“Con mucho miedo. Estábamos abrazados”. Esta fue la respuesta de José Gregorio León (76 años), en Caracas, Venezuela, a las constantes llamadas y mensajes de su hijo, quien le escribía por WhatsApp desde Madrid, sin obtener respuesta. Durante horas.
Los mensajes no le llegaban. Era como si tuviera el móvil apagado, ¿cómo si estuviera debajo de la tierra…? Esta expresión de uso corriente cuando alguien anda “desaparecido”, ahora podía ser una estremecedora certeza. Las noticias hablaban de dos terribles terremotos en amplias zonas de Venezuela, y muchos usuarios de líneas telefónicas móviles en ese país quedaron incomunicados. No recibían llamadas ni mensajes. Durante muchas horas.

Los vecinos de José Gregorio salieron en tropel a las calles de Los Palos Grandes, este de Caracas, una de las zonas más afectadas por los sismos, pero él y su esposa no pudieron hacerlo. Bajar siete pisos de escaleras con el corazón en la boca no es hazaña a su alcance. Cecilia usa una andadera tras una intervención de columna, y él, que no es ningún atleta, no la dejaría sola en ese ni en ningún otro evento.
Las réplicas de alta y baja intensidad
Las horas pasaron. Y José Gregorio y su esposa volvían al abrazo con cada réplica, que fueron cien, si se contabilizan las de baja intensidad, o diez, si solo se apela a las sacudidas más perceptibles. Se ve que ambos tienen claro cómo quieren entrar en la muerte, llegado el caso.

El primer terremoto, de 7.2 en la escala de Richter, se produjo a las seis y cuatro minutos de la tarde (hora de Venezuela). Y el segundo, de 7.5, atronó 39 segundos después, por lo que la ciudadanía lo experimentó como un único, eterno, episodio de bamboleo, cristales rotos, pisos que hacían olas, un estruendo como de monstruos emergiendo de la tierra quebradiza y, los que han llevado la peor parte, de edificios cayendo sobre sus cabezas o sobre las de sus vecinos.
El doblete sísmico, por suerte un fenómeno poco frecuente, duró casi dos minutos de creciente violencia de la tierra y estremeció, además de Caracas, a seis estados del norte del país donde vive 40 por ciento de los venezolanos.
Apagón generalizado y censura en Venezuela
De inmediato, desde no menos de 90 países, los cerca de nueve millones de emigrados, casi un cuarto de la población, cogieron sus teléfonos para intentar saber qué había sido de los suyos sin conseguirlo. El temblor provocó un apagón generalizado en un país donde el suministro energético estaba ya en crisis permanente y cortó numerosas fibras ópticas, interrumpiendo la transmisión de datos digitales e internet, con lo que los millones de llamadas e intentos de conexión simultáneos colapsaron los pocos nodos telefónicos que se mantuvieron operativos.

No había manera de saber si tu gente estaba viva o no, puesto que el régimen chavista había bloqueado el acceso a redes sociales y medios de comunicación independientes en aquel país. Para los expatriados fueron horas de hundirse en una angustia difícil de explicar a la gente de otras nacionalidades menos arduas. Porque cómo explicas que ese país ya había sido arrasado por años de saqueo y mal gobierno. Un terremoto de 7.5 grados en la escala de Richter es una fuerza pavorosa con gran capacidad destructiva, pero si sucede en un país donde los hospitales públicos están en ruinas y colapsados, donde la población no está preparada para emergencias, aunque ocupe una zona sísmica muy peligrosa, donde no hay prensa libre ni puede fluir libremente la información por otras vías, es seguro que la tragedia será mucho mayor.
Los muertos por falta de medios de rescate
Ya lo vimos en el terremoto de 2010 en Haití, país con el que Venezuela comparte la poco envidiable condición de estado fallido, así como los últimos lugares en las estadísticas sociales del continente. Fue la extrema vulnerabilidad de ese país la que se llevó cerca de 300.000 vidas en un sismo que en la vecina República Dominicana no mató a nadie.

De ahí que, a la natural ansiedad por saber de los tuyos, se le suma la certeza de que muchos, quizá cientos o miles, habrán muerto más por la falta de previsión que por la magnitud de los sismos, o que morirán en las próximas horas o días bajo los escombros por la ausencia de medios de rescate.
Una ayuda que no llega
En la larga madrugada, la noticia más estremecedora ha sido saber que bajo los escombros un número desconocido de compatriotas clamaba por una ayuda que muchos no recibirán, y que en este mismo momento están sedientos, heridos, agonizantes y atrapados sin ninguna esperanza.
🟢After the earthquake, Venezuela's main ISPs (including state-owned CANTV) partially lifted the nearly 2-year block on @X. On some networks images and videos still won't load, since some of X's domains remain blocked.
Is critical that citizens can stay informed and connected… pic.twitter.com/zaetRhhCVq
— VE sin Filtro (@vesinfiltro) June 25, 2026
De la magnitud de la tragedia también da fe el hecho de que el régimen de Delcy Rodríguez accediera a levantar, si bien de manera provisional, las restricciones impuestas a más de doscientos dominios de internet y plataformas de medios independientes con el objetivo de mantener el control de la narrativa. Tras el doblete sísmico, el libre acceso a internet y a las redes sociales dejó de ser un asunto meramente político para transformarse en una herramienta crítica de supervivencia y rescate. Al no poder verificar el estado de sus familiares debido a las restricciones impuestas sobre las redes, se generó una ola de pánico global y se bloqueó la capacidad de la diáspora para coordinar y enviar ayuda económica o médica directa a las zonas afectadas.
Al comenzar a fluir la información nos hemos podido asomar a un panorama aterrador de muerte y destrucción. Hace unas horas temblábamos por el destino de los nuestros en Venezuela, ahora que mal que bien vamos conociendo las terribles ramificaciones de la tragedia, somos los de afuera los que estamos con mucho miedo, abrazados.

