Opinión

‘Little Spain’ en los Alpes

Wil, en Suiza.
Wil, ciudad y comuna suiza del cantón de San Galo, ubicada en el distrito de Wil.
Juan Cermeño
Actualizado: h

Uno no quiere saber, pero sabe, del estado catatónico de su patria cuando se encuentra, a miles de kilómetros, escuchando su lengua materna por doquier. Cree ser preso de una iluminación divina cuando pide la cuenta y deja la taberna Hispanica porque de 45 millones de compatriotas, tan sólo se ha topado con unos pocos en la diáspora. Pero hete aquí, en la nueva tribu, tan ajena a lo castizo y mediterráneo, que uno pensaría ser apátrida y, en cambio, se da de bruces con una suerte de Little Spain en los aledaños de los Alpes.

Todo un choque de realidad para el millenial. El adolescente de los dos mil fue educado en la creencia –real, hasta cierto punto– de que el paraíso se encontraba en Iberia: España, el mejor país del mundo; España no te la acabas; España, la mejor sanidad y líder en trasplantes; soy español, ¿a qué quieres que te gane?; el cielo de Madrid, la Costa Brava, el Mediterráneo y la Semana Santa andaluza; la dehesa, el cierzo, el olivo, el plátano y el volcán; la siesta, el bar, la morriña, el seny, etcétera.

Rica idiosincrasia la española. Una cultura desparramada durante siglos. Lamentablemente, la triste realidad es que poco de lo mencionado arriba tiene que ver con el funcionamiento de un país en la práctica –y si lo tiene, como en el caso de la sanidad, el mantra demostró ser un ejercicio de marketing digno de las mejores escuelas de negocios–. Podemos admitirlo: en la eterna batalla latina-anglosajona, los segundos siempre tendieron al frío número y nosotros al sentimiento. Todos los Nobel de economía pa’ ellos, si gustan: eso no impedía que nuestro país, con sus cosillas, funcionara como es debido y uno fuera fiel defensor de esa alegría en detrimento de los billetes.

Este verano nos consolaron la segunda estrella y el eclipse. Nuevas victorias para el imaginario colectivo. Un colectivo que sólo funciona cuando el ciudadano desea preservarlo porque reconoce que su éxito es fruto del individual. Este último, hablando en plata, es que, si uno se lo curra, el sistema se lo premie. Entonces, el sistema nos gusta, por ende, el colectivo, y nos esforzamos por mantener el statu quo. Cuando eso deja de ocurrir, como es el caso de Expaña, donde la vida del ciudadano medio es un calvario peor que los de Atlas, Sísifo y Prometeo –juntos–, el colectivo se convierte en romantiqueo manoseado para distraernos del problema. Si los billetes no circulan, toda esa rica idiosincrasia recuerda a los besitosh y abracitosh que a CR7 le sobraban con Bale y Benzema.

Así es como un español termina escuchando la lengua del Quijote en los supermercados, trenes, oficinas y bares de la Suiza oriental. Uno de ellos, con una bandera española en su rótulo exterior donde se lee, en clásica caligrafía patria, “TAPAS”. Al cruzar su umbral, paredes azulejadas, butacas de madera y una barra, posiblemente la única de la ciudad. Y en ella, un par de suizo-alemanes desubicados; el dueño del bar, impoluta blanca camisa hostelera, exclamando “¡primero español, y luego de León!” –las naciones auténticas son las que hablan de la patria chica, dice mi sabio y buen amigo Biec–, y otros cuatro compatriotas, penando por los males patrios en la distancia, resignados, cerveza en mano y codo en barra, brindando, socarrones, ¡por España y por Marruecos!

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