Opinión

Dos semanas en Estados Unidos: el país de los contrastes

Estatua de la Libertad
La Estatua de la Libertad se encuentra en Nueva York
Shutterstock
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Después de dos semanas recorriendo Nueva York y Las Vegas, hay una palabra que no consigo quitarme de la cabeza: contraste.

Antes de viajar, como casi todo el mundo, tenía una imagen bastante definida de Estados Unidos. El país de los rascacielos, de la comida basura, del capitalismo llevado al extremo y del famoso sueño americano. La realidad, sin embargo, ha resultado ser bastante más compleja. Porque pocas veces he estado en un lugar donde convivan realidades tan opuestas a tan pocos metros de distancia. Donde una misma ciudad pueda hacerte sentir extraordinariamente cómodo y profundamente incómodo el mismo día.

Lo primero que me llamó la atención fue la gente.

Nunca había hablado con tantos desconocidos. En el ascensor del hotel, en la cola de una cafetería, esperando un semáforo o sentado en un restaurante siempre aparecía alguien dispuesto a preguntarte de dónde eras, recomendarte un sitio para cenar o simplemente decirte que le gustaban tus zapatillas.

Los primeros días pensé que era esa amabilidad americana un poco artificial que tantas veces caricaturizamos desde Europa. Pero, conforme pasaban los días, empecé a verlo de otra manera. Me di cuenta de que yo también veo constantemente a alguien por la calle y pienso: “Qué chaqueta más bonita” o “qué estilo tiene esa chica”. La diferencia es que nunca lo digo. Ellos sí. Y me pareció una costumbre preciosa. Qué curioso que algo tan pequeño como verbalizar un pensamiento positivo pueda alegrarle el día a un desconocido.

Sin embargo, esa misma ciudad donde un desconocido puede hacerte sonreír en el ascensor es también la ciudad donde más incómoda me he sentido caminando desde hace muchísimo tiempo. No porque me ocurriera nada concreto, sino porque había una presencia constante de personas claramente bajo los efectos de las drogas, con problemas de salud mental o protagonizando situaciones imprevisibles. Incluso en barrios completamente normales. Más de una vez cambié de acera o aceleré el paso, y me impresionó que ambas realidades convivieran con tanta naturalidad: la cercanía más cálida y una sensación de inseguridad que hacía años que no experimentaba.

La propia Nueva York también está llena de esos contrastes.

Todos imaginamos Times Square cuando pensamos en la ciudad. Y sí, impresiona. Pero también te satura bastante rápido. Pantallas gigantes, ruido constante, publicidad por todas partes y miles de personas intentando hacerse exactamente la misma foto. Todo parece competir por captar tu atención durante unos segundos más.

En cambio, cuanto más me alejaba de la ciudad de postal, más me enamoraba. Mi zona favorita terminó siendo el sur de Manhattan: Little Italy, SoHo, Nolita o West Village. Allí encontré cafeterías pequeñas, negocios familiares, terrazas llenas un martes cualquiera y calles donde la gente simplemente hacía vida normal. Era una ciudad mucho menos espectacular, pero también muchísimo más auténtica. Me hizo gracia descubrir que lo que más me gustó de Nueva York era precisamente aquello que casi nunca aparece en las películas.

Otra sorpresa me la llevé con la comida.

Nunca había visto tanta oferta. Supermercados gigantescos, restaurantes de prácticamente cualquier cocina del mundo, pasillos enteros dedicados a un único producto y cientos de marcas distintas para elegir. Da la sensación de que allí puedes comprar absolutamente cualquier cosa.

Hasta que intentas comer normal.

Entonces descubres que encontrar un yogur natural sin azúcar añadido parece una misión imposible. Que una bolsa de lechuga iceberg cuesta más que muchas pizzas congeladas. Que entrar en un CVS buscando un ibuprofeno significa atravesar antes un océano de chocolatinas, galletas, patatas fritas y refrescos. Hubo momentos en los que me dio la sensación de que aquellas farmacias tenían más pasillos de snacks que de medicamentos.

No es que no puedas comer bien. Lo curioso es que todo parece empujarte en la dirección contraria. Comer ultraprocesados suele ser más barato, más cómodo, más visible y mucho más accesible que elegir alimentos frescos. Como si el sistema entero estuviera diseñado para que la opción menos saludable fuese también la más fácil.

Intenté comer razonablemente bien durante todo el viaje. No viví a base de hamburguesas ni desayuné donuts todos los días. Y, aun así, al cabo de dos semanas, mi cuerpo estaba distinto. Me encontraba más cansada, más pesada y con menos energía. Me sorprendió comprobar hasta qué punto el entorno termina condicionando decisiones que uno cree controlar.

Pero si hay un lugar donde todos esos contrastes alcanzan su máxima expresión, ese es Las Vegas.

Nunca había visto una ciudad tan espectacular y, al mismo tiempo, tan triste.

Todo empieza ya en el aeropuerto, donde las máquinas tragaperras te reciben incluso antes de recoger la maleta. Después vuelven a aparecer en el hotel, junto a recepción, al lado de los restaurantes y prácticamente en cualquier rincón por el que pasas. Como si el juego formara parte del paisaje.

Entrar en el Bellagio o en Caesars Palace es una auténtica locura. Son edificios tan enormes que podrías perderte dentro durante horas. Hoteles, piscinas, teatros, restaurantes, centros comerciales y casinos perfectamente conectados entre sí. Mi novio y yo acabamos haciéndonos una pregunta medio en broma: ¿cuánto tiempo podría pasar alguien dentro de uno de estos resorts sin salir a la calle?

Y, de repente, dejó de parecernos una pregunta absurda.

Porque entiendes que toda la ciudad está construida precisamente para eso. Para que no quieras salir. Para que pierdas la noción del tiempo. Para que, si ganas dinero, lo gastes en una de las infinitas tiendas de lujo que hay repartidas por el complejo. Nunca había visto tantos Louis Vuitton juntos. Y si pierdes… bueno, siempre puedes volver a intentarlo.

Las Vegas es una obra de ingeniería fascinante. Pero también profundamente inquietante. Detrás de las fuentes del Bellagio, de los techos pintados del Caesars y de toda esa arquitectura descomunal, lo que realmente existe es una ciudad diseñada para aprovecharse de algunas de las debilidades más humanas que existen: la adicción, la desesperación y la esperanza de que la siguiente partida será distinta.

Y fue allí donde terminé de entender cuál había sido mi sensación durante todo el viaje.

Porque es un país donde conviven demasiadas realidades como para reducirlo a un tópico. El país donde un desconocido puede hacerte sentir bienvenido mientras otro te obliga a cruzar de acera. Donde la ciudad más famosa resulta ser la menos interesante, mientras los barrios más normales terminan robándote el corazón. Donde parece existir una oferta infinita de todo y, sin embargo, a veces cuesta encontrar lo más sencillo. Y donde una de las ciudades más impresionantes que he visitado está construida alrededor de una de las industrias más tristes que existen.

Quizá por eso genera opiniones tan extremas. Hay quien vuelve enamorado. Hay quien vuelve horrorizado. Yo, sinceramente, me vuelvo con ambas sensaciones a la vez.

Y sospecho que esa es la única forma honesta de vivir Estados Unidos.

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