Opinión

Ábalos: un par de acordes, una mentira y la redención

MADRID, 04/05/2026.- Captura de la señal del Tribunal Supremo en la que aparece el exministro José Luis Ábalos durante su declaración, este lunes. El juicio contra Ábalos entra este lunes en su recta final con el turno del también exdirigente socialista, que responderá a las acusaciones del comisionista Víctor de Aldama sobre el cobro de mordidas dirigidas también -dijo- a financiar al PSOE. EFE/ Señal Del Tribunal Supremo SOLO USO EDITORIAL/SOLO DISPONIBLE PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE ACOMPAÑA (CRÉDITO OBLIGATORIO)
El exministro José Luis Ábalos durante su declaración, este lunes.
EFE/ Señal Del Tribunal Supremo
Actualizado: h

Me he quedado a vivir en De un siglo anterior, el último LP del gran Enrique Bunbury, el decimoquinto en su discografía en solitario –cuento El tiempo de las cerezas, grabado a pachas con Nacho Vegas–. Sobre todo, en la canción que cierra el álbum, que responde al nombre de “Un par de acordes, una mentira y la redención”, y que es una pieza realmente maravillosa, una ranchera con alma de vals, o viceversa, en la que hay dejes bíblicos –Isaías, 40, 3: “Voz que clama en el desierto”– y místicos –el eco de santa Teresa de Jesús es manifiesto en el estribillo: “Que nada te perturbe, nada te espante”– y que, tal y como me contó hace unos días, “nace de la confrontación con la famosa frase que define el country como un par de acordes y la verdad”. “De alguna manera”, me decía el compositor y poeta, “considero que todos los músicos, y los creadores, en general, somos unos tramposos. Somos unos mentirosos que jugamos con los elementos que tenemos a nuestro favor, que son, en el caso de la música, la armonía, la melodía y el ritmo, y unas palabras que te hacen, normalmente, quedar bien. Cuando haces una canción de despecho, está claro quién es el que te ha dejado tirado y se ha portado mal”.

José Luis Ábalos demostró este lunes en el Tribunal Supremo venir, como el genial aragonés errante, de un siglo anterior y que, como un burlanga con plaza fija en Estoril o, cuando menos, en Torrelodones, juega sus cartas con maestría. La salvamización de la cosa política cristalizó en adoquín durante el juicio de las mascarillas, en el que los peritos y los guardias civiles han aportado datos, y los cabezas de cartel, es decir, el exministro, su asesor, su conseguidor y sus novias o lo que fueran, salseo, jacaranda, espectáculo. El Ministerio Público reclama veinticuatro años de prisión para el exministro de Transportes por sus presuntas –siempre presuntas– chorizadas y, sin embargo, lo que se comenta, lo que trasciende, es su enamoramiento triste, su resignación quevediana/quevedesca, su asumir que “nadar sabe mi llama la agua fría, / y perder el respeto a ley severa”.

Compareció Ábalos como un héroe trágico, derrotado por una hybris que se niega a reconocer: “Este es un caso mediático, juzgado hace tiempo, con condena clara”. El hombre que susurraba al yerno de Sabiniano discurría seguro, herido, histriónico, a veces inverosímil. Subiendo las cejas como Carlos Sobera y entrecerrando los ojos hasta dejarlos en una fina línea, a lo Steven Seagal. Disolvió sus supuestas corruptelas en un trasunto de novela de Colleen Hoover protagonizada por él mismo, “carne de meme”, y su novia Jésica Rodríguez, con quien tuvo “una relación extramarital” y “sentimental de verdad”, con quien descubrió “lo que era la palabra ghosting, que no sabía lo que significaba y me lo dijo ella”. Rechazó tirar de la manta y culpó a Cupido y a Aldama de sus males. Puro arte de creador el suyo. “Ya no valen más pretextos”, canta Bunbury, “es cuestión de perfección”. Con la vista puesta a la larga –o no tanto– en la redención. Sabedor, por ejemplo, de que el Tribunal Constitucional ya anuló las condenas de Chaves y Griñán. Pues eso.

TAGS DE ESTA NOTICIA