Dos terremotos consecutivos de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudieron el norte de Venezuela durante la tarde del miércoles. Los seísmos provocaron derrumbes en Caracas y varias regiones costeras, dejaron edificios colapsados, cortes eléctricos y carreteras bloqueadas, y obligaron al Gobierno a declarar el estado de emergencia nacional. Centenares de personas siguen buscando a sus familiares desaparecidos.
Artículo14 conversa con dos chicas que vivieron este suceso en primera persona. María Laura se encontraba en un restaurante de Altamira, una de las zonas más afectadas de Caracas, cuando el movimiento sacudió todo a su alrededor. “Era aterrador”, recuerda. Su primer instinto fue meterse debajo de la mesa, aunque a su lado había cristales rotos por todas partes.
“Yo he sentido temblores acá en Caracas, pero nada, nada, nada como esto“, asegura. Según ella, personas mayores que vivieron el terremoto de 1967 le dijeron que este fue tres veces peor. Al salir del restaurante, la imagen era dantesca: polvo gris en el aire y la calle destrozada, como si acabara de rodar una película de catástrofes.

Moverse por Caracas después del seísmo fue un caos. “Las autopistas, la gente manejando como loca, las motos, las ambulancias… todo es una locura”, describe. Aun así, considera que fue una suerte que el día fuera festivo, lo que redujo el número de personas en la calle y aumentó las probabilidades de que cada uno estuviera con su familia.
“Dormí una hora”
Al llegar a casa, la realidad fue dura: grietas por todas las paredes de su apartamento, un edificio de más de ochenta años. “Las grietas son fatales, dan miedo”, admite. El temor a las réplicas la mantuvo en vela prácticamente toda la noche. Protección Civil recomendó a los vecinos permanecer fuera de sus viviendas, y ella estuvo en la calle hasta las cuatro de la madrugada. Después de subir, las réplicas no pararon. “Dormí una hora, y dificilísimo”, dice. “Es una sensación bien incómoda y agotadora, muy agotadora“.

Por otro lado, Gabriela estaba sentada en el salón de su casa cuando, justo antes de que empezara el temblor, el teléfono de su madre emitió un tono extraño. Nadie supo en ese momento lo que significaba. Segundos después, el suelo comenzó a moverse.
Junto a su hermana salieron corriendo. Se refugiaron cerca a unos “muros” mientras el movimiento se calmaba, y después continuaron hacia la calle, donde ya se agolpaban otros vecinos. Cuando creyeron que todo había pasado y se sentaron en la acera, el suelo volvió a temblar. “Me quedé toda nerviosa, me daba ansiedad”, un momento que la dejó “temblorosa”, recuerda .
Náuseas y dolor en el pecho
Su hermana lo pasó peor físicamente: náuseas y dolor en el pecho. Ninguna de las dos entró de nuevo a la casa hasta tres horas después. Para su alivio, el interior estaba intacto: no se cayó nada, no hubo cristales rotos ni paredes agrietadas. Eso sí, en el momento en que pasó el temblor se fue la luz, y todas se quedaron fuera, juntas, esperando.
También confirma que cerca de la zona donde vive se cayeron tres casas, lo que no la deja tranquila en un momento terrorífico que “quita el hambre“, concluye.

