Fue Abascal, y si no discúlpenme, porque sirve a efectos de la columna, quien dijo algo como que algunos debían creer que pateaba negros por la calle por su opinión sobre la inmigración. Lo personal es político, dicen los exaltados, y de ahí esas conclusiones. Y un carajo. Sólo los seres superiores que viven en blanco y negro –en el pasado y en los extremos– se permiten el lujo de presumir de coherencia entre sus postulados políticos y su acción individual.
Es difícil condensar en una columna todas las aristas de un asunto. Pocos elegidos caracolean entrelíneas como los mejores nueves y sugieren al lector las consideraciones oportunas. Es imprescindible el buen hacer de ambas partes, pero en estos tiempos de inmediatez, sin cabida para los grises, sin metáfora y subordinada, aterra dejar que algunos saquen sus propias conclusiones. Aun así, la paz del que escribe pasa por hacerlo como le gustaría que le escribieran: sin que se le explique todo en una velada acusación de pocas entendederas.
Creo que entendí la frase de Abascal. Y pienso en esos guardias civiles de Ceuta, ley encarnada, rescatando angelitos en la playa del Tarajal. Pregúntenles si no preferirían una frontera asegurada antes que el caos más absoluto en su ciudad. Cerrarían con llave y la tirarían a esas mismas aguas donde han evitado que muchos niños se ahoguen por chapotear a tres palmos de la playa. Ya ven: hasta los fachas tienen su corazoncito. Querría ver sobre la arena a los de la mano dura dando la espalda a unos ojos suplicantes, una mano que se eleva sobre las olas, unos dedos en la espuma, unas burbujas sobre la superficie…
Al reyezuelo de traje y corbata, que estampa el sello en la norma, no le corresponde tal sentimentalismo. La historia demuestra que por la pena entra la peste: ninguna civilización soportó la inmigración caótica y masiva, sino que claudicó ante ella. No habrá milagros de panes y peces en nuestros días. Al contrario: dejadez, exclusión, cabreo, desorden social y, unos por otros, todos jodidos. Vuelve el gobierno a destinar dinero, dinero y más dinero para estos niños, pero ese nunca fue el problema. Llueven millones, un pellizco de los presupuestos: no es nada diría shiqui, la viseprecidenta con mayor poder de esta nuestra cleptocracia. Los millones procuran cobijo, comida y un lavado de manos: que no se eche en cara un abandono vital. Pero está escrito: no sólo de pan vive el hombre.
Los millones no compran su abandono social. Así lo defiende mi amada Sofía, incansable trabajadora de este ámbito. Largas tardes de amor y comprensión para evitar que su destino sea el de soldado raso de banda callejera o camello de andar por casa; horas de cariñosa terapia para convencerles de que la patria que les acoge puede ser su nueva tribu. En contadas ocasiones, se les recupera para la causa. En la mayoría, el ghetto, la tribu de origen y los smartphones hacen el resto: horas frente a la pantalla soñando con superdeportivos, putas y dantescos lujos de futbolistas e influencers. Cuando la dosis es suficiente, llega la noche y las miradas al techo, penando por sueños rotos y convencidos de que sólo son buenos para lo malo.
La geopolítica no debe entender de minorías, pero me resisto a pensar que una columna tampoco. No nos corresponde blandir la espada contra el que llega, sino procurar que nuestros reyezuelos apliquen unas políticas realistas que permitan que tanto el esfuerzo del que se integra como el del que acoge lleguen a buen puerto. Dijo Churchill que “nunca tantos debieron tanto a tan pocos” por la heroica actuación de los pilotos de la Royal Air Force durante la Segunda Guerra Mundial. Nosotros también debemos tanto (mal) a tan pocos. (Y no hace falta explicar más).

