Sucedió en la novena corrida de feria, San Isidro, Madrid, Las Ventas, a la que me invitó mi cuñado. Lo mejor que puedo decir de él es que, desde que apareció en mi vida, esta es mucho más feliz y divertida. Y no me refiero al mundo del toro, que ni me gusta, ni me disgusta: por mucho que intento observar más allá, incluso guiñando un ojo, no veo arte por ningún lado; pero de la misma manera, como buena persona atravesada por el cine, no puedo estar en contra de un espectáculo tan telúrico, metafórico, abstracto y, por encima de todo, teatral y estético, una gigantesca mise en scène ibérica. De hecho, me cuesta asumir que haya algún amante del séptimo arte que abomine esta misa gentil, a no ser que piense (él sabrá por qué) que matar a un animal es un asesinato. El caso es que ahí estábamos, en el noble Tendido 9, y la corrida se planteaba dura, como de costumbre por lo visto, severa y poco dada a las concesiones por parte del personal. Para un oyente como yo, acostumbrado a la cazuela de pimientos rellenos con gin tonic de San Fermín, ir a la fiesta en Las Ventas me hizo sentirme una Julia Roberts comiendo escargots en la Ópera.

Pero el auténtico espectáculo no estaba en el albero, ni en las espaditas, las lanzas o los pinchos adornados con espumillón autonómico.
El show carpetovetónico se montó en el tan bíblico Tendido 7, un gran sanedrín del cossío, del que ya había oído hablar y donde se junta la banda del bate de los toros, guardianes de la esencia prístina del toreo, canon de la ortodoxia impaciente y macarra, que parapetados tras las gafas de aviador se permiten, a las primeras de cambio, decirles a los toreros cómo tienen que ejercer su oficio, como si los pobres no tuvieran ya suficiente acojono delante del morlaco, sin esperar un segundo y sin ningún tipo de vergüenza, para después empezar a proferir cualquier cantidad de sablazos dialécticos:
“¡Eso no es torear!, ¡Saca la muleta abajo, joder!”, y cosas por el estilo, para acabar con un sutil y alegórico, “¡Eres muy malo y muy tonto! ¡Y tu padre también!”

Un ejemplo de higiene y de cultura de la lidia, con los matadores fundiéndose las luces, que se acercaban a torear tratando de redimirse a las tablas del Tendido 7 y eran recibidos a garrotazos goyescos, chanzas, cínicos aplausos y comentarios de padre años 50. Pero lo mejor de todo ocurrió cuando el resto de tendidos de sombra, también bastante expertos por lo que se escuchaba, se sumaron a la gresca, pero contra sus camaradas del 7, y ahí se formó un gran quilombo, muy parecido a aquel sketch de Monthy Python, el del partido de fútbol entre filósofos griegos y alemanes, pero en formato españolísimo, señoros haters a los que, como me decía mi cuñado en un lacónico tono existencialista, “no los aguantan ni en su casa”.
Si alguna vez has tenido el enorme privilegio de tener haters, estos funcionan de una manera muy similar al Tendido 7. El mecanismo es sencillo: en mi caso, primero empiezan a decirte cómo tienes que escribir; si no contestas, que es lo más recomendable, empiezan con el improperio gradual, hasta DEFCON 1. Si aguantas bajo el silencio atronador, empiezan a insultarse entre ellos y acaban zurrándose, imitando a la irreductible aldea gala cuando se aburre; y tú, solazándote desde la barrera con tu gin tonic y tus pimientos rellenos.
A todo esto, la corrida transcurría sin oreja ni gloria y entonces llegó el último astado, que debía de estar cojo, pues el respetable empezó a pitar y sacaron al séptimo bicho, y entonces pensé que sería buena idea que en lugar del sobrero, que así se llama el toro del banquillo, llevaran a toriles a una señora del Tendido 7 que gritaba mucho y que se estaba atascando un cubata y un Marlboro y también a su acompañante, embadurnado de gomina y sombrero de Panamá, para que les picaran primero, luego les banderillearan, marearan con el trapo rosa después y terminaran con un espadazo para solaz del resto de tendidos. Pero enseguida pensé que no era muy buena idea y que quizás el presidente podría meterme un aviso por proponerlo.

Al terminar el show, despedirme de mi querido cuñado y dando un paseo de vuelta a casa, me pasó lo de siempre. Mi mente viajó a la pantalla de cine e imaginé que se instauraba una nueva y más divertida ortodoxia en la forma de analizar las películas, especialmente para los pobres críticos, que tenemos que irnos un frío martes de febrero a las diez de la mañana a tragarnos cualquier bodrio en la sala oscura. Y nos proyecté a todos con camisas rosas de lino y mocasines con borla, saltando sobre el terciopelo rojo y gritando a un enemigo infinito en forma de viaje de luz:
-¡Perico! ¡Déjalo ya, que estás dando vergüenza ajena con tu egotrip!, o ¡Paul Thomas!, ¿Para esta mierda te has gastado 200 millones?, o ¡Joachim Trier!, ¡Valor sentimental está mal montada, joder!, y cosas así que todos pensamos, pero como llevamos jerseys negros de cuello vuelto y somos progresistas, pues nos callamos.
De hecho, en esto del cine pasa exactamente lo contrario, y encima promovido por la húmeda matriz del supuesto Cinemá de la qualité, el Festival de Cannes que acaba de cerrar sus puertas: el famoso ‘Aplausómetro’, un ejercicio anticrítico, pero con esmoquin, engañamadres que calibra la calidad de una película en función de la duración y la furia de los aplausos. Me chupo el dedo y mido el viento. El récord lo tiene El laberinto del fauno, hace justo veinte años, con 22 minutos de aplauso ininterrumpido. Con eso te lo digo todo.
P.D. Voy a hablar con mis amigos los críticos a ver qué les parece acudir a los pases de prensa y empezar a gritar barbaridades cuando no nos guste una interpretación, una postura fílmica, la fotografía, un plano mal elegido o una secuencia mal montada. Y por supuesto le voy a pedir a mi cuñado que el año que viene me invite al Tendido 7.

