Al mundo de 2026 le hace falta la valentía de hombres como Jerome H. Powell. Powell fue nominado en 2017 por Donald Trump al cargo de presidente de la Reserva Federal estadounidense: en 2026, plantó cara al mismo hombre que lo nombró, afirmó que sus acciones socavaban el Estado de derecho y puso pie en pared. Huelga decir que Powell no es un peligroso socialista, ni siquiera un socialdemócrata, tampoco un socioliberal: es un conservador con principios, que prefiere perder el poder a ostentarlo indignamente. Si las opciones son pactar con el diablo o irse a casa, alguien como Powell optará por irse a casa.
¿Les suena de algo esta historia en el contexto español? Podría haberles sonado: en su lugar, tuvimos una tragedia y una farsa. Tragedia fue la de María Guardiola: se comprometió en 2023 a que no gobernaría con Vox, a que se quitaría de en medio antes que gobernar con Vox, a que daba su palabra. En posterior rueda de prensa, para justificar el pacto, dijo que ponía su palabra por detrás de “los intereses de los extremeños”: extraordinaria cara de cemento. Farsa ha sido, esta semana, la de Juanma Moreno Bonilla: amagó hace escasos días con la fecha exacta de una repetición electoral, con argumentos muy parecidos a los de Guardiola en su día; ¿cómo iba a gobernar con quienes niegan la violencia machista o juegan con la dignidad humana en base a conceptos como la “prioridad nacional”? Lo que pasó poco después, mientras él firmaba con cara seria un pacto a medias con su próximo vicepresidente, dirigente de Vox entre saltos de alegría: se comió la prioridad nacional, se comió los mismos puntos que el resto de presidentes del Partido Popular, tragó con todo y dilapidó cualquier perfil propio que durante años se hubiera esforzado en construir.
Podemos preguntarnos qué viene después de la tragedia y después de la farsa, si la degradación continuará en variantes siempre mayores, si habrá que inventar un nuevo léxico para dar cuenta de todo el terreno que la derecha “de siempre”, o el “centroderecha”, o los “liberales”, o los “democristianos”, ceden a quienes en otro momento han llamado “ultras”, “populistas”, lo que fuere. Lo que hay que constatar es que, en España, a día de hoy, no tenemos un Jerome H. Powell. No me cabe duda de que, en el fuero interno de muchos de quienes hoy pactan, hay espacio para proferir, a media voz, un ínfimo “preferiría no hacerlo”; de poco consuelo será para todas las personas afectadas por las políticas profundamente nocivas que vendrán de sus acuerdos.
Detrás de cada una de las medidas que se firman en un acuerdo y se consuman en presupuestos, leyes o instrucciones hay vidas humanas concretas que se cercenan, doblegan, viven o quedan sin vivir. Los números que maneja la administración jamás son números: tienen sangre y familias que dejarán de recibir ayudas o “paguitas”, como algunos las llaman, para quienes la rúbrica puede marcar la diferencia entre la vida o la muerte mañana. Según un estudio que ha inflamado a parte de la prensa estadounidense, publicado en marzo de 2025 por la revista Nature, los recortes que ha llevado a cabo en la ayuda exterior la administración de Donald Trump podrían provocar en torno a 163.000 muertes infantiles, por año. España no maneja tanto presupuesto, desde luego, ni su escala es comparable, ¿pero acaso vamos a medir las vidas al peso, o a afirmar que por poner en riesgo mil vidas somos más humanos que quienes ponen en riesgo cien mil?
Cabría escribirle una carta a la derecha moderada, aquella capaz aún de indignarse ante cosas así, de no pactar con el diablo, de no firmar cualquier cosa; cabría desear que existiera esa derecha, ansiar que despertara. A principios de esta semana, Juanma Moreno Bonilla podría haberse convertido en un rostro de esa derecha, podría haber representado algo frente a Ayuso y frente a Génova; ya no lo es, ya no lo será. ¿A quién remitirle, pues, una carta a la derecha moderada?

