Comencemos por lo evidente: la diputada de Ceuta Ya en la Asamblea de la ciudad autónoma, Julia Ferreras, y los abogados Rafael Borrego y Sofía Cánovas sufrieron una agresión injustificable, y el peso de la ley debe caer de inmediato sobre quienes, camuflados en la turba, convirtieron el vehículo conducido por la primera en un queso gruyer con ruedas. “Reventaron la luna trasera –declaró este lunes Ferreras en la Cadena Ser–, nos abrían el coche para sacarnos, yo recibía patadas por mi ventana del piloto. De una de esas patadas, reventaron el espejo retrovisor. Venían a por nosotros, venían a lincharnos”.
¿Quiénes? Según TVE, “decenas de personas”; según el diario Naiz, “decenas de ultras”; según la diputada agredida, “mis vecinos”. El qué y el porqué no admiten suspicacias: varios ciudadanos se concentraron en el Puerto de Ceuta para protestar contra la llegada de una supuesta “organización proetarra” (ABC, Okdiario, La Razón) navarra –Borrego se equivoca al tildarla de “ONG vasca”–, confundieron a Ferreras con los presuntos neobatasunos y, en palabras de Pablo Iglesias, tiraron de “jarabe democrático”. La yesca prendió y brotó la barbarie. Porque, se relamía Cintora, “se había difundido el bulo de que viajaban para allá proetarras”.
El mundo no es Disneylandia y, allende el Congreso, los platós, las redes, los cócteles y los festivales benéficos, lo injustificable puede resultar comprensible. Sobre todo, en un escenario caótico donde bulle la desesperación. Cuando la ley se licua, cuando quienes deben hacerla cumplir se la pasan por el forro (objetivo, Marlaska), o cuando se torna mayoritaria la percepción de que así sucede (subjetivo), asoman las caricaturas grotescas de Batman y los mafiosos, pero también los revolucionarios; los tipejos como Rubén Gisbert y los desalmados que hacinan a los inmigrantes en pisos patera, pero también los hombres y mujeres que, jartos de que los hunos les aterren y los hotros les humillen, estallan. La cosa no es bonica, pero es. Así de sencillo. Y si a semejante cóctel de nitroglicerina se le suman unas gotas de desinformación, obtenemos el coche reventado de la diputada Ferreras este domingo.
Rebobinemos: dos días antes, el colectivo Negu Gorriak/Derecho a Techo anunciaba que partiría desde Pamplona a Ceuta en furgoneta, rollo Woodstock, para “poner el cuerpo como escudo ante la violencia sin precedentes que están sufriendo las personas refugiadas” –el chiste se hace solo–, quienes padecen “ataques racistas y fascistas” y la “actitud violenta de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y del Ejército”, y para repartir móviles, baterías externas y cargadores, con el objetivo de “generar solidaridad concreta y material entre quienes sufren el capitalismo racial y la necropolítica del Estado español y del Estado marroquí”. Me recuerdan a mí, pero en abertzale: yo también creí, hace dieciocho o veinte años, en Galeano, Klein, Ramonet y demás profetas del nuevo –ya viejo– jipismo que nos inculcaron en la facultad.
La popularidad de Negu Gorriak/Derecho a Techo era, tirando de eufemismo, precaria. El Salto Diario les hizo un descarado publirreportaje en enero. Mientras tecleo, sólo 1248 usuarios siguen su cuenta de Instagram. Entre el 1 de enero y el 1 de septiembre de este año, el único medio nacional que les hizo algo de caso fue la Agencia Efe, que se hizo eco de una concentración convocada en Pamplona el 18 de abril para protestar contra el desalojo del espacio de Aranzadi; entre el 20 y el 21 de septiembre, decenas de periódicos, radios y televisiones descubrieron esta supuesta “organización proetarra”. Según El Español, un “grupo liderado por Fermín Muguruza”; según La Razón, o la IA malamente utilizada para redactar la pieza, “en la actualidad es complicado no buscar la inspiración en denominaciones ya generadas. A la espera de la evolución de la Inteligencia Artificial, la réplica de nombres es habitual”. Sic.
Les hablaré con franqueza: no tengo ninguna duda de que en Negu Gorriak/Derecho a Techo hay más de uno, de diez y de veinte enekos y nekanes que han participado en alguno de los 168 actos de apoyo a la banda asesina que se contabilizaron en el primer semestre de 2025, pero tampoco tengo prueba alguna de que, como organización, los haya secundado. Los periodistas intuimos y sospechamos, pero la única materia prima de una noticia debieran ser los hechos: analizados, contrastados e investigados. Así pues, hasta que un Chicote lo descubra, corrobore y publique, lejos de mí colgarle el adjetivo “proetarra” a este colectivo, o lo que sea, por mucho que se llame igual –oh, la casualidad– que un grupo integrado por Fermín e Íñigo Muguruza –ambos ex de Kortatu, los de “Sarri, sarri”– que celebró su primer concierto frente a Herrera de La Mancha y destinó los beneficios de aquel aquelarre a las Gestoras Pro Amnistía.
Desde luego, no hace falta echar la tarde entera en la Biblioteca Nacional para comprobar que Negu Gorriak/Derecho a Techo no son una banda proetarra disuelta hace treinta años: con dedicarle unos minutos –minutos, ojo, no décimas de segundo– a una búsqueda en Google basta. A un agitador de X, a un propagandista de Mohamed VI o a los portavoces mediáticos descubiertos de Sánchez o de Ayuso no se les puede pedir tamaño esfuerzo, pero a un periodista se le debe exigir. Siempre. Me ha revuelto las tripas que un libelo bildutarroide haya dejado en evidencia, y con razón, a no pocos medios patrios con mayor calidad no sólo periodística, sino moral: “La asociación Negu Gorriak/Derecho a Techo, que sólo coincide con el grupo musical en su nombre, pero que nada tiene que ver, había anunciado el pasado día 18 que tenía pensado enviar dos brigadas a Ceuta para dar apoyo humanitario al colectivo migrante concentrado en la ciudad. (…) Pues bien, llevados por la confusión, interesada o no, de susodicha denominación, agitadores ultras en las redes…”. Quienes pretenden convertir a los ceutís en chivos expiatorios con piel de perros fascistas están de enhorabuena.

