Ya sé que este entusiasta Artículo14 es una publicación urbana, como casi todo lo es en los medios de comunicación. Pero como publicación urbana que es, debe de estar atenta a lo que ocurre en el mundo rural, una parte sufrida y curtida de nuestra España, de dónde proceden los alimentos que tomamos tres veces al día siete días por semana.
Yo también soy urbanita, mi mundo ha estado en la ciudad. Pero, una vez, los azares de esta bendita profesión me llevaron a desempeñarla en la Administración de la Agricultura, la Ganadería y la Pesca en mi querida Andalucía. Allí estuve dos años, en los que aprendí más que si hubiera pasado por Salamanca en mi juventud universitaria. Tras aquello, admiré y entendí a los hombres y mujeres, que hay muchas en el campo, que llevan cada día los alimentos a mi mesa.
Pues bien, este cambio climático que nos azota está siendo particularmente doloroso para la agricultura y para la ganadería. Estos últimos años están persiguiendo con saña el trabajo y el fruto de agricultores y ganaderos. Los fuegos, el calor abrasador, la sequía, las inundaciones, el viento, las danas, las lluvias, las heladas, el pedrisco, las tormentas eléctricas y el granizo se están cebando con saña contra el campo.
El poeta José León (Villanueva del Ariscal, 1974) dedica sus versos al campo, al caballo y al toro. Emociona con estas estrofas que reflejan el sufrimiento del agricultor.
La agricultura no es más
que la espera y sacrificio,
temiéndole al temporal
porque el fruto es como un hijo,
que hay que saberlo criar
con mesura y con cariño.
El final de este caluroso verano está abocando al campo español al desastre. Se pasa de un acontecimiento a otro sin descanso. Más de un millón de hectáreas han quedado dañadas por diferentes eventos. Se calcula que el porcentaje de hectáreas afectadas se elevará por encima del 80% sobre el año pasado. Agroseguro calcula unas indemnizaciones por valor de 374 millones hasta el mes de julio. Los cultivos más afectados están siendo frutales, hortalizas, cítricos, uva, herbáceos, frutos rojos y frutos secos. Una cifra muy elevada para esas alturas del año. Hay cosechas perdidas e infraestructuras destrozadas, como los sistemas de drenaje o invernaderos. Y eso que todavía quedan por recoger el olivar, los cítricos y los últimos viñedos. Los expertos no ven una una catástrofe más. Consideran que se está ante una tendencia que conduce inexorablemente a un periodo de siniestralidad continuada. Agroseguro habla de un “tobogán climático” en el que se suceden temperaturas extremas, borrascas encadenadas, tormentas y granizadas.

El año abrió con el enero más lluvioso de los últimos veinticinco años, con una sucesión de borrascas en forma de vientos y pedrisco, que atacaron el valle del Guadalquivir, la Andalucía interior, Extremadura, Castilla-La Macha y amplias zonas de Levante. Cítricos, alcachofa, patata, espinaca, brócoli y zanahoria, frutos rojos y plátano quedaron muy perjudicados, al igual que el fresón de Huelva. Febrero trajo una perversa combinación de temperaturas altas y precipitaciones y su humedad. Gran perjuicio en Andalucía.
En marzo vinieron lluvias torrenciales, tormentas eléctricas, granizo y rachas de viento, que dañaron las frutas de hueso, frutos secos o el trigo y la cebada. Abril y mayo giraron hacia un tiempo cálido y seco, aunque con inestabilidad tormentosa, con gran perjuicio para el cereal de invierno. En junio aparecieron altas temperaturas y falta de humedad, cultivo para unos incendios que han alcanzado a 40 provincias españolas. Los daños para los herbáceos, viñedos, olivares y ganado son casi incalculables. El vacuno no puede con este calor extremo. Por añadidura, la escasez de forraje provoca que se tiren de las reservas invernales. Y queda el granizo que destruye los viñedos y los frutales de Levante y Andalucía. La ganadería está muy expuesta a enfermedades como la peste porcina africana, la dermatosis nodular contagiosa o la gripe aviar.
El campo español representa uno de los pilares de nuestra economía, que en los últimos años ha sufrido una enorme transformación desde un perfil muy tradicional a los cambios originados por la política agraria común (PAC), la modernización tecnológica y los cambios demográficos. Su estructura está dominada por los latifundios andaluces y extremeños y la explotación familiar en el resto del país. El éxodo rural está llevando a una población envejecida, con un 50% de trabajadores situada entre los 40 y los 65 años, aunque en algunos nichos se observa un rejuvenecimiento y un retorno hacia el campo.
España, y no lo dejemos de lado, es una potencia europea por su condición de primer productor de frutas y hortalizas y olivar. El país atesora más de 140.000 millones de Valor Añadido Bruto (VAB), el tercero de Europa, y casi 17 millones de hectáreas dedicadas a la agricultura. Aporta el 9% del VAB nacional, exporta unos 80.000 millones de euros y da empleo a 2,5 millones de personas, un 11,5% de la población activa.
El Gobierno ha arbitrado un conjunto de medidas, aumentando las subvenciones y coberturas del seguro, reforzando el regadío y la ganadería extensiva, así como las ayudas directas y fiscales para aportar liquidez. Pero el tamaño del agujero es tan grande que no son suficientes. El campo nos da de comer tres veces al día. Tenemos que cuidarlo.

