Opinión

Florentino Pérez

Actualizado: h

A Paco Herrero, madridista ejemplar y alma de la mejor gestoría de España.

Hay, para sorpresa del pueblo y del propio interesado, algo que divide aún más a los españoles que Pedro Sánchez: el Real Madrid. La surrealista rueda de prensa de Florentino Pérez en Valdebebas de hace unos días ha vuelto a demostrar que a güelfos y gibelinos, y a capuletos y montescos, le han sucedido madridistas y antimadridistas en el trono de las grandes disputas del género humano.

Todo español se alinea gustoso en uno de estos dos bandos, bien directa o subsidiariamente. Yo soy un entusiasta deportivista que sueña con el regreso (lo estamos rozando con las yemas de los dedos) del símbolo de A Coruña a primera división y por eso invoco a axuda de tódalas meigas, porque habelas hailas, e do bruxo de Arteixo ¡Forza Depor! Y soy, además, en segundo lugar, madridista. Hay, por el contrario, aficiones enteras que vibran con sus colores y luego son furibundamente antimadridistas, algunas, incluso, invierten el orden de esos sentimientos.

La caja de truenos

Las atípicas y sorprendentes palabras de Florentino han abierto la caja de los truenos. Es evidente que el presidente blanco no estuvo ese día como está el maestro Morante en sus tardes de gloria de la Maestranza, ni como estaba la divina María Callas en sus inolvidables noches de la Scala, pero una cosa es reconocer eso y otra muy distinta querer convertir al Augusto Florentino en un Calígula cualquiera ¡Un respeto al escalafón de la dinastía Julio-Claudia!

La historia de Florentino Pérez al frente del Real Madrid es la crónica de un éxito arrollador, de un triunfo universal, reconocido y admirado urbi et orbi. Siento darle este disgusto a Joan Laporta, Carme Barceló y Jota Jordi, pero este humilde ingeniero de caminos madrileño ha ganado más Copas de Europa que el gran Barcelona de Kubala, Cruyff, Iniesta y Messi en toda su historia.

Los envidiosos no perdonan

El fútbol, esa otra religión, está formado por una multitud de iglesias y el gran mérito de Florentino es haberse convertido en el sumo sacerdote del madridismo: la iglesia futbolística con más creyentes, con más fieles, en los cinco continentes. Hay equipos de jugadores, los más. Equipos de entrenadores y equipos de presidentes, los menos. El Nápoles de Maradona, Dios eterno del fútbol, y el Barcelona de Lamine Yamal, el Maradona de nuestro tiempo, son equipos de jugadores; el PSG de Luis Enrique, el dios de los banquillos, y el Atleti del Cholo, son equipos de entrenadores ¡olé, olé, olé, Cholo Simeone! El Milán de Berlusconi y el Real Madrid de Florentino Pérez son, en cambio, equipos de presidentes y eso los amargados, los ambiciosos y los envidiosos no lo perdonan.

La explicación de la complicada situación actual del club merengue y de todos los males que le aquejan está en el Código Civil. Sí, en el artículo 1902: “El que por acción u omisión causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia, está obligado a reparar el daño causado”. Esta temporada Florentino Pérez ha cometido dos tremendos errores o negligencias, uno por acción y otro por omisión, causándole un gran daño al equipo. Vayamos por orden cronológico, comentemos primero la omisión y luego la acción.

Sonrisas, cerebro y cerebelo

En el Clásico de octubre Vinícius se amotinó en el campo cuando Xabi Alonso decidió legítimamente sustituirle. Ahí, como diría Gerard Piqué, empezó todo. Y la tremenda falta de respeto del brasileño a su entrenador, al banquillo, al palco, al Bernabéu, a todo el madridismo y, lo que es peor, a los millones de niños que veían el partido por televisión, lo reventó todo. Vinícius demostró al mundo que el gran don que Dios regaló a sus piernas no tenía equivalente en su bulbo raquídeo. Es una pena que no se haya mirado nunca en el espejo de sus paisanos Roberto Carlos y Marcelo, que conquistaron el Bernabéu con fútbol, pero también con sonrisas, cerebro y cerebelo.

El asalto viniciano al Capitolio blanco no tuvo, aunque hoy nos parezca increíble (sobre todo al bueno de Tchouaméni), ninguna consecuencia. Esa es la incomprensible omisión florentiniana, su primer gran error: no cortar de raíz un acto de indisciplina chusco, inadmisible e intolerable. Animados por la falta de castigo al brasileño, pronto se unieron a la revuelta ilustres y entusiastas admiradores e imitadores: el ínclito Bellingham, que en vez de brillar en el césped como aventuraban sus primeros meses, prefiere lucir su faraónico busto en los palcos privados del Bernabéu como si fuese la otra Nefertiti del Neues Museum berlinés. La tercera pata de este triunvirato de enragés futbolísticos es Fede Valverde, del que prefiero no decir nada, porque ya lo dice todo Mina Bonino.

Lo que no perdono a Arbeloa

Glosada la omisión pasemos al análisis de la acción que desestabilizó al equipo y destrozó definitivamente la temporada. Los acontecimientos de la Revolución de Octubre desembocaron en enero en el despido de Xabi Kerenski Alonso como entrenador del Real Madrid y su sustitución por Álvaro Arbeloa ¡Qué error, qué inmenso error de Florentino Pérez! ¿Alguien se imagina a sir Winston Churchill nombrando a un marinero de la Royal Navy Primer Lord del Almirantazgo? No, claro que no. Pues eso es lo que hicieron en el Real Madrid: sustituir a un príncipe de los banquillos (que muy pronto volverá a triunfar en la Premier) por un novato sin experiencia al que le venía grande hasta el banquillo del Albacete. Echar a Xabi Alonso para colocar a Arbeloa es como quitar a Marlon Brando para poner a Paco Martínez Soria.

A Arbeloa hay una cosa que no le perdono y otra que le tengo que agradecer. No le perdono el trato a don Daniel Carvajal. Una cosa es tener roces con la estrella del equipo o con la clase media de la plantilla (este año menos clase media que nunca) y otra muy distinta es no tener la suficiente mano izquierda para tratar a una referencia del club con el cariño y respeto que se merece. Carvajal es una leyenda del Real Madrid, de la selección española y de Leganés. Dani Carvajal habita para siempre en el corazón del madridismo.

Las tres normas fundamentales

Lo que le agradezco infinitamente al amigo de Mourinho es que tras observar su paso por el banquillo blanco ya tengo claras las tres normas fundamentales que rigen la vida de los humanos en nuestro planeta: la ley de la gravedad, la teoría de la relatividad y el principio de Peter. Siento darle este disgusto a las derechas patrias, pero el grado de incompetencia de los mortales no lo regula el principio de Pedro, sino el de Peter.

Esta semana es importante para el Real Madrid. Deseo fervientemente que los socios (los únicos dueños del club) puedan volver a votar masivamente a… Florentino. El presidente mira a los Cielos porque sabe que allí está escrito el futuro. Los destellos, la eterna luz blanca de la estrella Pitina, la estrella polar del madridismo, marcan el norte, marcan el camino. Y para alegría de los miles de gallegos merengues, que tanto amamos a la patria de Pessoa, será la lírica galaico- portuguesa la nueva sintonía de Valdebebas y de Concha Espina.

Insuperable, incomparable

Don Quijote decía: “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro”. Todos los que nos regimos por la ética cervantina (una de las versiones más hermosas de la ética del cristianismo) sabemos que esta es la humilde raíz de la grandeza de don Florentino Pérez: haber hecho por el Madrid más que nadie. Su gestión deportiva, social, económica de la Casa Blanca es insuperable, incomparable e incontestable. La gestión de Florentino en el Real Madrid es el Taj Mahal del Fútbol. Que nadie se confunda. Florentino Pérez no es el Santiago Bernabéu del siglo XXI, don Santiago Bernabéu fue el Florentino Pérez del siglo XX.

¡Hala Madrid!

TAGS DE ESTA NOTICIA