España ha llegado por segunda vez en su historia a una Final del Mundial. Desde la última Eurocopa, de la que salimos campeones, soñábamos con la posibilidad de tener entre manos un grupo de jugadores tan brillantes como los de aquella generación de oro que se encumbró en Sudáfrica. Lo soñábamos, pero no terminábamos de creérnoslo. La posibilidad se iba alejando conforme se acercaba la gran cita mundialista, los miedos y los nervios crecían tanto por nuestra percepción de la baja forma en la que llegábamos como por la constatación de que nuestros rivales eran mejores que nosotros.
Luis de la Fuente, el cerebro de esta nueva gesta del deporte español, tuvo que cargar desde sus inicios como seleccionador con el sambenito de que la empresa le venía grande. La opinión pública lo quiso etiquetar demasiado pronto como un parche, como una solución transitoria de alguien que apenas se había fogueado en las categorías inferiores. Pero, ay, cómo se nota cuando un tipo tiene un plan. Y cuánto nos extraña que alguien tranquilo, que huye de las excentricidades, tenga la personalidad suficiente para llevarlo a cabo cueste lo que cueste.

De la Fuente ha creado un equipo, su equipo. Convocatoria tras convocatoria se le acusaba de errar, de ser un cabezota, de no llevar a los mejores, de ser injusto con muchos futbolistas que se merecían una plaza. Y, ojo, puede ser que lo haya sido. Puede que no haya llevado a los futbolistas que mejor temporada hayan hecho, pero es que él no estaba buscando eso, él buscaba las piezas de un puzle que completase su grupo humano, un grupo humano que carburase en el terreno de juego como una maquinaria perfectamente engrasada. Sabía lo que hacía, sabía a lo que quería jugar, sabía cómo quería ganar.
Buenos días. pic.twitter.com/FrCT5mJ7ni
— Ibai (@IbaiLlanos) July 15, 2026
Y esa es la gran victoria del entrenador, una victoria que nos ha llevado a todas las demás victorias, a esas que nos dejan con el corazón mirando este domingo a Nueva York. Ha conformado el plantel perfecto, no el mejor, no el más brillante, no el más vistoso, sino el perfecto. Un equipo que funciona como un reloj suizo, un equipo que tiene un sello propio, que sale al verde con las ideas claras, que no se deja llevar por lo que le ofrece el rival, sino que es el que propone. Un grupo capaz de sobreponerse a la incertidumbre, que espanta en comunión a la duda y confía en plural.
El primer día, el de Cabo Verde, supuso para muchos, para mí el primero, una gran decepción. Pero ni ahí ellos dudaron, el grupo sabía lo que había y como si tuviesen claro que todo estaba ya escrito, se sobrepusieron, yendo de menos a más, mostrando una mejor versión en cada partido. Es como si hubiésemos de nuevo planeado ir aumentando gradualmente la velocidad para ir de tapado, como si buscasen que los rivales nos sacasen de las quinielas.

Hasta que el martes contra Francia todo se revelase, con una oda al mejor fútbol grupal que se ha visto en años. Un recital que neutralizó al combinado galo dejándolo a la altura de un equipo de barrio sin ideas. España mojó la temible munición del ataque francés y se exhibió como un arma perfecta compuesta por 11 resortes que se desplazaban a una por el terreno de juego.
Del portero al delantero compusieron una partitura bellísima que dejó al rival más complejo en la lona, sin más capacidad de reacción que la de olvidarse del balón para buscar coartadas en el arbitraje. Las estrellas azules no brillaron, tampoco las españolas, porque España fue más bien una constelación uniforme y férrea, brillante en su conjunto. Lamine no ha deslumbrado como otras veces, pero lo ha hecho al haberse entregado al sacrificio grupal, al haber entendido que sus circunstancias lo empujaban a asumir un rol al que no está acostumbrado. Y a sus años, ha tenido la madurez suficiente para aceptarlo. A España no la guían las estrellas, por eso va a conseguir bordar la segunda de su historia en su camiseta.
El baile de España a Francia.
Un espectáculo. pic.twitter.com/ybywBPfIfm
— Pablo Puente (@SoyPabloPuente) July 15, 2026
A España la guía Luis de la Fuente, un hombre sencillo, culto, tranquilo, educado. Un hombre de fe, que defiende su religión a ultranza, que no se esconde, pero que no lo hace dando lecciones ni pidiéndole a nadie que le siga. Luis le ha inculcado a sus chicos un estilo que no abunda, el de ser cracks silenciosos, hormigas geniales que cubren cada palmo del campo, que se convierten en gigantes todas juntas, porque todas juegan a lo mismo. Tenemos once gladiadores, once toros, con un objetivo en común: ganar. Once hombres que han comprendido que no hay nadie mejor que todos ellos juntos, actuando en perfecta sintonía. Por eso esta es la selección que mejor representa a nuestro país, por eso esta selección ilusiona. Y sin querer caer en el típico tópico buenista, tan socorrido para este tipo de ocasiones: por eso esta es la selección que nos demuestra que, si trabajamos unidos como nación, dejando atrás las diferencias, remando todos en la misma dirección, somo sencillamente imparables.
El domingo vamos con todo. Viva el fútbol, todo lo que nos enseña y todo lo que nos hace vivir. Disfruten con los suyos, y siéntanse parte de este maravilloso país al que, por desgracia, parece que siempre le tiene que mostrar una pelota de lo que es capaz de hacer cuando no se divide, cuando vibra en comunión. A por la segunda.

