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Arranca la era Fujimori: la eterna candidata peruana llega a la presidencia

Keiko Fujimori, la líder de Fuerza Popular jura este martes tras tres derrotas y más de un año en prisión preventiva. La candidata llega a la presidencia con el país dividido en dos y con un margen de apenas 50.000 votos

La presidenta electa de Perú, Keiko Fujimori (d), saluda junto al presidente interino, José María Balcázar, este jueves en el Palacio de Gobierno en Lima (Perú). Fujimori, reconoció que hay "muchas expectativas", así como "muchas decisiones" por tomar durante su mandato (2026-2031), que asumirá el 28 de julio, en desafíos que van desde la delincuencia común hasta la presencia del fenómeno climatológico de El Niño. Tras visitar a Balcázar, dijo estar preparándose para que "tomemos las riendas y destinos de nuestro país". EFE/ Paolo Aguilar
La presidenta electa de Perú, Keiko Fujimori, saluda junto al presidente interino, José María Balcázar, en el Palacio de Gobierno en Lima (Perú)
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A la cuarta fue la vencida. Keiko Fujimori, de 51 años, jura este martes como presidenta de Perú y culmina así una obstinación política que arrancó hace más de una década. Perdió en 2011, en 2016 y en 2021, siempre en segunda vuelta y siempre por un puñado de votos. Esta vez ha ganado, aunque tampoco lo ha hecho sobrada: se impuso al izquierdista Roberto Sánchez, de la coalición ‘Juntos por el Perú’, por menos de 50.000 papeletas. La toma de posesión coincide con el 205 aniversario de la independencia del país y reunirá en Lima a ocho mandatarios latinoamericanos —de Milei a Kast, pasando por Noboa— y al rey Felipe VI.

De la ceremonia se saben prácticamente todos los detalles. Que comenzará a mediodía en el hemiciclo del Congreso, que coincide con el 205 aniversario de la independencia del país y que, además, será la primera sesión de investidura desde que Perú ha recuperado el sistema bicameral. La lista de asistentes también es demasiado larga. De momento, y esperando que pueda haber alguna sorpresa, han confirmado su asistencia ocho jefes de Estado latinoamericanos. Casi todos de la misma cuerda: el argentino Javier Milei, el chileno José Antonio Kast, el ecuatoriano Daniel Noboa o el boliviano Rodrigo Paz. Pero también el rey de España, Felipe VI acudirá a este acto, donde coincidirá con el líder de la oposición Alberto Núñez Feijóo. Se espera que el momento clave llegue tras el juramento, con un primer mensaje de la ya presidenta Fujimori a la nación. Previsiblemente hablará del orden, el que ella impondrá. Y también del caos, el generado por anteriores gobiernos y el que le ha servido de parapeto para llegar a la presidencia después de más de 15 años intentándolo.

Y es que para llegar hasta el sillón presidencial Fujimori ha pasado hasta por la cárcel. Durante la investigación del caso Cócteles, que indagaba la financiación irregular de sus campañas con dinero de la constructora Odebrecht, Fujimori estuvo en prisión preventiva en dos periodos que sumaron alrededor de año y medio. El último terminó en mayo de 2020, cuando fue excarcelada por la pandemia. La fiscalía llegó a pedir para ella más de 30 años de cárcel por lavado de activos y organización criminal, acusaciones que ella siempre negó. Ese proceso, que la persiguió durante casi toda su carrera, se despejó en octubre de 2025, cuando un fallo del Tribunal Constitucional y su posterior absolución le quitaron de encima la principal losa judicial. Sin ese giro, su candidatura habría sido inviable.

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Keiko Fujimori, habla a la prensa en Lima (Perú)
EFE/Paolo Aguilar

¿Por qué ahora?

La gran pregunta no es tanto cómo llegó ella, sino por qué su receta ha funcionado ahora y no antes. Y la respuesta está menos en Fujimori que en el estado de ánimo de los peruanos. El país elige a su noveno presidente en diez años, una cifra que resume por sí sola el desgaste institucional. La inestabilidad crónica, el desfile de mandatarios caídos, la sensación de que ningún gobierno dura ni cumple, han ido erosionando la paciencia del electorado, que se suma a otros elementos como la inseguridad del país, la extorsión, el sicariato o el avance de la economía sumergida de la minería ilegal o el narcotráfico.

En ese caldo de cultivo, el discurso de mano dura que en otras ocasiones espantó a parte del votante se ha vuelto atractivo. De hecho, lo que ha ocurrido en Perú que ahora elige una receta de ultraderecha, ha pasado ya en buena parte de América Latina, una región hasta ahora históricamente progresista. Lo que en 2016 o 2021 sonaba a autoritarismo, hoy suena a promesa de orden para una franja del electorado agotada del caos. Fujimori ha capitalizado ese hartazgo con un mensaje de seguridad, firmeza y recorte del desgobierno, la misma fórmula que han utilizado otros como Bukele a Milei. No es que Perú se haya vuelto de repente fujimorista; es que el miedo y el cansancio han hecho el resto.

AME5103. LIMA (PERÚ), 02/06/2026.- Fotografía del 25 de mayo de 2026 de una persona sosteniendo un cartel durante una rueda de prensa de familiares y víctimas de crímenes de Estado en Lima (Perú). La segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Perú del domingo 7 de junio, que disputan la derechista Keiko Fujimori y el izquierdista Roberto Sánchez, no se define solo entre ambas tendencias, sino entre fujimorismo y antifujimorismo, las corrientes que han dividido al país en torno a un apellido que ha marcado la política peruana desde hace más de 30 años. EFE/Paolo Aguilar
Fotografía del 25 de mayo de 2026 de una persona sosteniendo un cartel durante una rueda de prensa de familiares y víctimas de crímenes de Estado en Lima (Perú).
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Raíces presidenciales

El apellido, en cualquier caso, no es neutro. Keiko es hija de Alberto Fujimori, el expresidente que gobernó entre 1990 y 2000, condenado después por corrupción y crímenes de lesa humanidad, y fallecido en 2024. Esa herencia divide al país en dos mitades casi idénticas: para unos, garantía de firmeza; para otros, sombra de un pasado autoritario. El margen minúsculo de la segunda vuelta lo confirma. Fujimori gobernará una nación partida, sin cheque en blanco y con la mitad del electorado en contra.

Le espera un mandato hasta 2031 y un país difícil: instituciones desgastadas, conflictividad social latente y una ciudadanía que ha aprendido a desconfiar. Ha tardado quince años y tres derrotas en llegar. Ahora tendrá que demostrar que la obstinación con la que conquistó el poder le sirve también para ejercerlo sin una mayoría clara y definida en el Congreso.

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