“Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no residen en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún otro”. (I. Kant, Contestación a la pregunta, ¿Qué es la Ilustración?, Alianza Editorial, 2013).
Si esta es la definición de Ilustración; ese movimiento que iluminó e impulsó Europa desde y hacia la razón y que propició el desarrollo de la ciencia y la técnica, hoy tengo el convencimiento –y creo que es compartido– de que es un ideal superado culturalmente y, paulatinamente, cada vez más difícil de realizar. Y la gran responsable de esto es, a mi modo de ver, la IA.
Hemos hecho pensar a la arena, comentaba uno de los responsables de las big tech estadounidenses. Es cierto: el silicio (nueva materia prima fundamental) se ha convertido en un cuasi-mágico portador de datos, algoritmos, razonamientos y respuestas automatizadas. Respuestas cada vez más correctas, tras entrenamiento y diseño hiperespecializado. Con un porcentaje de acierto, de predicción, progresivamente mayor (y se espera que siga creciendo).
Causa sorpresa y miedo a la vez que los modelos más avanzados de lenguaje sean ya casi capaces de superar preguntas que les planteamos de un nivel de complejidad cada vez mayor.
Destaco aquí el Humanity’s Last Exam, un benchmark compuesto por 2.500 preguntas de nivel experto en matemáticas, ciencias y humanidades, que fue diseñado precisamente para situarse en la frontera del conocimiento académico humano. Cuando apareció en 2025, los mejores modelos apenas lograban responder correctamente a una fracción mínima de sus preguntas. Apenas un año después, algunos sistemas se aproximan ya a resolver alrededor de la mitad (un 50-60%). Un test hecho para ver los límites del aprendizaje maquinal se está quedando obsoleto año tras año. Los modelos están asumiendo todo lo que sabemos como civilización, colectivamente. Van a llegar a saber lo mismo que nosotros (como sociedad) pronto.
Kant, el autor que citaba, asumía que eran la pereza y la cobardía (“la falta de resolución y valor”) las causas de esa minoría de edad autoculpable y que se podría caminar hacia un proceso de emancipación colectiva en el uso público de la razón, hasta llegar a ser sociedades ilustradas (con ese proceso finalizado). Quién le iba a decir a él que el culmen de ese proceso no sería un pueblo ilustrado, sino una máquina ilustrada la que acabaría el proceso de Ilustración, al modo de un Pinocho que, a fuerza de querer ser un niño de verdad, casi consigue serlo.
Y no nos engañemos: la pereza humana, el delegar la razón en lo informático, no ha hecho más que comenzar. Si ya nos envían por correo a los que comenzamos el Doctorado este curso un documento sobre el uso de la IA (asumiendo que vamos a usarla); si esta se observa, a la par, como potenciadora de nuestras habilidades y también como cercenadora de las mismas; si dificulta la escuela y hace retroceder los modelos pedagógicos, puesto que las máquinas son cada vez más habilidosas (¿cómo compatibilizo como docente el hacer un proyecto con usar las TIC en el aula, si esas TIC te hacen literalmente el proyecto entero?); si se extiende cada vez más la IA, estando presente en cada vez más espacios y aparatos, y si finalmente, modelo tras modelo, se transforma en una nueva guía racional de muchos de nuestros actos (quién no le ha preguntado a ChatGPT alguna vez qué hacer con algún asunto), quiere decir que nos encontramos en una etapa post-ilustrada. El uso autónomo de la razón no es necesario ya. ¿Por qué debo pensar por mí mismo si hay una máquina –accesible aproximadamente para todos– que piensa mejor que yo? Kant se tiraría de los pelos seguro.
¿Qué alumbrará este nuevo caminar del ser humano junto con el algoritmo? Tal vez sea el fin de la historia del pensamiento del hombre y comience a ser la historia de un pensamiento humano-maquinal, cuando la IA sea la que protagonice los avances científicos, sea capaz de gestionar hospitales enteros, decida sobre las posibilidades de victoria ante un determinado ataque o incursión (¿incluso las decisiones morales o las opciones de voto?).
Pero, sin caer en el catastrofismo, también puede que tenga un aspecto positivo, en tanto que emancipación, pero no del ser humano por la razón sino por la máquina que automatiza procesos y nos deja más tiempo libre para lo que importa. ¿Y si esta emancipación de la razón resulta ser, para nosotros, una liberación del “imperio de lo racional”? No quiero caer en el irracionalismo, pero, frente a un futuro donde los robots nos liberaban del trabajo manual (el sueño de tantas películas…), puede que tenga también algún aspecto positivo el que se nos libere de un cierto pensar (no de todo, claro). Tal vez podamos ahí recuperar otros aspectos de lo humano: el juego, el diálogo, el arte, el amor. Una razón situada en un trono digital (amable y pro-humano) tal vez nos dé más espacio hacia otros modos de ser personas, menos alienantes y que nos permitan un mayor florecimiento individual y colectivo.
Ahora entro en el aspecto de la ciencia ficción: a final de este siglo me atrevo a decir que tendremos (o tendrán, quienes estén) más certezas. Si esta tecnología ha venido para quedarse, si es sostenible, cuáles son sus límites, si realmente pueden predecir eventos, si es aplicable (o no) a todos los ámbitos de lo humano… en definitiva, si el logos, la razón que estas máquinas suponen controlar (aunque sea como dato) es autosustentable, ético y puede seguir acompañándonos e “ilustrándonos”, aunque sea por “labios” robóticos. En este caso, la palabra fin del título del artículo se referiría más que a la clausura a su continuación, aprendiendo, esta vez, de la IA (y ella de nosotros).

