Recupero los apuntes de Teoría de la Información, asignatura impartida por un profesor estupendo, Felicísimo Valbuena de la Fuente, en busca de su explicación de la pirámide de Maslow. En ella, el psicólogo estadounidense que le da nombre jerarquizaba las necesidades humanas, y las dividía en cinco niveles: fisiológicas, de seguridad –seguridad física, de empleo, recursos, salud, etcétera–, de afiliación, de reconocimiento y, finalmente, de autorrealización. Va una perogrullada: cuando una persona ve amenazada su supervivencia o su seguridad, se vuelve más defensiva e impulsiva. Lo que una vez fue lana de roca puede acabar convirtiéndose en yesca.
Los popes de la neolengua orwelliana, quienes consideran que el prefijo in- del vocablo inmigrantes es cosa facha, saltan, a la manera de la niña Regan tras ser rociada con agua bendita, cuando se tilda de invasión, o sea, “acción y efecto de invadir”, es decir, “irrumpir, entrar por la fuerza”, “ocupar anormal o irregularmente un lugar” –no lo digo yo, sino el DRAE–, el hecho de que más de 70.000 personas violaran, en palabras del presidente Sánchez, “la integridad territorial de España” hace un mes, e irrumpieran en Ceuta ante la presunta pasividad complaciente de Marruecos, la impotencia vegetal de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, la inoperancia reptil del Gobierno central y la humillación y el terror de los ceutíes.
Fernando Grande-Marlaska, este viernes, cifraba en 72.000 la “estimación más razonable” del número de inmigrantes ilegales que traspasaron la frontera entre el 30 y el 31 de julio. Según el ministro del Interior, 5.000 personas en situación irregular permanecen en la ciudad autónoma; de estas, 1.500 son menores. El sanchismo y sus enanitos mediáticos vendieron un trasunto de Disneylandia, en el que todo estaba arreglado, aunque no mucho, mientras los ceutíes miraban y miran, como Quevedo, “los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes, ya desmoronados”. Los días pasan y se acumulan las violaciones –al menos, diecisiete–, los robos, las peleas, las agresiones a militares –el jueves, entre treinta y cuarenta magrebíes tendieron una emboscada a cuatro militares del Grupo de Regulares; los cuatro resultaron heridos–, el hastío, la desesperación y el miedo.
Volvamos a la pirámide de Maslow. El virus que, jugando a la guerra híbrida, Marruecos inoculó a España, utilizando a su codiciada Ceuta como conejillo de Indias, está dinamitando los dos niveles básicos de los caballas: el de las necesidades fisiológicas y el de la seguridad. Por eso, y porque el Ejecutivo actúa con el espíritu de un esclavo sexual –ay, Pegasus–, algunos ciudadanos han optado por rodear los asentamientos de los inmigrantes, boicotear el reparto diario de alimentos o quemar sus chabolas.
Líbreme el Señor de aplaudir, jalear o justificar la violencia; ahora bien, la comprendo, encaja en el contexto. Reacciones similares se pierden en la noche de los tiempos. La Historia de la Humanidad se parece más a la invasión de Ceuta que al plató de Malas lenguas. Marruecos, que tiene las de ganar, lo sabe; el Gobierno de la Nación y el PSOE, que le quieren colgar el marrón a Vivas primero y a la derechayultraderecha después, y que aguardan, sin desesperar, para sacar tajada, también. “Vencida de la edad sentí mi espada –vuelvo a Quevedo–, / y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte”. Diría que la suerte está echada, pero escucho a vecinas como Noelia y quiero pensar que no todo está perdido, que estos paisanos nuestros son duros de pelar; que, llegado el caso –Dios no lo quiera–, los valientes caballas venderán caro su pescuezo; que la curación, si bien harto improbable, no es imposible. Mi corazón, mi verbo y mi oración sólo pueden estar con ellos.

