Opinión

Lindsay Clancy y quienes la “comprenden”

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Ya deben de conocer a Lindsay Clancy, esa madre de Massachusetts acusada de estrangular a sus tres hijos pequeños. Niñitos de cinco años, de tres y de 8 meses. Su caso ha vuelto a poner de manifiesto una de las distorsiones más inquietantes del feminismo radical contemporáneo: la incapacidad de tratar el crimen cometido por una mujer sin rodearlo de matizaciones, excusas o, directamente, de una narrativa de victimización. ¿Cómo puede suceder que un hecho así, el asesinato de unos niños indefensos, pueda convertirse en un detalle secundario frente a la necesidad ideológica de proteger el relato… de la opresión femenina? Lamentablemente, algunos (sobre todo algunas) han mostrado a Clancy, no como una mujer con un posible episodio severo de psicosis posparto, sino como una víctima casi segura de su marido. Efectivamente, en redes y comentarios se insiste en que Patrick Clancy debía ser el verdadero autor, basándose en la sospecha automática hacia el varón, el padre. Esta inversión de prioridades es escalofriante: los niños muertos pasan a ser casi incidentales.

Las imágenes de madres vestidas de rosa con sus hijos en apoyo a la acusada ofenden el sentido moral más elemental. Igualmente repulsivos resultan ciertos vídeos de colaboradoras mediáticas, que no nombraré para no darles más eco, que proclaman su empatía con “la mamá que presuntamente…” asesinó a sus hijos. En uno de ellos, la autora se enfurece con las mujeres que le preguntan si habría dicho lo mismo si el asesino hubiera sido el padre (el recuerdo de José Breton la sobrevuela escandalosamente). Y responde con rotundidad que no, que las mujeres cargan con un peso que los hombres jamás conocerán y les acusa de estar sometidas al “machismo imperante”. Su respuesta es descalificar a quienes discrepan, enredarse con el feminismo, los derechos y las cuestiones de género mientras apunta al marido como culpable real. Fíjense si lo visionan que, en más de diez minutos de discurso, los niños apenas merecen que les mencione un par de veces. Nada extraño en una mujer que declaró en un medio que “adoro a mis hijos, pero ser madre me aburre muchísimo”. Quizá ella lo vea como el colmo de la sinceridad transgresora, pero no es más que el infantilismo de quien prioriza su entretenimiento por encima de todo. Una se pregunta qué pensarán esos hijos el día que descubran que tales palabras se pronunciaron en un clima de apoyo a una madre que resolvió su aburrimiento de la forma más expeditiva.

Cuando un padre mata a sus hijos, raramente se invoca la salud mental como atenuante principal ni se busca comprender su “presión”. Se habla de machismo, de violencia de género o de patriarcado. Cuando es una madre, la salud mental se convierte en el eje casi exclusivo, y el marido aparece como el verdadero responsable del colapso. Ningún hombre sale masivamente a defender a un padre asesino diciendo que hay que ponerse en su lugar porque sufría mucha presión. Miles de mujeres, en cambio, lo hacen cada vez que una madre elimina a su prole. Todo forma parte de una lógica en la que el cuerpo y las decisiones de la mujer se absolutizan, mientras la vida de los hijos se relativiza según convenga a la narrativa.

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