Manda huevos que la generación de las drogas sintéticas y el botellón esté bramando contra todos esos adolescentes pacíficos que se reúnen en los espacios públicos sin necesidad de consumir o molestar.
Manda huevos que el incelato nacionalcatólico vea el farmeo de aura como un signo de la decadencia de este país del que ellos son la vergüenza, todo el día con sus soporíferas soflamas sobre Don Pelayo, personaje que les hubiera ejecutado sin piedad pero con razón.
Manda huevos que la sociedad que ha construido una distopía en la que todo tiene que ser productivo, lucrativo, y enfocado a la más nauseabunda versión del yo, se ría de una chavalada que se atreve (aun sin saberlo y siendo de forma momentánea) a rebelarse contra la esclavitud espiritual.
Manda huevos que un juego inocuo y popular, donde el prohombre y el villano bailan y se dan la mano, sea objeto de mofa y befa, como decía Don Pantuflo.
Manda huevos que los adultos se quejen de una actividad que, por fin, no consiste en mirar una pantalla.
Manda huevos ver cómo se engañan aquellas personas que pasaron sus recreos pegados a la Gameboy (la suya o la del compañero que la tenía) y que ahora cuentan que jugaban con cochecitos hechos de basura y un aro con palo.
Es que manda huevos. Aquí nadie hizo pajaritas a ver si le gustabas a fulano o a mengano. Nadie pasaba notitas. Nadie coleccionó chinos de la suerte ni empezó a fumar a los catorce para hacerse el chulo. Aquí todo el mundo estaba leyendo a Plauto, picando en la mina, subiendo al monte descalzo para dormir al raso, investigando para recuperar la fórmula del fuego griego y usarla con fines meramente filantrópicos.
Las batallas de farmear aura nos reducen a la otredad (esta sandez de la otredad la leí en un libro lamentable que la crítica por las nubes); nos hacen darnos cuenta de lo fuera que estamos de la juventud. No entendemos sus bromas, sus códigos ni su lenguaje. Pero lo imperdonable es que se divierten, que son felices, que se ríen, que es un juego tan tonto que no tiene normas, que podría no terminar porque nadie pierde aunque ganen todos. Es tan imperdonable como lo fue la juventud alejada del canon, la que bailaba break dance o para-para, que montaba en monopatín o hacía batallas de gallos. Todas las modas pasan y todas las personas se hacen mayores (a no ser que mueran), pero el ser un aburrido es una condición del alma. Por más siglos que pasen, todos acabamos pensando que en nuestra juventud todo era revolucionario, bello y único, pero la realidad que une a la inmensa mayoría de adolescentes de todas las épocas es sentarse en unos bancos del parque, comer pipas y tropezar con las mismas piedras con las que han tropezado todos los humanos desde el principio de los tiempos. La adolescencia es una etapa vital lamentable. Si hay cualquier moda que la haga un poco más llevadera, apoyémosla. Los clásicos de la pubertad (histeria, rabia, gregarismo, secretismo, molicie y destrucción del mobiliario urbano) van a seguir ahí para tranquilizar a cenizos y radicales. Dejen a los chavales, que camelen como quieran. Para farmear tontería siempre habrá tiempo.

