Juanma Moreno se encuentra ante el Rubicón de su palabra. Si la rompe, si la hace añicos, seguirá siendo presidente de la Junta de Andalucía, pero pasará automáticamente a convertirse en un barón popular más, en otro político del montón que decidió unirse a ese nutrido club de servidores públicos que entienden que la honradez vale menos que un sillón, que piensan más en el poder que en el gobierno, que le han perdido el respeto a la palabra dada a sus electores.
Todo el mundo da ya por descontado que va a aceptar la famosa ‘Prioridad Nacional’ que Vox le quiere imponer para llegar a un acuerdo, y yo, llámenme romántico, llámenme iluso, llámenme antiguo, no consigo dar crédito. O sea, por dejarlo claro, la cosa es así: el tipo que en campaña repitió por activa y por pasiva que el invento de la ultraderecha era algo ilegal, que atentaba contra la propia Constitución Española, y que además era imposible de llevarse a término, ahora va a romper su discurso y a traicionar a sus votantes porque necesita dos escaños.
Que sí, que me sé toda la teoría y el argumentario. Que es para demostrar que todo es una filfa, un brindis de cara a la galería que quedará en nada, carnaza para sus hooligans. Que sí, que lo importante es darle estabilidad a Andalucía para que avance y bla bla blá. Que sí, que hay que negociar cuando no tienes mayoría y que hay que tragarse sapos. Que sí, que el contexto nacional manda y está ahora todo muy apretado, que la verdadera prioridad es largar a Sánchez. Que sí, que los de enfrente no tienen reparos en pactar con quien sea, con los herederos de los de los revólveres, con los independentistas, con los comunistas, con cualquiera. Que ellos no se comen el coco y apli can en todos lados el donde dije digo, pero la cosa es que si aplicas la misma lógica, si cuando te toca a ti mantenerte firme en tus convicciones no lo haces: exactamente qué te diferencia de ellos.
Juanma Moreno ha trabajado mucho en construirse un perfil moderado, en ser un político sensato, capaz de estar a la atura y alejarse de la política marrullera que impera en casi todo nuestro territorio. Se presentó a las elecciones con su Manual de Convivencia bajo el brazo, y con la promesa de tener un rumbo claro para Andalucía, una ruta en la que no entraban las algaradas y los golpes en el pecho, donde las palabras altas y la estrategia de la polarización de Bambú no cabía.
Es muy consciente de que gran parte de su base de votos viene de un centro izquierda desencantado con el Partido Socialista y satisfecho con la manera de hacer las cosas de la última legislatura. De ahí nació su mayoría absoluta, y ahí se sustentó su aplastante victoria los pasados comicios. Una victoria amarga que lo dejó a un tris de la mayoría absoluta y en las garras de un partido oportunista, al que Andalucía le importa lo mínimo, que solo busca sacar rédito para seguir engordando su discurso del miedo y del odio, único caladero de su éxito.
Por eso Juanma Moreno no puede ni debe plegarse a unas exigencias con las que dijo que jamás transigiría. Entiendo que habrá voces que le animen a ello, a coger la senda fácil y rápida, de hecho, ya las había en aquella noche electoral, en la que diputados de enorme peso le aconsejaban que cerrase el pacto esa misma madrugada, que «se quitase la careta». Sin duda le llegarán a la oreja los susurros de que tira para adelante, que no es el primero ni será el último en bajarse los pantalones, que estamos en una época ideal para comerse las palabras, que la gente está con la cabeza en las vacaciones, en el Mundial, en el verano. Todo eso está muy bien, pero es fruto de la mediocridad que prolifera en la política. Si Juanma Moreno no quiere que muera el Juanmamorenismo, debe ser fiel a su hemeroteca. Negociar, por supuesto, pero imponer unas líneas rojas.
Triplica en escaños al partido que le quiere poner contra la espada y la pared, sería un pringado si lo hacen pasar por debajo de la mesa del futbolín. La ruta es clara para ser un hombre de palabra, que se vista por los pies, que defienda los intereses de quienes le prestaron su voto. El ultimátum debe ser suyo hacia Vox: o apoyan mi investidura sin actuar como si hubieran ganado, sin imponerme algo que va en contra de mi programa, o tendrán que explicarles a los andaluces que vamos a otras elecciones por su avaricia y la de los que les teledirigen desde Madrid.
No entiendo el miedo a ser coherente y a ir a otras elecciones en las que está todo de cara. Unas elecciones que él no ha provocado, que ha provocado Vox, y que tiene los medios y el equipo de comunicación engrasado para explicarlo. Unas elecciones con un Partido Socialista roto, con María Jesús Montero desangrándose. Unas elecciones en las que le habrías demostrado a todo el mundo que tu palabra es sagrada, que se puede confiar en ti. Que no eres como los demás, que en un mundo de mediocres y amorales, eres el faro que necesita la política española para reconstruirse.
Mucho me temo que me llevaré una decepción, que me quedaré solo, colgado de la brocha de la integridad y la decencia. Pero quería dejar este aviso por aquí, por si aún queda alguien capaz de tomar distancia del regate corto y mirar al largo plazo, al futuro. Si Juanma Moreno al final pasa por el aro, debe tener en cuenta que se habrá acabado Juanma Moreno, que volverá a ser ese tipo desdibujado del 2018. Que será otro barón más. Otro político del montón. Otro farsante que comercia con la mentira. Tiene potencial para ser todo lo que quiera ser en política, pero queda ver si es valiente. Si tiene palabra.

