cóctel de género, pantallas y soledad nos está llevando a situaciones límite como seres humanos. Lo deseable sería que hombres y mujeres pudiésemos mostrarnos como nos dé la gana, sin recibir el odio de los demás.
